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EXPLICACIÓN Y BASES BÍBLICAS

En los capítulos anteriores hemos examinado con cierta amplitud la persona y la obra de Dios el Padre, y, en los últimos, la persona y la obra de Dios el Hijo, Cristo Jesús. Hemos examinado también la evidencia bíblica de la deidad y la personalidad distintiva del Espíritu Santo (en relación con la doctrina de la Trinidad). Es apropiado ahora que nos enfoquemos en este capítulo en la obra característica del Espíritu Santo. Entre las diferentes actividades de los miembros de la Trinidad, ¿qué actividades se dice que son especialmente obra de Dios el Espíritu Santo?
Debiéramos darnos cuenta desde el principio que otros capítulos en este libro tratan más o menos directamente con algunos aspectos de la obra del Espíritu Santo. Los capítulos sobre el bautismo y la llenura del Espíritu (39) y los dones del Espíritu (52–53) tienen que ver casi por completo con actividades específicas del Espíritu Santo. Además, los capítulos sobre la autoridad de las Escrituras (4), la oración (18), el llamamiento del evangelio (33), la regeneración (34), la santificación (38), la perseverancia (40), la glorificación (42), la disciplina de la iglesia (46), los medios de gracia dentro de la iglesia (48), y la adoración (51) tratan con varios aspectos de la obra del Espíritu Santo en el mundo, y especialmente en la vida de los creyentes. Sin embargo, en este capítulo intentaremos obtener una perspectiva general de la enseñanza de todas las Escrituras sobre la obra del Espíritu Santo con el fin de entender de manera más completa qué clase de actividades han sido especialmente delegadas al Espíritu Santo por Dios el Padre y Dios el Hijo.
Podemos definir la obra del Espíritu Santo de la forma siguiente: La tarea del Espíritu Santo es la de manifestar la presencia activa de Dios en el mundo, y especialmente en la iglesia. Esta definición indica que el Espíritu Santo es el miembro de la Trinidad que las Escrituras representan con más frecuencia como estar presente para hacer la obra de Dios en el mundo. Aunque esto es cierto hasta cierto punto a lo largo de las Escrituras, es particularmente cierto en lo referente al nuevo pacto. En el Antiguo Testamento, la presencia de Dios se manifestó muchas veces en la gloria de Dios y en las teofanías, y en los evangelios Jesús mismo manifestó la presencia de Dios entre los hombres. Pero después de la ascensión de Jesús a los cielos, y continuando a lo largo de toda la era de la iglesia, el Espíritu Santo es ahora la manifestación primaria de la presencia de la Trinidad entre nosotros. Él es el que está prominentemente presente entre nosotros ahora.
Desde el mismo principio de la creación tenemos una indicación de que la obra del Espíritu Santo es la de completar y sostener lo que el Padre ha planeado y lo que Dios el Hijos ha empezado, porque en Génesis 1:2: «el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas». Y en Pentecostés, con el comienzo de la nueva creación en Cristo, es el Espíritu Santo el que viene a la iglesia con gran poder (Hch 1:8; 2:4, 17–18). Debido a que el Espíritu Santo es la persona de la Trinidad mediante la cual Dios manifiesta particularmente su presencia en la era del nuevo pacto, es apropiado que Pablo llamara al Espíritu Santo «las primicias» (Ro 8:23) y la «garantía» (o «anticipo», 2 Co 1:22; 5:5) de la plena manifestación de la presencia de Dios que nosotros conoceremos en el nuevo cielo y nueva tierra (cf. Ap 21:3–4).
Incluso en el Antiguo Testamento, se predijo que la presencia del Espíritu Santo traería bendiciones abundantes de parte de Dios. Isaías predijo un tiempo cuando el Espíritu traería un gran avivamiento.

La fortaleza será abandonada, y desamparada la ciudad populosa … hasta que desde lo alto el Espíritu sea derramado sobre nosotros. Entonces el desierto se volverá un campo fértil, y el campo fértil se convertirá en bosque. La justicia morará en el desierto, y en el campo fértil habitará la rectitud. El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto. Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en serenos lugares de reposo. (Is 32:14–18)

Del mismo modo, Dios le profetizó a Jacob por medio de Isaías: «Regaré con agua la tierra sedienta, y con arroyos el suelo seco; derramaré mi Espíritu sobre tu descendencia, y mi bendición sobre tus vástagos» (Isaías 44:3).
Por otro lado, la salida del Espíritu Santo eliminaba las bendiciones de Dios en el pueblo: «Pero ellos se rebelaron y afligieron a su santo Espíritu. Por eso se convirtió en su enemigo, y luchó él mismo contra ellos» (Is 63:10). No obstante, varias profecías del Antiguo Testamento predijeron un tiempo cuando el Espíritu Santo vendría en una plenitud mayor, un tiempo cuando Dios haría un nuevo pacto con su pueblo (Ez 36:26–27; 37:14; 39:29; Jl 2:28–29).
¿En qué formas específicas nos trae el Espíritu Santo las bendiciones de Dios? Podemos distinguir cuatro aspectos de la obra del Espíritu Santo que nos traen evidencias de la presencia y de la obra de Dios: (1) el Espíritu Santo habilita; (2) el Espíritu Santo purifica; (3) el Espíritu Santo revela; (4); el Espíritu Santo unifica. Examinaremos a continuación cada una de estas cuatro actividades. Por último, debemos reconocer que estas actividades del Espíritu Santo no deben ser dadas por descontadas, y no suceden así automáticamente entre el pueblo de Dios. Más bien, el Espíritu Santo refleja el agrado o desagrado de Dios con la fe y la obediencia —o la incredulidad y la desobediencia— del pueblo de Dios. A causa de esto, necesitamos conocer un quinto aspecto de la actividad del Espíritu Santo: (5) el Espíritu Santo nos da una evidencia más fuerte o más débil de la presencia y bendición de Dios, según nuestra respuesta a él.


  El Espíritu Santo habilita

1. Da vida. En la esfera de la naturaleza es la tarea del Espíritu Santo dar vida a todas las criaturas que se mueven, ya sea sobre la tierra o en el cielo o en el mar, porque «si envías tu Espíritu, son creados» (Sal 104:30). A la inversa, «si pensara en retirarnos su espíritu, en quitarnos su hálito de vida, todo el género humano perecería, ¡la humanidad entera volvería a ser polvo!» (Job 34:14–15). Aquí vemos el papel del Espíritu Santo en dar y sostener la vida humana y animal.
Paralelo a esto está el papel del Espíritu Santo de darnos nueva vida en la regeneración. Jesús le dijo a Nicodemo: «Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu. No te sorprendas de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo”» (Jn 3:6–7; cf. vv. 5, 8; 6:63; 2 Co 3:6). También dijo: «El Espíritu da vida; la carne no vale para nada» (Jn 6:63; cf. 2 Co 6:3; Hch 10:44–47; Tit 3:5). Consecuente con esta función del Espíritu Santo de dar vida está el hecho que fue el Espíritu Santo quien concibió a Jesús en el vientre de María su madre (Mt 1:18, 20; Lc 1:35). Y en el día cuando Cristo regrese, este mismo Espíritu es el que completará su tarea de dar vida dando vida nueva resucitada a nuestros cuerpos mortales: «Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes» (Ro 8:11).


2. Nos da el poder para servir

a. Antiguo Testamento: En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo habilitó con frecuencia a las personas para un servicio especial. Le dio a Josué dones de liderazgo y sabiduría (Nm 27:18; Dt 34:9), y habilitó a los jueces para que liberaran a Israel de sus opresores (note cómo «el Espíritu del Señor vino sobre» Otoniel en Jueces 3:10, Gedeón en 6:34, Jefté en 11:29 y Sansón en 13:25; 14:6, 19; 15:14). El Espíritu Santo vino sobre Saúl con poder y lo habilitó para la guerra contra los enemigos de Israel (1 S 11:6), y cuando David fue ungido como rey, «el Espíritu del Señor vino con poder sobre David, y desde ese día estuvo con él.» (1 S 16:13), habilitando a David para que cumpliera con la tarea de reinar para la cual Dios le había llamado. En una forma ligeramente diferente de capacitación, el Espíritu Santo dotó a Bezalel de habilidades artísticas para la construcción del tabernáculo y su mobiliario (Éx 31:3; 35:31), y también le dio la capacidad de enseñar estas habilidades a otros (Éx 35:34).
El Espíritu Santo también protegía al pueblo de Dios y le capacitaba para vencer a sus enemigos. Por ejemplo, Dios puso su Espíritu en medio de ellos durante el tiempo del Éxodo (Is 63:11–12) y más tarde, después del regreso del cautiverio, puso su Espíritu en medio de ellos para protegerlos y librarlos del temor (Hag 2:5). Cuando Saúl intentaba capturar a David por la fuerza, el Espíritu Santo vino sobre los mensajeros de Saúl (1 S 19:20) y al final también sobre el mismo Saúl (v. 23) haciendo que ellos cayeran involuntariamente al suelo y profetizaran durante horas, frustrando de esa manera el propósito de Saúl y humillándole en respuesta a su maliciosa exhibición de fuerza en contra de David y Samuel. De una manera similar, mientras Ezequiel estaba profetizando juicio mediante el poder del Espíritu Santo en contra de algunos líderes de Israel (Ez 11:5), uno de los líderes llamado Pelatías cayó muerto (Ez 11:13). En esta manera el Espíritu Santo hizo descender castigo sobre él de manera inmediata.
Por último, el Antiguo Testamento predijo un tiempo cuando el Espíritu Santo ungiría a un Siervo-Mesías con gran plenitud y poder:

El Espíritu del Señor reposará sobre él: espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor del Señor. Él se deleitará en el temor del Señor. (Is 11:2–3)

Isaías profetizó que Dios diría de su Siervo que venía: «Sobre él he puesto mi Espíritu» (Is 42:1), y él mismo diría: «El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido» (Is 61:1; cf. Lc 4:18).
Antes de dejar estas reflexiones sobre la habilitación del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento, debiéramos notar que a veces se dice que en el Antiguo Testamento no había una obra del Espíritu Santo dentro del pueblo. Esta idea se ha inferido sobre todo de las palabras de Jesús a sus discípulos en Juan 14:17: «Vive con ustedes y estará en ustedes». Pero no debiéramos concluir basados en este versículos que no había una obra del Espíritu Santo dentro del pueblo antes de Pentecostés. Aunque el Antiguo Testamento no habla con frecuencia de las personas que tenían el Espíritu Santo en ellas o que estaban llenas del Espíritu Santo, hay unos pocos ejemplos. Se dice que Josué tenía el Espíritu Santo dentro de él (Nm 27:18; Dt 34:9), como también Ezequiel (Ez 2:2; 3:24), Daniel (Dn 4:8–9, 18; 5:11), y Miqueas (Mi 3:8). Esto significa que cuando Jesús le dice a sus discípulos que «ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes» (Jn 14:17), no quiere decir que había una diferencia absoluta entre la obra del Espíritu Santo en el antiguo pacto y el nuevo pacto. Tampoco puede significar Juan 7:39 («Hasta ese momento el Espíritu no había sido dado, porque Jesús no había sido glorificado todavía») que no había actividad del Espíritu Santo en la vida de las personas antes de Pentecostés. Estos dos pasajes deben ser formas diferentes de decir que la obra más poderosa y completa del Espíritu Santo que es la característica de la vida después de Pentecostés todavía no había comenzado en la vida de los discípulos. El Espíritu Santo todavía no había venido para morar dentro de ellos en la manera en que Dios había prometido que enviaría a su Espíritu para que estuviera con los creyentes cuando llegara la era del nuevo pacto (vea Ez 36:26, 27; 37:14), ni el Espíritu Santo se había derramado en la gran abundancia y plenitud que caracterizaría la nueva era del pacto (Jl 2:28–29). En este sentido poderoso del nuevo pacto, el Espíritu Santo no estaba todavía obrando dentro de los discípulos.

b. El Nuevo Testamento: La obra habilitadora del Espíritu Santo en el Nuevo Testamento la vemos por primera vez y de una forma más plena en el ungimiento y habilitación de Jesús como el Mesías. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús en su bautismo (Mt 3:16; Mr 1:11; Lc 3:22). Juan el Bautista dijo: «Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él» (Jn 1:32). Por tanto, Jesús fue al desierto para enfrentar las tentaciones «lleno del Espíritu» (Lc 4:1), y después de las tentaciones, al comienzo de su ministerio: «Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu» (Lc 4:14). Cuando se levantó para predicar en la sinagoga de Nazaret, declaró que se había cumplido en él la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los presos y dar vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año del favor del Señor» (Lc 4:18–19). El poder del Espíritu Santo se pudo ver en la vida de Jesús en los milagros que empezó a hacer, como el expulsar demonios con solo una palabra y la curación de todos los que acudían a él (Lc 4:36, 40–41). El Espíritu Santo estaba complacido de morar en Jesús y de habilitarle, porque se deleitaba en la absoluta pureza moral de la vida de Jesús. En el contexto de hablar acerca de su propio ministerio, y de las bendiciones del Padre en ese ministerio, Jesús dice: «Dios mismo le da su Espíritu sin restricción. El Padre ama al Hijo, y ha puesto todo en sus manos» (Jn 3:34–35). Jesús tenía la unción del Espíritu Santo sin medida, y esta unción permaneció sobre él (Jn 1:32; cf. Hch 10:38).
El Espíritu Santo también habilitó a los discípulos de Jesús para varias clases de ministerio, Jesús les había prometido: «Cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Hay varios ejemplos específicos de la habilitación de los primeros cristianos por parte del Espíritu Santo para hacer milagros al tiempo que proclamaban el evangelio (note Esteban en Hch 6:5, 8; y Pablo en Ro 15:19; 1 Co 2:4). Pero el Espíritu Santo también dio gran poder para la predicación a la naciente iglesia de tal manera que los discípulos llenos con el poder del Espíritu proclamaban la Palabra con valor y gran poder (Hch 4:8, 31; 6:10; 1 Ts 1:5; 1 P 1:12). En general, podemos decir que el Espíritu Santo habla por medio del mensaje del evangelio al proclamarse eficazmente al corazón de las personas. El Nuevo Testamento termina con una invitación de parte del Espíritu y de la iglesia, quienes juntos invitan a las personas a la salvación: «El Espíritu y la novia dicen: “¡Ven!”; y el que escuche diga: “¡Ven!”» (Ap 22:17). De hecho, no solo en la predicación del mensaje del evangelio, sino también en la lectura y enseñanza de las Escrituras, el Espíritu Santo continúa hablando al corazón de las personas cada día (vea He 3:7 y 10:15, donde el autor cita un pasaje del Antiguo Testamento y dice que el Espíritu Santo está ahora hablando ese mensaje a sus lectores).
Otro aspecto de la habilitación de los cristianos para el servicio es la actividad del Espíritu Santo al dar dones espirituales para equipar a los cristianos para el ministerio. Después de mencionar una variedad de dones espirituales, el apóstol Pablo dice: «Todo esto lo hace un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina» (1 Co 12:11). Puesto que el Espíritu Santo es el que muestra o manifiesta la presencia de Dios en el mundo, Pablo puede llamar a los dones espirituales «manifestación especial» del Espíritu Santo (1 Co 12:7). Cuando los dones espirituales están activos, esa es otra indicación de la presencia de Dios el Espíritu Santo en la iglesia.10
En la vida de oración de cada creyente encontramos que el Espíritu Santo nos habilita para la oración y la hace eficaz. «No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras» (Ro 8:26). Y Pablo dice que «por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu» (Ef 2:18). Una clase específica de oración que el Nuevo Testamento dice que el Espíritu posibilita que se haga es orar en lenguas (1 Co 12:10–11; 14:2, 14–17).
Otro aspecto de la obra del Espíritu Santo en habilitar a los cristianos para el servicio es el de capacitarlos para vencer la oposición espiritual a la predicación del evangelio y a la obra de Dios en la vida de las personas. Este poder en la guerra espiritual lo vemos primero en acción en la vida de Jesús, quien dijo: «En cambio, si expulso a los demonios por medio del Espíritu de Dios, eso significa que el reino de Dios ha llegado a ustedes» (Mt 12:28). Cuando Pablo llegó a Chipre se encontró con la oposición de Elimas el hechicero, pero Pablo, «lleno del Espíritu Santo, clavó los ojos en Elimas y le dijo: “¡Hijo del diablo y enemigo de toda justicia, lleno de todo tipo de engaño y de fraude! ¿Nunca dejarás de torcer los caminos rectos del Señor? Ahora la mano del Señor está contra ti; vas a quedarte ciego y por algún tiempo no podrás ver la luz del sol.” Al instante cayeron sobre él sombra y oscuridad, y comenzó a buscar a tientas quien lo llevara de la mano» (Hch 13:9–11). El don de «discernir espíritus» (1 Co 12:10), que el Espíritu Santo concede, es también una herramienta en la guerra en contra de las fuerzas de las tinieblas, como lo es la Palabra de Dios, que funciona como «la espada del Espíritu» (Ef 6:17) en el conflicto espiritual.


 El Espíritu Santo purifica

Puesto que este miembro de la Trinidad es conocido como el Espíritu Santo, no nos sorprende encontrar que una de sus actividades principales es limpiarnos del pecado y «santificarnos» o hacernos más santos en nuestra conducta. Aun en la vida de los incrédulos hay cierta influencia restrictiva del Espíritu Santo al convencer él al mundo de pecado (Jn, 16:8–11; Hch 7:51). Pero cuando las personas se hacen cristianas, el Espíritu Santo hace una obra de limpieza inicial en ellos, propiciando un rompimiento decisivo con las pautas de pecado que tenían antes. Pablo dice de los corintios: «Pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Co 6:11; vea también Tit 3:5). Esta obra de limpieza y purificación del Espíritu Santo es lo que al parecer está simbolizada por la metáfora del fuego cuando Juan el Bautista dice que Jesús bautizará a los creyentes «con el Espíritu Santo y con fuego» (Mt 3:11; Lc 3:16).
Después de ese rompimiento inicial con el pecado que el Espíritu produce en nuestra vida en la conversión, también produce en nosotros un crecimiento en la santidad de la vida. Hace que brote dentro de nosotros el «fruto del Espíritu» («amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio», Gá 5:22–23), cualidades que reflejan el carácter de Dios. A medida que continuamente «somos transformados a su semejanza con más y más gloria» debiéramos recordar que esto sucede «por la acción del Señor, que es el Espíritu» (2 Co 3:18). La santificación viene por el poder del Espíritu Santo (2 Ts 2:13; 1 P 1:2; cf. Ro 8:4, 15–16), porque si «por medio del Espíritu» podemos dar «muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán» y creceremos en santidad personal (Ro 8:13; vea 7:6; Fil 1:19).
Algunas personas hablan hoy de la obra de purificación (o curación) del Espíritu Santo que tiene lugar cuando son «derribados en el Espíritu», experiencia mediante la cual caen de repente al suelo en un estado medio inconsciente y permanecen así durante unos minutos u horas. Aunque la frase «derribados en el Espíritu» no se encuentra en las Escrituras, sí hay ocasiones en que las personas caen al suelo, o caen en un trance, en la presencia de Dios. Las experiencias contemporáneas debieran ser evaluadas conforme a los resultados perdurables («frutos») que producen en la vida de las personas (vea Mt 7:15–20; 1 Co 14:12, 26c).


 El Espíritu Santo revela

1. Revelación a los profetas y apóstoles. En el capítulo 4 estudiamos en gran de talle la obra del Espíritu Santo en la revelación de las palabras de Dios a los profetas del Antiguo Testamento y a los apóstoles del Nuevo Testamento, de tal manera que en muchos casos esas palabras pudieron ser expresadas mediante las Escrituras (vea, por ejemplo, Nm 24:2; Ez 11:5; Zac 7:12, et al.). Todas las Escrituras del Antiguo Testamento llegaron a formarse porque «los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo» (2 P 1:21). Varios otros pasajes mencionan esta obra del Espíritu Santo en los profetas del Antiguo Testamento (vea Mt 22:43; Hch 1:16; 4:25; 28:25; 1 P 1:11). Los apóstoles del Nuevo Testamento y otros que escribieron las palabras de las Escrituras del Nuevo Testamento fueron también guiados «a toda la verdad» por el Espíritu Santo (Jn 16:13), quien también les habló a los apóstoles lo que él escuchó de parte del Padre y del Hijo, y les anunció las «cosas por venir» (Jn 16:13; cf. Ef 3:5). Otros también, como Elisabet (Lc 1:41), Zacarías (Lc 1:67) y Simeón (Lc 2:25), inspirados por el Espíritu Santo dijeron o cantaron palabras que llegaron a ser parte de las Escrituras

2. Da evidencia de la presencia de Dios. Algunas veces se ha dicho que la obra del Espíritu Santo no tiene el propósito de llamar la atención hacia sí mismo sino dar gloria a Jesús y a Dios el Padre. Pero esto parece ser una falsa dicotomía que no está apoyada por las Escrituras. Por supuesto, el Espíritu Santo glorifica a Jesús (Jn 16:14) y da testimonio de él (Jn 15:26; Hch 5:32; 1 Co 12:3; 1 Jn 4:2). ¡Pero eso no quiere decir que no dé a conocer sus propias acciones y palabras! La Biblia tiene cientos de versículos que hablan acerca de la obra del Espíritu Santo, que dan a conocer su trabajo, y la Biblia misma es el producto de la obra e inspiración del Espíritu Santo.
Además, el Espíritu santo con frecuencia se da a conocer mediante fenómenos que indican su actividad, tanto en los períodos del Antiguo como del Nuevo Testamentos. Esto quedó evidenciado cuando el Espíritu Santo cayó sobre los setenta ancianos que estaban con Moisés y estos se pusieron a profetizar (Nm 11:25–26), y cuando el Espíritu Santo venía sobre los jueces y los capacitaba para hacer grandes y poderosas obras (Jue 14:6, 19; 15:14, et al.). En estos casos las personas pudieron ver los efectos de la venida del Espíritu sobre aquellos siervos del Señor. Esto lo vemos cuando el Espíritu cayó con poder sobre Saúl y este se puso a profetizar con un grupo de profetas (1 S 10:6, 10), y sucedió también con frecuencia cuando capacitaba a los profetas del Antiguo Testamento para profetizar públicamente.
El Espíritu Santo también hizo que su presencia fuera evidente y visible cuando descendió como una paloma sobre Jesús (Jn 1:32), o vino como el sonido de un viento recio y con lenguas de fuego visibles sobre los discípulos en Pentecostés (Hch 2:2–3). Además, cuando las personas recibían el Espíritu Santo y empezaban a hablar en lenguas o alababan a Dios de una forma notable y espontánea (vea Hch 2:4; 10:44–46; 19:6), el Espíritu Santo hizo que su presencia fuera también conocida. Y Jesús prometió que el Espíritu Santo dentro de nosotros sería tan poderoso que sería como un río de agua viva que brotaría de lo más profundo de nuestro ser (vea Jn 7:39), símil que sugiere que las personas serían conscientes de una presencia que de alguna forma sería perceptible.
En la vida de creyentes individuales, el Espíritu Santo no oculta por completo su obra, sino que hace que su presencia se note de varias formas. Él da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Ro 8:16), y clama «¡Abba! ¡Padre!» (Gá 4:6). Él nos provee de una garantía o anticipo de nuestra futura comunión con él en el cielo (2 Co 1:22; 5:5), y nos revela sus deseos de forma que podamos ser dirigidos por esos deseos y seguirlos (Ro 8:4–16; Gá 5:16–25). Él da dones que manifiestan su presencia (1 Co 12:7–11). Y de vez en cuando realiza señales milagrosas y maravillas que son un fuerte testimonio de la presencia de Dios en la predicación del evangelio (He 2:4; cf. 1 Co 2:4; Ro 15:19).
Parece, por tanto, más exacto decir que aunque el Espíritu Santo glorifica a Jesús, también con frecuencia llama la atención sobre su obra y da evidencias reconocibles que hacen que su presencia sea conocida. En verdad, parece que uno de sus propósitos principales en la era del nuevo pacto es manifestar la presencia de Dios, es dar indicaciones que hacen que la presencia de Dios sea reconocida. Y cuando el Espíritu Santo obra en varias formas que pueden ser percibidas por los creyentes y por incrédulos, esto estimula la fe de las personas de que Dios está cerca y que está trabajando para llevar a cabo sus propósitos en la iglesia y para derramar bendiciones sobre su pueblo.

3. Guía y dirige al pueblo de Dios. Las Escrituras nos dan muchos ejemplos de la dirección directa que el Espíritu Santo dio a muchas personas. De hecho, en el Antiguo Testamento, Dios dice que era un pecado que su pueblo entrara en alianzas con otros cuando se trataba de «alianzas contrarias a mi Espíritu» (Is 30:1). Al parecer el pueblo había tomado decisiones basados en su propia sabiduría y sentido común en vez de buscar la dirección del Espíritu de Dios antes de entrar en tales alianzas. En el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo encaminó a Jesús al desierto para ser tentado (Mt 4:1; Lc 4:1). Tan fuerte fue aquella dirección del Espíritu Santo que Marcos dice que «en seguida el Espíritu lo impulsó a ir al desierto» (Mr 1:12).
En otros contextos el Espíritu Santo dio palabras directas de instrucciones para guiar al siervo de Dios, como cuando le dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro» (Hch 8:29), o cuando le dijo a Pedro que fuera con tres hombres que habían ido a buscarlo de parte de la familia de Cornelio (Hch 10:19–20; 11:12), o dirigiendo a los cristianos de Antioquía: «Mientras ayunaban y participaban en el culto al Señor, el Espíritu Santo dijo: “Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado”» (Hch 13:2).
También en la categoría de «dirección», pero de una forma mucho más directa y convincente, contamos con varios ejemplos donde el Espíritu Santo transportó realmente a la persona de un lugar a otro. Esto sucedió con Felipe: «Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe.… Felipe, apareció en Azoto» (Hch 8:39–40). ¡La dirección del Espíritu en este caso no podía ser más clara! Pero cosas similares solían ocurrirles a algunos profetas del Antiguo Testamento, porque los que conocieron a Elías parece que esperaban que el Espíritu de Dios lo arrebatara y transportara a otra parte (1 R 18:12; 2 R 2:16: «Quizá el Espíritu del Señor lo tomó y lo arrojó en algún monte o en algún valle»). Ezequiel dice que el Espíritu lo «elevó» y lo llevó a varios lugares (Ez 11:1; 37:1; 43:5, RVR 1960), experiencia tuvo Juan como parte de las visiones registradas en Apocalipsis (Ap 17:3; 21:10).
Pero en la gran mayoría de los casos la dirección del Espíritu Santo no es tan dramática como estas. Las Escrituras más bien hablan del Espíritu Santo que da una dirección diaria, de ser «guiados por el Espíritu de Dios» (Ro 8:14; Gá 5:16). Es posible entender estos versículos en el sentido de que Pablo se está refiriendo solo a la obediencia a los mandamientos morales de las Escrituras, pero esta interpretación parece bastante improbable, especialmente en base a que todo el contexto está tratando con emociones y deseos que nosotros percibimos en una forma más subjetiva, y porque Pablo aquí está contrastando ser guiado por el Espíritu con seguir los deseos de la carne o de la naturaleza pecaminosa:

Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa. Porque ésta desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a ella.… Las obras de la naturaleza pecaminosa se conocen bien: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas.… En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio.… Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu. No dejemos que la vanidad nos lleve a irritarnos y a envidiarnos unos a otros. (Gá 5:16–26)

El contraste entre «los deseos de la carne» y los «deseos del Espíritu» implica que nuestra vida debiera responder momento a momento a los deseos del Espíritu Santo, no a los deseos de la carne. Ahora bien, puede ser que una buena parte de responder a esos deseos sea el proceso intelectual de comprender lo que son el amor, el gozo y la paz (y así sucesivamente), y actuar en una forma amorosa, gozosa o pacífica. Pero esto difícilmente puede constituir el todo de esa dirección del Espíritu porque estas emociones no son solo cosas en las que pensamos, sino también cosas que sentimos en un nivel profundo. En realidad, la palabra que traducimos «deseos» (gr. epitymia) se refiere a fuertes deseos humanos, no solo a decisiones intelectuales. Pablo está diciendo que tenemos que seguir esos deseos a medida que el Espíritu los va produciendo en nosotros. Además, la idea de ser «guiados» por el Espíritu Santo (Gá 5:18) implica una participación activa personal por parte del Espíritu Santo para guiarnos. Eso es algo más que nuestra reflexión en normas bíblicas comunes, e incluye una participación del Espíritu Santo en relacionarse con nosotros como personas y guiarnos y dirigirnos.
Hay ejemplos específicos del Espíritu guiando directamente a personas en el libro de Hechos. Después de la decisión del Concilio de Jerusalén, los líderes escribieron una carta a las iglesias: «Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponerles a ustedes ninguna carga aparte de los siguientes requisitos» (Hch 15:28). Este versículo sugiere que el concilio debió haber tenido un sentido de lo que le agradaba al Espíritu en esas cuestiones: Ellos supieron lo que le pareció bien al Espíritu Santo. En el segundo viaje misionero de Pablo, Lucas escribe «que el Espíritu Santo les había impedido que predicaran la palabra en la provincia de Asia» y que luego «cuando llegaron cerca de Misia, intentaron pasar a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió» (Hch 16:6–7). Por supuesto, ningún principio escrito de las Escrituras del Antiguo Testamento les hubiera llevado a ellos a concluir que ellos no podían predicar en Asia o Bitinia. El Espíritu Santo debió más bien haberles comunicado directamente lo que deseaba de una forma específica, ya fuera mediante palabras audibles o en la mente, o por medio de impresiones subjetivas fuertes de una falta de presencia del Espíritu Santo o de sus bendiciones al intentar ellos viajar a aquellas diferentes regiones. Más tarde, cuando Pablo se encontraba de camino hacia Jerusalén, dijo: «Y ahora tengan en cuenta que voy a Jerusalén obligado por el Espíritu, sin saber lo que allí me espera. Lo único que sé es que en todas las ciudades el Espíritu Santo me asegura que me esperan prisiones y sufrimientos» (Hch 20:22–23). Pablo no cree que pueda tener otra opción, porque fue tan clara para él la manifestación de la presencia del Espíritu y lo que este quería de él que el apóstol podía decir que fue «obligado» por el Espíritu.
En otros casos el Espíritu Santo los dirigió a colocar personas en varios ministerios de la iglesia. Por ejemplo, el Espíritu dijo a la iglesia en Antioquía: «Mientras ayunaban y participaban en el culto al Señor, el Espíritu Santo dijo: “Apártenme ahora a Bernabé y a Saulo para el trabajo al que los he llamado» (Hch 13:2). Y Pablo pudo decir que el Espíritu Santo había llamado a los ancianos de la iglesia de Éfeso a sus posiciones de liderazgo porque dijo: «Tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre» (Hch 20:28). Por último, el Espíritu Santo dirige a veces por medio de dones espirituales como el de profecía (1 Co 14:29–33).

4. Provee de una atmósfera piadosa cuando manifiesta su presencia. Debido a que el Espíritu Santo es completamente Dios, y participa de todos los atributos de Dios, su influencia traerá una atmósfera propia del carácter de Dios a la circunstancia en la que él está activo. Como él es el Espíritu Santo producirá en ocasiones convicción de pecado, de justicia y de juicio (Jn 16:8–11). Como Dios es amor, el Espíritu derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Ro 5:5; 15:30; Col 1:8) y con frecuencia la presencia claramente manifiesta del Espíritu Santo va a crear una atmósfera de amor. A causa de que Dios no es «un Dios de desorden sino de paz» (1 Co 14:33), el Espíritu Santo trae una atmósfera de paz en medio de las circunstancias: «Porque el reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo» (Ro 14:17; cf. Gá 5:22). Este último versículo también nos enseña que el Espíritu Santo imparte una atmósfera de gozo (vea también Hch 13:52; 1 Ts 1:6). Aunque esta lista no es exhaustiva, Pablo resume muchas de estas cualidades propias de Dios que el Espíritu produce cuando enumera los varios elementos del fruto del Espíritu en Gálatas 5:22–23.
Otros elementos de esta atmósfera que el Espíritu Santo puede impartir son la verdad (Jn 14:17; 15:26; 16:13; 1 Jn 5:7), sabiduría (Dt 34:9; Is 11:2), consuelo (Hch 9:31), libertad (2 Co 3:17), justicia (Ro 14:17), esperanza (Ro 15:13; cf. Gá 5:5), conciencia de ser hijos de Dios, de adopción (Ro 8:15–16; Gá 4:5–6), e incluso gloria (2 Co 3:8). El Espíritu Santo también trae unidad (Ef 4:3), y poder (Hch 10:38; 1 Co 2:4; 2 Ti 1:7; cf. Hch 1:8). Todos estos elementos de la actividad del Espíritu Santo indican los varios aspectos de una atmósfera en la que hace que su presencia —y de ese modo su carácter— la perciban las personas.

5. Nos da seguridad. El Espíritu Santo «le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Ro 8:16), y nos da evidencias de la obra de Dios dentro de nosotros: «¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio» (1 Jn 3:24). «¿Cómo sabemos que permanecemos en él, y que él permanece en nosotros? Porque nos ha dado de su Espíritu» (1 Jn 4:13). El Espíritu Santo no solo nos da testimonio de que somos hijos de Dios, sino que también da testimonio de que Dios permanece en nosotros y nosotros en él. Una vez más, en esto participa algo más que nuestro intelecto: el Espíritu obra para darnos seguridad en el nivel subjetivo de la percepción espiritual y emocional.

6. Nos enseña e ilumina. Otro aspecto de la obra reveladora del Espíritu Santo es enseñar ciertas cosas al pueblo de Dios e iluminarlo para que pueda entender ciertas cosas. Jesús prometió especialmente a los discípulos esta función de enseñanza cuando les dijo que el Espíritu Santo «les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho» (Jn 14:26), y dijo: «él los guiará a toda la verdad» (Jn 16:13). Además, prometió que cuando ellos fueran llevados a juicio después de la persecución, el Espíritu les enseñaría qué decir en esos momentos (Lc 12:12; cf. Mt 10:20; Mr 13:11). En otros momentos el Espíritu Santo reveló información específica a las personas, como por ejemplo, le reveló a Simeón que no moriría hasta que viera al Mesías (Lc 2:26), o le reveló a Ágabo que sucedería una hambruna (Hch 11:28) o que Pablo sería encarcelado en Jerusalén (Hch 21:11). En otros casos el Espíritu Santo reveló que Pablo sufriría en Jerusalén (Hch 20:23; 21:4) y le dijo expresamente a Pablo qué cosas sucederían en los últimos tiempos (1 Ti 4:1), y le reveló las cosas que Dios ha preparado para aquellos que le aman (1 Co 2:9).
La obra de iluminación del Espíritu Santo la vemos en el hecho de que nos capacita para entender: «Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios, para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido» (1 Co 2:12). Por tanto, «El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios.… En cambio, el que es espiritual lo juzga todo» (1 Co 2:14–15). Debiéramos orar pidiendo que el Espíritu Santo nos dé su iluminación y de esa manera nos ayudara a entender correctamente cuando estudiamos las Escrituras o cuando consideramos las situaciones de nuestra vida. Aunque él no mencionó al Espíritu Santo específicamente, el salmista oró pidiendo esa iluminación cuando le pidió a Dios: «Ábreme los ojos, para que contemple las maravillas de tu ley» (Sal 119:18). Del mismo modo, Pablo oró pidiendo por los cristianos en Éfeso y sus alrededores:

Pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre glorioso, les dé el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que lo conozcan mejor. Pido también que les sean iluminados los ojos del corazón para que sepan a qué esperanza él los ha llamado, cuál es la riqueza de su gloriosa herencia entre los santos, y cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos. Ese poder es la fuerza grandiosa y eficaz. (Ef 1:17–19)


  El Espíritu Santo unifica

Cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre la iglesia en Pentecostés, Pedro proclamó que se estaba cumpliendo la profecía de Joel 2:28–32:

En realidad lo que pasa es lo que anunció el profeta Joel:

Sucederá que en los últimos días, dice Dios,
derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano.
Profetizarán sus hijos y sus hijas,
los jóvenes tendrán visiones
y los ancianos tendrán sueños.
En esos días derramaré mi espíritu sobre mis siervos
y mis siervas, y profetizarán (Hechos 2:16–18).

Se hace hincapié en la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad de los creyentes, no solo sobre líderes como Moisés y Josué, sino sobre los hijos y las hijas, los ancianos y los jóvenes, los siervos y las siervas, todos recibirían el derramamiento del Espíritu Santo en este tiempo.
En el acontecimiento de Pentecostés, el Espíritu Santo creó una nueva comunidad que era la iglesia. La comunidad estaba marcada por una unidad sin precedentes, como Lucas nos lo recuerda:
Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común: vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno. No dejaban de reunirse en el templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos. (Hch 2:44–47)
Pablo bendice a la iglesia de Corinto con una bendición que busca la comunión unificadora del Espíritu para todos ellos cuando dice: «Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes» (2 Co 13:14). Es significativo que en este versículo trinitario él no atribuye especialmente la profundización del compañerismo entre los creyentes al Padre o al Hijo, sino al Espíritu Santo, una declaración coherente con la obra general unificadora del Espíritu en la iglesia.
Esta función unificadora es también evidente cuando Pablo les dice a los filipenses: «Por tanto, si sienten algún estímulo en su unión con Cristo, algún consuelo en su amor, algún compañerismo en el Espíritu, algún afecto entrañable, llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento» (Fil 2:1–2). De una manera similar, cuando él enfatiza la nueva unidad entre judíos y gentiles en la iglesia, dice que «por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu» (Ef 2:18), y dice que en el Señor somos «edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu» (Ef 2:22). Cuando quiere recordarles la unidad que debieran tener como cristianos les exhorta a «mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz» (Ef 4:3).
Las reflexiones de Pablo sobre los dones espirituales repiten también este tema de la obra unificadora del Espíritu Santo. Allí donde nosotros podríamos pensar en personas que tienen diferentes dones que quizá no se entiende bien unas con otras, la conclusión de Pablo es la opuesta: «El ojo no puede decirle a la mano: “No te necesito.” Ni puede la cabeza decirle a los pies: “No los necesito”» (1 Co 12:21). Pablo nos dice que estos dones diferentes los da «un mismo y único Espíritu, quien reparte a cada uno según él lo determina» (1 Co 12:11), de modo que en la iglesia «a cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu para el bien de los demás» (1 Co 12:7). De hecho, «todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo —ya seamos judíos o gentiles, esclavos o libres—, y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1 Co 12:13).
La idea de que el Espíritu Santo unifica la iglesia es también evidente en el hecho de que las «rivalidades, disensiones, sectarismos» (Gá 5:20) son deseos de la carne opuestos a ser guiados por «el Espíritu» (Gá 5:18; cf. v. 25). El Espíritu Santo es el que produce amor en los corazones (Ro 5:5; Gá 5:22; Col 1:8), y ese amor «es el vínculo perfecto» (Col 3:14). Por tanto, cuando el Espíritu Santo está trabajando fuertemente en una iglesia para manifestar la presencia de Dios, una evidencia será la bella armonía de la comunidad de la iglesia y el amor desbordante entre ellos.


 El Espíritu Santo da una evidencia más fuerte o más débil de la presencia y bendición de Dios según le respondamos

Muchos ejemplos del Antiguo y Nuevo Testamentos indican que el Espíritu Santo otorgará o retendrá bendiciones según vea si la situación que contempla le agrada o no. Es digno de notar que Jesús estaba completamente limpio de pecado y el Espíritu Santo permaneció sobre él» (Jn 1:32) y le fue dado sin restricción (Jn 3:34). En el Antiguo Testamento el Espíritu Santo vino con poder sobre Sansón varias veces (Jue 13:25; 14:6, 19; 15:14), pero al final lo dejó cuando este persistió en el pecado (Jue 16:20). De igual manera, cuando Saúl persistió en la desobediencia el Espíritu Santo se apartó de él (1 S 16:14). Y cuando el pueblo de Israel se rebeló contra Dios y entristeció al Espíritu Santo, éste se volvió contra ellos (Is 63:10).
También en el Nuevo Testamento el Espíritu Santo puede entristecerse y dejar de derramar bendiciones. Esteban reprendió a los líderes judíos, diciendo: «¡Siempre resisten al Espíritu Santo!» (Hch 7:51). Pablo advierte a la iglesia efesia: «No agravien al Espíritu Santo de Dios, con el cual fueron sellados para el día de la redención» (Ef 4:30), y exhorta a la iglesia tesalonicense: «No apaguen el Espíritu» (1 Ts 5:19; cf. la metáfora de demorarse en abrir la puerta y de esa manera desilusionar a su amante en el Cantar de los Cantares 5:3, 6). En ese mismo sentido, Pablo advierte seriamente a los cristianos que no contaminen sus cuerpos juntándose con las prostitutas porque el Espíritu Santo mora dentro de sus cuerpos: «¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios» (1 Co 6:19–20).
Aun más serio que entristecer o apagar al Espíritu Santo es esa forma de desobediencia profunda y endurecida que lleva a un juicio severo. Cuando Pedro reprendió a Ananías: «¿Cómo es posible que Satanás haya llenado tu corazón para que le mintieras al Espíritu Santo y te quedaras con parte del dinero que recibiste por el terreno?» (Hch 5:3), Ananías cayó muerto. Del mismo modo, cuando Pedro le habló a Safira, la esposa de Ananías: «¿Por qué se pusieron de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? ¡Mira! Los que sepultaron a tu esposo acaban de regresar y ahora te llevarán a ti» (Hch 5:9), ella también cayó muerta inmediatamente. El libro de Hebreos advierte a los que están en peligro de dejar la fe: «¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merece el que ha pisoteado al Hijo de Dios, que ha profanado la sangre del pacto por la cual había sido santificado, y que ha insultado al Espíritu de la gracia? (He 10:29). Para esa persona «sólo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios» (He 10:27).
Por último, queda aún otro nivel en el que se puede ofender al Espíritu Santo. Esta clase de ofensa es aun más seria que la de entristecerlo o endurecerse en la desobediencia y es causa de disciplina y castigo. Es posible ofender de tal forma al Espíritu que su obra de convicción ya no dé resultado en la vida de la persona.

Todo pecado y toda blasfemia, pero la blasfemia contra el Espíritu no se le perdonará a nadie. A cualquiera que pronuncie alguna palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará, pero el que hable contra el Espíritu Santo no tendrá perdón ni en este mundo ni en el venidero. (Mt 12:31–32; cf. Mr 3:29; Lc 12:10)

Estas declaraciones surgen en un contexto en el que los fariseos voluntaria y maliciosamente atribuyen a Satanás la acción poderosa del Espíritu Santo que era tan evidente en el ministerio de Jesús. Puesto que el Espíritu Santo manifiesta tan claramente la presencia de Dios, aquellos que voluntaria y maliciosamente hablaban en contra de él y atribuían su actividad al poder de Satanás habían cometido, dijo Jesús, «un pecado eterno» (Mr 3:29).
Todos estos pasajes indican que debemos ser muy cuidadosos en no entristecer u ofender al Espíritu Santo. Él no va a forzar su presencia en nosotros en contra de nuestra voluntad (vea 1 Co 14:32), pero si le resistimos, le apagamos o nos oponemos a él, se apartará de nosotros y retirará mucha de la bendición de Dios en nuestra vida.
Por otro lado, el Espíritu estará presente en la vida de los cristianos que se esfuerzan por agradarle y traerá grandes bendiciones. El Espíritu Santo se derramó plenamente en Pentecostés (vea Hch 2:17–18) y ahora mora dentro de todos los verdaderos creyentes, haciendo que sean templos del Dios vivo (1 Co 3:16; 6:19–20). Podemos experimentar una comunión y compañerismo íntimo con el Espíritu Santo en nuestra vida (2 Co 3:14; Fil 2:1). Él nos confía dones (1 Co 12:11), la verdad (2 Ti 1:14) y ministerios (Hch 20:28). En realidad, tan plena y abundante será su presencia que Jesús podía prometer que rebosaría de nuestro ser interior como «ríos de agua viva» (Jn 7:38–39). Pedro promete que su presencia descansará especialmente sobre los que sufren por amor de Cristo: «Dichosos ustedes si los insultan por causa del nombre de Cristo, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre ustedes» (1 P 4:14)
Por tanto, es importante que todo nuestro ministerio se ejerza en el Espíritu Santo, es decir, que vivamos conscientemente en la atmósfera piadosa creada por el Espíritu Santo, una atmósfera de poder, amor, gozo, verdad, santidad, justicia y paz. Pero mayor que estas características de la atmósfera creada por el Espíritu Santo es el sentido de la presencia del Espíritu mismo. Estar en el Espíritu Santo es estar realmente en la atmósfera de la presencia manifiesta de Dios Esto es por lo que las personas en el Nuevo Testamento caminaban en la fortaleza del Espíritu Santo (Hch 9:31), y por qué es posible estar «en el Espíritu» como Juan lo estaba en el día del Señor (Ap 1:10; cf. 4:2).
Es sorprendente cuántas actividades en particular se dice en el Nuevo Testamento que eran hechas «en» el Espíritu: Es posible regocijarse en el Espíritu Santo (Lc 10:21), resolver o decidir algo en el Espíritu Santo (Hch 19:21), que nuestra conciencia nos confirme algo en el Espíritu (Ro 9:1), tener acceso a Dios en el Espíritu Santo (Ef 2:18), orar en el Espíritu santo (Ef 6:18; Jud 20), y amar en el Espíritu Santo (Col 1:8). A la luz de estos versículos, podríamos preguntarnos, ¿en cuántas de estas actividades durante cada día estamos conscientes de la presencia y bendiciones del Espíritu Santo?
Es también posible estar lleno del Espíritu Santo (Ef 5:18; cf. Lc 1:15, 41, 67; 4:1; Hch 2:4; 4:8; 6:3, 5; 7:55; 9:17; 11:24; 13:9). Estar lleno con el Espíritu Santo es estar lleno de la presencia inmediata de Dios mismo, y eso, por tanto, resultará en sentir lo que Dios siente, desear lo que Dios desea, hacer lo que Dios quiere, hablar con poder de Dios, orar y ministrar en el poder de Dios, y conocer con el conocimiento que Dios mismo da. En las ocasiones cuando la iglesia experimenta avivamiento el Espíritu Santo produce estos resultados en la vida de las personas en formas especialmente poderosas.
Por tanto, es importante en nuestra vida cristiana que dependamos del poder del Espíritu Santo, reconociendo que todo trabajo significativo es llevado a cabo no «por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu dice el Señor Todopoderoso» (Zac 4:6). Pablo hace gran hincapié en decirles a los gálatas que recibieron al Espíritu Santo por la fe al comienzo de su vida cristiana (Gá 3:2) y este continuaría obrando en sus vidas conforme a su fe después de su conversión: «Después de haber comenzado con el Espíritu, ¿pretenden ahora perfeccionarse con esfuerzos humanos?… Al darles Dios su Espíritu y hacer milagros entre ustedes, ¿lo hace por las obras que demanda la ley o por la fe con que han aceptado el mensaje?» (Gá 3:3, 5).
Por consiguiente, tenemos que andar conforme a la dirección del Espíritu Santo (Ro 8:12–16; Gá 5:16–26) y fijar la mente en las cosas que son del Espíritu (Ro 8:4–6). Todo lo que hagamos en nuestro ministerio, cualquiera que este sea, debemos hacerlo en el poder del Espíritu Santo.


PREGUNTAS DE APLICACIÓN PERSONAL

1. En el pasado, ¿ha sido difícil para usted pensar del Espíritu Santo como una persona más bien que como una presencia o fuerza? ¿Qué partes (si alguna) en este capítulo le han ayudado a pensar mejor del Espíritu Santo como una persona? ¿Cree usted que tiene conciencia de sus relaciones con el Espíritu Santo como persona que es distinta de Dios el Padre y de Dios el Hijo? ¿Qué podría ayudarle a usted a estar más consciente de las distinciones entre los miembros de la Trinidad en sus relaciones con usted?
2. ¿Percibe usted alguna diferencia en la manera en que el Padre, el Hijo y el Espíritu santo se relacionan con usted en su vida cristiana? Si es así, ¿puede usted explicar cuál es la diferencia y cómo está consciente de ella?
3. ¿Ha estado usted alguna vez especialmente consciente de la habilitación del Espíritu Santo en alguna circunstancia específica de su ministerio? (Esto pudo haber sido mientras evangelizaba, aconsejaba, enseñaba o predicaba, oraba, adoraba o en alguna otra circunstancia en su ministerio.) ¿Cómo percibió la presencia del Espíritu Santo en ese tiempo, o qué es lo que lo hizo consciente de su presencia?
4. En su experiencia, ¿en qué formas llega a usted la dirección del Espíritu Santo? ¿Es principalmente (o exclusivamente) por medio de las Escrituras? Si es así, ¿hay veces cuando ciertos pasajes de las Escrituras parecen que cobran vida y le hablan con gran relevancia y vitalidad en ese momento? ¿Cómo sabe usted cuando eso está sucediendo? Si la dirección del Espíritu Santo ha venido a usted en otras formas además de hablarle por medio de las palabras de las Escrituras, ¿cuáles han sido esas otras formas?
5. ¿Percibe de vez en cuando la complacencia o desagrado del Espíritu Santo sobre algún curso de acción que usted haya tomado? ¿Hay algo en su vida ahora mismo que está entristeciendo al Espíritu Santo? ¿Qué se propone hacer acerca de ello?
6. ¿Le dejó el Espíritu inmediatamente a Sansón cuando este empezó a pecar (vea Jue 13:25; 14:6, 19; 15:14)? ¿Por qué sí o por qué no? ¿Es la presencia de poder espiritual en el ministerio de alguien una garantía de que el Espíritu Santo está complacido con la vida de esa persona?

PASAJE BÍBLICO PARA MEMORIZAR

Romanos 8:12–14: Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.

 


Grudem, W. (2007). Teología Sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica (pp. 666–686). Miami, FL: Editorial Vida.

HIMNO

«Santo Espíritu, desciende»

Santo Espíritu, desciende
A mi pobre corazón,
Llénalo de tu presencia,
Y haz en mí tu habitación.

Coro:
¡Llena hoy, llena hoy,
Llena hoy mi corazón!
Santo Espíritu, desciende,
Y haz en mí tu habitación.

De tu gracia puedes darme
Inundando el corazón,
Ven, que mucho necesito,
Dame hoy tu bendición.

Débil soy, oh sí, muy débil,
Y a tus pies postrado estoy,
Esperando que tu gracia
con poder me llene hoy.

Santo Espíritu, tú eres,
Ese prometido don;
Mucho anhelo recibirte,
Dame hoy tu santa unción.

Ven, bautízame ahora,
Obediente espero aquí;
Ven a ser mi eterno guía,
Haz tu voluntad en mí.

AUTOR: E. H. STOKES, TRAD. VICENTE MENDOZA (TOMADO DE HIMNOS DE FE Y ALABANZA, #263)

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