5 (100%) 3 vote[s]
la creacion de dios-min

En el principio creó Dios...

Gen 1:1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
Gén 1:2  Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Gén 1:3 Y dijo Dios: Sea la luz;(A) y fue la luz.
Gén 1:4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.
Gén 1:5 Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.  

 Wayne Grudem

I. EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

¿Cómo creó Dios al mundo? ¿Creó él directamente toda clase de planta y animal, o usó algún tipo de proceso evolutivo, y guió el desarrollo de las cosas vivas desde la más simple hasta la más compleja? ¿Con qué rapidez realizó Dios la creación? ¿Quedó completa en seis días de veinticuatro horas, o usó miles o tal vez millones de años? ¿Qué edad tiene la tierra y qué edad tiene la raza humana?
Estas preguntas nos confrontan cuando tratamos la doctrina de la creación. A diferencia de la mayor parte del material previo de este libro, este capítulo trata de varias cuestiones respecto a las cuales los cristianos evangélicos tienen diferentes puntos de vista, a veces sostenidos muy fuertemente.
Este capítulo está organizado para avanzar desde los aspectos de la creación que la Biblia enseña más claramente, y con lo cual casi todos los evangélicos concordarían (creación de la nada, creación especial de Adán y Eva, y la bondad del universo), hasta otros aspectos de la creación respecto a los cuales los evangélicos han tenido discrepancias (tales como que Dios usó un proceso de evolución para realizar buena parte de la creación, y la edad de la tierra y de la raza humana).
Podemos definir la doctrina de la creación como sigue: Dios creó de la nada el universo entero; fue originalmente muy bueno, y lo creó para glorificarse.

A. Dios creó el universo de la nada

1. Evidencia bíblica de que Dios creó partiendo de la nada. La Biblia claramente nos exige creer que Dios creó el universo de la nada. (A veces se usa la frase latina ex nihilo, «de la nada»); y se dice entonces que la Biblia enseña la creación ex nihilo. Esto quiere decir que antes de que Dios empezara a crear el universo, no existía nada excepto Dios mismo.
Esto es lo que implica Génesis 1:1, que dice: «Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra». La frase «los cielos y la tierra» incluye el universo entero. El Salmo 33 también nos dice: «Por la palabra del SEÑOR fueron creados los cielos, y por el soplo de su boca, las estrellas.… porque él habló, y todo fue creado; dio una orden, y todo quedó firme» (Sal 33:6, 9). En el Nuevo Testamento hallamos una afirmación universal al principio del Evangelio de Juan: «Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir» (Jn 1:3). La frase «todas las cosas» se refiere al universo entero (cf. Hch 17:24; He 11:3). Pablo es muy explícito en Colosenses 1 cuando especifica todas las partes del universo, tanto visibles como invisibles: «Porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él» (Col 1:16).
Hebreos 11:3 dice: «Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve». Esta traducción refleja con exactitud el texto griego. Aunque el texto no enseña exactamente la doctrina de la creación a partir de la nada, está muy cerca de decirlo, puesto que dice que Dios no creó el universo de nada que fuera visible. La idea algo extraña de que el universo pudo haber sido creado de algo que era invisible probablemente no estaba en la mente del autor. El autor está contradiciendo el concepto de que la creación surgió de alguna materia previamente existente, y en ese sentido el versículo es muy claro.
Debido a que Dios creó el universo entero de la nada, ninguna materia en el universo es eterna. Todo lo que vemos: montañas, océanos, estrellas, la misma tierra, todo empezó a existir cuando Dios lo creó. Esto nos recuerda que Dios gobierna sobre todo el universo y que no se debe adorar en la creación nada que no sea Dios ni nada además de él. Sin embargo, si negáramos la creación a partir de la nada tendríamos que decir que alguna materia siempre ha existido y que es eterna como Dios. Esta idea sería un reto a la independencia de Dios, su soberanía y el hecho de que se debe adorar solamente a Dios. Si existió materia aparte de ¿Dios, qué derecho inherente tendría Dios para gobernarla y usarla para su gloria? Y, ¿qué confianza podríamos tener de que todo aspecto del universo a la larga cumplirá los propósitos de Dios si este no creó algunas partes del universo?
El lado positivo del hecho de que Dios creó de la nada el universo es que el universo tiene significado y propósito. Dios, en su visión, creó el universo para algo. Debemos tratar de comprender ese propósito y usar la creación de maneras que encajen en ese propósito; es decir, dar gloria a Dios. Es más, en todo lo que la creación nos da gozo (cf. 1 Ti 6:17), debemos dar gracias a Dios que lo hizo todo.

2. Creación directa de Adán y Eva. La Biblia también enseña que Dios creó a Adán y Eva de una manera especial y personal. «Y Dios el SEÑOR formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente» (Gn 2:7). Después de eso Dios formó a Eva del cuerpo de Adán: «Entonces Dios el SEÑOR hizo que el hombre cayera en un sueño profundo y, mientras éste dormía, le sacó una costilla y le cerró la herida. De la costilla que le había quitado al hombre, Dios el SEÑOR hizo una mujer y se la presentó al hombre» (Gn 2:21–22). Evidentemente Dios le hizo saber a Adán algo de lo que había sucedido, porque Adán dice:

«Ésta sí es hueso de mis huesos
y carne de mi carne.
Se llamará mujer
porque del hombre fue sacada» (Gn 2:23).

Como veremos más adelante, los cristianos difieren en cuanto hasta dónde pudieron haber tenido lugar desarrollos evolutivos después de la creación, tal vez conduciendo, como dicen algunos, al desarrollo de organismos cada vez más complejos. Aunque hay diferencias en lo que algunos creyentes opinan respecto al reino vegetal y al reino animal, estos pasajes son tan explícitos que sería muy difícil que alguien sostuviera la completa veracidad de la Biblia y a la vez sostuviera que los seres humanos fueran el resultado de un largo proceso evolutivo. Esto se debe a que cuando la Biblia dice que «Dios el SEÑOR formó al hombre del polvo de la tierra» (Gn 2:7), no parece posible deducir que lo hizo en un período de millones de años y empleó el desarrollo al azar de miles de organismos cada vez más complejos. Incluso más imposible de reconciliar con una noción evolutiva es el hecho de que esta narración claramente muestra a una Eva que no tuvo madre; la crearon directamente de la costilla de Adán mientras este dormía (Gn 2:21). En un concepto puramente evolutivo esto no sería posible, porque incluso la primera mujer «humana» habría descendido de alguna criatura casi humana que era todavía animal. El Nuevo Testamento afirma de nuevo la historicidad de esta creación especial de Adán y Eva cuando Pablo dice: «De hecho, el hombre no procede de la mujer sino la mujer del hombre; ni tampoco fue creado el hombre a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre» (1 Co 11:8–9).
Esta creación especial de Adán y Eva muestra que, aunque podemos parecernos a los animales en muchos aspectos en nuestros cuerpos físicos, somos muy diferentes a los animales. Somos creados «a imagen de Dios», el pináculo de la creación divina, más parecidos a Dios que a cualquier otra criatura, y nombrados para gobernar el resto de la creación. Incluso la brevedad del relato de Génesis de la creación (comparado con la historia de los seres humanos en el resto de la Biblia) pone un maravilloso énfasis en la importancia del hombre a distinción del resto del universo. Esto contradice las tendencias de ver insignificante al hombre frente a la inmensidad del universo.

3. La obra del Hijo y del Espíritu Santo en la creación. Dios Padre fue el agente primario en la iniciación del acto de la creación. Pero el Hijo y el Espíritu Santo también estuvieron activos. Al Hijo a menudo se le describe como aquel «por» quien la creación se hizo realidad. «Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir» (Jn 1:3). Pablo dice que hay «no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos» (1 Co 8:6), y que «por medio de él fueron creadas todas las cosas» (Col 1:16). Estos pasajes dan un cuadro uniforme del Hijo como agente activo que ejecuta los planes y directrices del Padre.
El Espíritu Santo también estaba obrando en la creación. Generalmente se le muestra completando, llenando y dando vida a la creación divina. En Génesis 1:2, «el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas», como en una función de preservación, sustentación y gobierno. Job dice: «El Espíritu de Dios me ha creado; me infunde vida el hálito del Todopoderoso» (Job 33:4). Es importante darse cuenta de que en varios pasajes del Antiguo Testamento la misma palabra hebrea (ruakj) puede significar, en diferentes contextos, «espíritu», «aliento», «soplo» o «viento». Pero en muchos casos no hay mucha diferencia en significado, porque aunque uno decidiera traducir algunas frases como «aliento de Dios» o incluso «soplo de Dios», de todos modos parecería una manera figurada de referirse a la actividad del Espíritu Santo en la creación. Por eso el salmista, hablando de la gran variedad de criaturas de la tierra y el mar, dice: «Pero si envías tu Espíritu, son creados» (Sal 104:30; vea también, sobre la obra del Espíritu Santo, Job 26:13; Is 40:13; 1 Co 2:10).

B. La creación es distinta de Dios y a la vez siempre depende de Dios

La enseñanza bíblica sobre la relación entre Dios y la creación es única entre las religiones del mundo. La Biblia enseña que Dios es distinto de la creación. No es parte de ella, porque él la hizo y la controla. El término que se usa a menudo para decir que Dios es mucho mayor que la creación es la palabra trascendente. Dicho en forma sencilla, esto quiere decir que Dios está muy «por encima» de la creación en el sentido de que es mucho mayor que la creación e independiente de ella.
Dios también tiene que ver mucho con su creación, porque esta depende continuamente de él en cuanto a su existencia y funcionamiento. El término técnico que se usa para hablar de la intervención de Dios en la creación es la palabra inmanente, que quiere decir «que permanece en» su creación. El Dios de la Biblia no es una deidad abstracta alejada de su creación y sin interés en ella. La Biblia es la historia de la participación de Dios en su creación, y particularmente con las personas. Job afirma que incluso los animales y las plantas dependen de Dios: «En sus manos está la vida de todo ser vivo, y el hálito que anima a todo ser humano» (Job 12:10). En el Nuevo Testamento, Pablo afirma de Dios que «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17:25, 28). En verdad, en Cristo «todas las cosas … por medio de él forman un todo coherente» (Col 1:17), y él es continuamente «el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (He 1:3). Pablo afirma en un mismo versículo la trascendencia y la inmanencia de Dios cuando habla de «un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos» (Ef 4:6).
El hecho de que la creación es distinta de Dios y a la vez siempre depende de Dios, de que Dios está muy por encima de la creación y sin embargo siempre tiene que ver con ella (en breve, que Dios es a la vez trascendente e inmanente) 

Esto es claramente distinto del materialismo, que es la filosofía más común de los incrédulos de hoy, y que niega la existencia de Dios por completo. El materialismo diría que el universo material es todo lo que hay.

Los cristianos de hoy que dedican casi todo el esfuerzo de sus vidas a ganar dinero o adquirir más posesiones se vuelven materialistas «prácticos» en su actividad, puesto que no serían muy diferentes si no creyeran en Dios.
El relato bíblico de la relación de Dios con su creación también es distinto del panteísmo. La palabra griega pan quiere decir «todo», y panteísmo es la idea de que todo, el universo completo, es Dios o es parte de Dios.

El panteísmo niega varios aspectos esenciales del carácter de Dios. Si el universo entero es Dios, Dios no tiene una personalidad distinta. Dios ya no es inmutable, porque conforme el universo cambia, Dios también cambiaría. Es más, Dios ya no sería santo, porque el mal que hay en el universo también sería parte de Dios. Otra dificultad es que a fin de cuentas la mayoría de los sistemas panteísticos (tales como el budismo y muchas otras religiones orientales) acaba negando la importancia de la personalidad humana individual: Puesto que todo es Dios, la meta del individuo debería ser combinarse con el universo y llegar a estar aun más unido a él, perdiendo así su distinción individual. Si el mismo Dios no tiene identidad personal aparte del universo, no deberíamos esforzarnos por tener nosotros una. Así que el panteísmo destruye no sólo la identidad de Dios como persona, sino también, a la larga, la de los seres humanos.
El relato bíblico también descarta el dualismo. Esta es la idea de que tanto Dios como el universo material han existido eternamente lado a lado. Según eso, hay dos fuerzas supremas en el universo: Dios y la materia.

El problema con el dualismo es que indica un conflicto eterno entre Dios y los aspectos malos del universo material. ¿Triunfará a la larga Dios sobre el mal en el universo? No podemos estar seguros, porque tanto Dios como el mal al parecer siempre han existido lado a lado. Esta filosofía niega el señorío supremo de Dios sobre la creación, y también que la creación surgió por voluntad de Dios, que se debe usar solamente para propósitos divinos y que es para glorificarle. Esta noción también niega que el universo fue creado inherentemente bueno (Gn 1:31), y anima a la gente a concebir la realidad material como mala en sí misma, en contraste con un relato bíblico genuino de una creación que Dios hizo para que fuera buena y que él gobierna sus propios propósitos en mira.
Un ejemplo de dualismo en la cultura moderna es la trilogía de La guerra de las galaxias, que postula la existencia de una «Fuerza» universal que tiene un lado bueno y un lado malo. No hay concepto de un Dios santo y trascendente que lo gobierna todo y que con toda certeza triunfará sobre todo. Cuando los inconversos de hoy empiezan a darse cuenta del aspecto universal del universo, a menudo se vuelven dualistas, y simplemente reconocen que hay aspectos buenos y malos en el mundo sobrenatural o espiritual. En su mayor parte la Nueva Era es dualista. Por supuesto, Satanás se deleita en hacer que la gente piense que hay una fuerza del mal en el universo que tal vez sea igual al mismo Dios.

El concepto cristiano de la creación también es distinto al concepto del deísmo. El deísmo es la noción de que hoy día Dios no interviene para nada con la creación. 
El deísmo por lo general sostiene que Dios creó el universo y es mucho más grande que el universo (Dios es «trascendente»). Algunos deístas también concuerdan en que Dios tiene normas morales y que a la larga cobrará cuentas a las personas en el día del juicio. Pero niegan la presente intervención de Dios en el mundo, lo que no deja lugar para su inmanencia en el orden creado. Más bien, ven a Dios como un divino relojero que le dio cuerda al «reloj» de la creación al principio y luego la dejó para que anduviera por sí sola.
Si bien el deísmo en cierta manera afirma la trascendencia de Dios, niega casi toda la historia de la Biblia, que es la historia de la participación activa de Dios en el mundo. Muchos cristianos «tibios» o nominales de hoy son, en efecto, deístas prácticos, puesto que viven vidas casi totalmente desprovistas de oración genuina, adoración, temor de Dios y confianza constante de que Dios satisfará las necesidades que surjan.

C. Dios creó el universo para que muestre su gloria

Es claro que Dios creó a su pueblo para su gloria, porque habla de sus hijos como «al que yo he creado para mi gloria, al que yo hice y formé» (Is 43:7). Pero no son los seres humanos solamente los que Dios creó con este propósito. La creación entera tiene el propósito de mostrar la gloria de Dios. Incluso la creación inanimada—las estrellas, el sol, la luna en el firmamento—testifica de la grandeza de Dios: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber» (Sal 19:1–2). El canto de adoración celestial en Apocalipsis 4 conecta la creación divina de todas las cosas con el hecho de que Dios es digno de recibir de ellas toda la gloria:

«Digno eres, Señor y Dios nuestro,
de recibir la gloria, la honra y el poder,
porque tú creaste todas las cosas;
por tu voluntad existen
y fueron creadas» (Ap 4:11).

¿Qué muestra la creación acerca de Dios? Primordialmente muestra su gran poder y sabiduría, muy superior a todo lo que cualquier criatura podría imaginar. «Dios hizo la tierra con su poder, afirmó el mundo con su sabiduría, ¡extendió los cielos con su inteligencia!» (Jer 10:12). Un vistazo al solo a las estrellas nos convence del infinito poder de Dios. Incluso una breve inspección de cualquier hoja de árbol, o de la maravilla de la mano humana, o de cualquier célula viva, nos convence de la gran sabiduría de Dios. ¿Quién podría hacer todo esto? ¿Quién podría hacerlo de la nada? ¿Quién podría sustentarlo día tras día por años sin fin? Tan infinito poder, una habilidad tan intrincada, está completamente más allá de nuestra comprensión. Cuando meditamos en esto damos gloria a Dios.
Cuando afirmamos que Dios creó el universo para mostrar su gloria es importante que nos demos cuenta de que no necesitaba crearlo. No debemos pensar que Dios necesitaba más gloria que la que tenía dentro de la Trinidad por toda la eternidad, ni que de alguna manera estaba incompleto sin la gloria que recibiría del universo creado. Esto negaría la independencia de Dios e implicaría que Dios necesitaba del universo para ser completamente Dios. Más bien, debemos afirmar que la creación del universo fue un acto totalmente voluntario de Dios. No fue un acto necesario sino algo que Dios escogió hacer. «Tú creaste todas las cosas; por tu voluntad existen y fueron creadas» (Ap 4:11). Dios deseó crear el universo para demostrar su excelencia. La creación muestra su gran sabiduría y poder, y a fin de cuentas muestra por igual todos sus otros atributos. Parece que Dios creó el universo, entonces, para deleitarse en su creación, porque conforme la creación exhibe varios aspectos del carácter de Dios, él se deleita en ella.
Esto explica por qué nosotros mismos nos deleitamos espontáneamente en toda clase de actividades creadoras. Las personas que tienen habilidades artísticas, musicales o literarias disfrutan al crear y luego ver, oír o contemplar su obra creadora. Dios nos ha hecho de modo que disfrutamos al imitar, a nuestra manera como criaturas, su actividad creadora. Y uno de los asombrosos aspectos de la humanidad, a distinción del resto de la creación, es nuestra capacidad de crear cosas nuevas. Esto también explica por qué nos deleitamos en otras clases de actividad «creativa». Muchos disfrutan al cocinar, al decorar su casa, en jardinería, al trabajar en madera u otros materiales, al lograr invenciones científicas o diseñar nuevas soluciones a problemas en la producción industrial. Incluso los niños disfrutan al colorear dibujos o construir casas con bloques. En todas estas actividades reflejamos en pequeña medida la actividad creadora de Dios, y debemos deleitarnos en ella y agradecerle por ello.

D. El universo que Dios creó era «muy bueno»

Este punto sigue al anterior. Si Dios creó el universo para mostrar su gloria, era de esperarse que el universo cumpliera el propósito para el que fue creado. En efecto, cuando Dios terminó su obra de creación, se deleitó en ella. Al fin de cada etapa de la creación, Dios vio que todo lo que había hecho era «bueno» (Gn 1:4, 10, 12, 18, 21, 25). Luego, al final de los seis días de creación, «Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno» (Gn 1:31). Dios se deleitó en la creación que acababa de hacer tal como se lo había propuesto.
Aunque ahora hay pecado en el mundo, la creación material todavía es buena a la vista de Dios y nosotros igualmente debemos verla como «buena». Este conocimiento nos librará de un ascetismo falso que ve el uso y disfrute de la creación material como malo. Pablo dice que «todo lo que Dios ha creado es bueno, y nada es despreciable si se recibe con acción de gracias» (1 Ti 4:4–5).
Aunque uno puede usar el orden creado de una manera pecadora o egoísta, y este puede alejar de Dios nuestros afectos, no debemos permitir que el peligro de abusar de la creación de Dios nos impida usarla de una manera positiva, con agradecimiento y gozo, para nuestro propio disfrute y para el bien de su reino. Poco después de advertirnos en contra del deseo de ser ricos y del «amor al dinero» (1 Ti 6:9–10), Pablo afirma que es Dios mismo «que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos» (1 Ti 6:17). Este hecho da lugar a que los cristianos promuevan el apropiado desarrollo industrial y tecnológico (junto con el cuidado del medio ambiente), y el uso agradecido y gozoso de los abundantes productos de la tierra que Dios ha creado: asombrosas variedades de alimentos, ropa y viviendas, así como miles de productos modernos tales como automóviles, aviones, cámaras, teléfonos y computadoras. Todas estas cosas se pueden valorar demasiado y pueden usarse mal, pero en sí mismas no son malas; son desarrollo de la buena creación divina y se deben ver como buenas dádivas de Dios.

E. Relación entre la Biblia y los hallazgos de la ciencia moderna

En varios momentos de la historia los cristianos han disentido de ciertos hallazgos de la ciencia contemporánea. En la vasta mayoría de los casos, la fe cristiana sincera y la fuerte confianza en la Biblia ha llevado a los científicos a descubrir nuevas realidades acerca del universo de Dios, y estos descubrimientos han cambiado la opinión científica de ahí en adelante. La vida de Isaac Newton, Galileo Galilei, Juan Kepler, Blas Pascal, Roberto Boyle, Miguel Faraday, James Clerk Maxwell y muchos otros son ejemplo de esto.
Por otro lado, ha habido ocasiones cuando la opinión científica aceptada ha estado en conflicto con el concepto que la gente tenía de lo que la Biblia dice. Por ejemplo, cuando el astrónomo italiano Galileo (1564–1642) empezó a enseñar que la tierra no era el centro del universo, sino que la tierra y otros planetas giraban alrededor del sol (así siguiendo las teorías del astrónomo polaco Copérnico [1472–1543]), lo criticaron, y con el tiempo la Iglesia Católica Romana condenó sus escritos. Esto se debió a que muchos pensaban que la Biblia enseñaba que el sol giraba alrededor de la tierra. La verdad es que la Biblia no enseña tal cosa, pero fue la astronomía de Copérnico lo que hizo que la gente volviera a examinar las Escrituras para ver si realmente enseñaban lo que ellos pensaban que enseñaba. Las descripciones de la Biblia en cuanto al sol que se levanta y se pone (Ec 1:5, et ál.) solamente describen los hechos según los ve el observador humano, y desde esa perspectiva dan una descripción correcta. La lección de Galileo, que fue obligado a retractarse de sus enseñanzas y tuvo que vivir bajo arresto domiciliario durante los últimos años de su vida, debería recordarnos que la observación cuidadosa del mundo natural puede hacernos volver a la Biblia y reexaminar para ver si las Escrituras en realidad enseñan lo que nosotros pensamos que enseñan. A veces, al examinar más detenidamente el texto bíblico, hallaremos que nuestras interpretaciones previas estaban equivocadas.
En la sección que sigue hemos anotado algunos principios por los cuales se puede abordar la relación entre la creación y los hallazgos de la ciencia moderna.

1. Cuando se entienden correctamente todos los hechos, no habrá «conflicto final» entre la Biblia y la ciencia natural. La frase «no habrá conflicto final» se tomó de un libro muy útil de Francis Schaeffer, No Final Conflict. Respecto a las cuestiones sobre la creación del universo, Schaeffer menciona varios aspectos en los que, a su juicio, hay campo para desacuerdos entre los cristianos que creen en la total veracidad de las Escrituras. Entre estos aspectos incluye la posibilidad de que Dios creó un universo «crecido», la posibilidad de una brecha entre Génesis 1:1 y 1:2 o entre 1:2 y 1:3, la posibilidad de un día largo en Génesis 1, y la posibilidad de que el diluvio haya afectado la información geológica. Schaeffer deja bien claro que no está diciendo que alguna de estas posiciones sea la suya; sólo que son teóricamente posibles. El principal punto de Schaeffer es que tanto en nuestro entendimiento del mundo natural como en nuestro entendimiento de la Biblia, nuestro conocimiento no es perfecto. Pero podemos abordar tanto el estudio científico como el bíblico con la confianza de que cuando se entiendan correctamente todos los hechos, y cuando hayamos entendido la Biblia como es debido, nuestros hallazgos nunca estarán en conflicto unos con otros, y que «no habrá conflicto final». Esto se debe a que Dios, que habla en la Biblia, lo sabe todo, y no ha hablado de una manera que estaría en contradicción con algo cierto en el universo.

2. Algunas teorías sobre la creación parecen claramente incongruentes con las enseñanzas de la Biblia. En esta sección examinaremos tres tipos de explicación del origen del universo que no parecen encajar bien con lo que dice la Biblia.

a. Teorías seculares. Para cubrir mejor el tema, mencionamos aquí sólo brevemente que cualquier teoría puramente secular del origen del universo sería inaceptable para los que creen en la Biblia. Una teoría «secular» es cualquier teoría del origen del universo que no reconozca que un Dios personal e infinito creó el universo conforme a un diseño inteligente. Por lo tanto, la teoría de la «gran explosión» (en una forma secular que excluye a Dios), y cualquier teoría que sostenga que la materia siempre ha existido, no encaja con la enseñanza bíblica de que Dios creó el universo de la nada, y que lo hizo para su gloria. (Cuando se piensa en la evolución darviniana en un sentido totalmente materialista, como a menudo se hace, pertenecería también a esta categoría.)

b. Evolución teísta. Desde la publicación del libro de Darwin, El origen de las especies mediante la selección natural (1859), algunos cristianos han propuesto que los organismos vivos surgieron por el proceso de evolución que Darwin propuso pero que Dios guió ese proceso de modo que el resultado fue exactamente lo que él quería que fuera. A esta noción se le conoce como evolución teísta porque aboga una creencia en Dios (es «teísta») y también en la evolución. Muchos que sostienen la evolución teísta propondrían que Dios intervino en el proceso en algunos puntos cruciales, por lo general (1) la creación de la materia al principio, (2) la creación de la forma más simple de vida, y (3) la creación del hombre. Pero con la posible excepción de esos puntos de intervención, los evolucionistas teístas sostienen que la evolución procedió de las maneras en que han descubierto los científicos naturales y que fue el proceso que Dios decidió usar al permitir el desarrollo de todas las formas de vida en la tierra. Creen que la mutación por casualidad de las cosas vivas condujo al desarrollo de formas más altas de vida mediante el hecho de que las que tenían la «ventaja adaptadora» (una mutación que les permitía ser más capaces de sobrevivir en su medio ambiente) sobrevivían mientras que las demás no.
Un examen de la información bíblica revela que la evolución teísta está en contraposición al relato bíblico de la creación. La clara enseñanza de la Biblia de que hay propósito en la creación divina parece incompatible con la casualidad que exige la teoría evolucionista. Cuando la Biblia informa que Dios dijo: «¡Que produzca la tierra seres vivientes: animales domésticos, animales salvajes, y reptiles, según su especie!» (Gn 1:24), presenta a Dios haciendo las cosas con intención y propósito. Pero esto es lo opuesto a que, enteramente por casualidad y sin propósito, surgieran los millones de mutaciones que tendrían que producirse antes de que emergiera una nueva especie según la teoría evolucionista.
La diferencia fundamental entre la noción bíblica de la creación y la evolución teísta es esta: La fuerza impulsora que produce los cambios y el desarrollo de nuevas especies en todos los esquemas evolucionistas es la casualidad. Sin mutaciones al azar de organismos, no hay ninguna evolución en el sentido científico moderno. La mutación casual es la fuerza sustentadora que con el tiempo produce el desarrollo de las formas de vida más simples a las más complejas. Pero la fuerza impulsora en el desarrollo de nuevos organismos según la Biblia es el diseño inteligente de Dios. «Dios hizo los animales domésticos, los animales salvajes, y todos los reptiles, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno» (Gn 1:25). Estas afirmaciones no parecen encajar con la idea de que Dios creó, dirigió u observó millones de mutaciones al azar, ninguna de las cuales fue «muy buena» según la manera en que él la quería, ninguna de las cuales fue la clase de plantas o animales que él quería tener en la tierra. La teoría evolucionista teísta está obligada a entender que los hechos sucedieron más o menos así: «Y dijo Dios: “¡Que produzca la tierra seres vivientes: animales domésticos, animales salvajes, y reptiles, según su especie!” Y después de trescientos ochenta y siete millones, cuatrocientos noventa y dos mil ochocientos setenta y un intentos, Dios por fin logro hacer un ratón que caminara».
Esto parece una explicación extraña, pero es precisamente lo que el evolucionista teísta tiene que postular en cuanto a cada una de los cientos de miles de diferentes clases de plantas y animales de la tierra. Todas se desarrollaron mediante un proceso de mutación al azar en un lapso de millones de años, y fueron gradualmente aumentando en complejidad puesto que la vasta mayoría de las mutaciones eran dañinas pero las mutaciones ocasionales resultaron ventajosas para la criatura.
Un evolucionista teísta tal vez objete diciendo que Dios intervino en el proceso y lo guió en muchos puntos en la dirección en que él quería que fuera. Pero una vez que se permite esto, hay propósito y un diseño inteligente en el proceso; ya no tenemos evolución como tal, porque ya no hay mutación espontánea (en los puntos de intervención divina, los puntos que realmente producen los resultados).
La evolución teísta también parece incompatible con el cuadro bíblico de la palabra creadora de Dios al producir respuesta inmediata. Cuando la Biblia habla de la palabra creadora de Dios recalca el poder de su palabra y su capacidad para lograr su propósito.

Por la palabra del SEÑOR fueron creados los cielos,
y por el soplo de su boca, las estrellas.
… porque él habló, y todo fue creado;
dio una orden, y todo quedó firme (Sal 33:6, 9).

Esta clase de afirmación parece estar en contra de la idea de que Dios habló, y después de millones de años y millones de mutaciones al azar en las cosas vivas, su poder produjo el resultado que él se había propuesto. Más bien, tan pronto como Dios dijo: «¡Que haya vegetación sobre la tierra», la próxima frase nos dice: «Y así sucedió» (Gn 1:11).
El papel activo y presente de Dios al crear y formar toda cosa viviente que llega a existir también es difícil de reconciliar con la clase de supervisión «a distancia» de la evolución que propone la evolución teísta. David puede confesar: «Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre» (Sal 139:13). Y Dios le dijo a Moisés: «“¿Y quién le puso la boca al hombre?”, le respondió el SEÑOR. «¿Acaso no soy yo, el SEÑOR, quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita?» (Éx 4:11). Dios hace crecer la hierba (Sal 104:14; Mt 6:30) y da de comer a las aves (Mt 6:26) y a las demás criaturas de la espesura (Sal 104:21, 27–30). Si Dios interviene tanto en el crecimiento y desarrollo de cada paso de toda cosa viva incluso ahora, ¿es congruente con la Biblia decir que estas formas de vida resultaron originalmente mediante un proceso evolutivo dirigido por mutación al azar antes que por creación directa y determinada de Dios?
Finalmente, la creación especial de Adán, y luego de Eva a partir de Adán, es una fuerte razón para alejarse de la evolución teísta. Los evolucionistas teístas que arguyen por una creación especial de Adán y Eva debido a las afirmaciones de Génesis 1–2 en realidad se han separado de todas maneras de la teoría evolucionista en el punto de mayor interés para los seres humanos. Pero si, basándonos en la Biblia, insistimos en la intervención especial de Dios en el momento de la creación de Adán y Eva, ¿qué nos impide permitir que Dios interviniera, de una manera similar, en la creación de los organismos vivos?
Debemos darnos cuenta de que la historia de la creación especial de Adán y Eva que registra la Biblia los presenta a estos muy diferentes de las criaturas humanas primitivas y con habilidades mínimas—que eran apenas un ápice superior de criaturas altamente desarrolladas que no eran humanas—que los evolucionistas dirían que fueron. La Biblia pinta al primer hombre y a la primera mujer, Adán y Eva, con capacidades lingüísticas, morales y espirituales altamente desarrolladas desde el momento en que fueron creados. Podían hablar entre sí. Podían hablar con Dios. Eran muy diferentes de los primeros humanos casi animales, descendientes de criaturas no humanas parecidas a simios, que aduce la teoría evolucionista.
Parece muy apropiado concluir en las palabras del geólogo David A. Young: «La posición del evolucionismo teísta según la expresan algunos de sus proponentes no es una posición uniformemente cristiana. No es una posición verdaderamente bíblica, porque se basa en parte en principios importados al cristianismo». Según Louis Berkhof, «la evolución teísta es en verdad hija de la vergüenza, que pide que Dios intervenga a intervalos periódicos para ayudar a la naturaleza sobre los abismos que bostezan a sus pies. No es ni la doctrina bíblica de la creación, ni una coherente teoría de la evolución».

C. Notas sobre la teoría darviniana de la evolución

(1) Retos actuales a la evolución. La palabra evolución puede usarse de diferentes maneras. A veces se usa para referirse a la «microevolución», o sea, a los pequeños desarrollos dentro de una especie, como los de las moscas o mosquitos que se vuelven inmunes a los insecticidas, o los seres humanos que crecen en estatura, o al desarrollo de rosas de nuevos colores o nuevas variedades. Hoy tenemos innumerables ejemplos evidentes de tal microevolución, y nadie niega que exista. Pero no es en este sentido que se usa por lo general la palabra evolución al hablar de las teorías de la creación y la evolución.
El término evolución se usa más comúnmente para referirse a la macroevolución, o sea, la «teoría general de la evolución», o la noción de que «de la sustancia inerte salió la primera materia viva, que subsiguientemente se reprodujo y se diversificó para producir todos los organismos existentes y extintos». En este capítulo, al usar la palabra evolución, nos referiremos a la macroevolución o teoría general de la evolución. En la teoría darviniana evolucionista moderna, la historia del desarrollo de la vida empezó cuando una mezcla de sustancias químicas presentes en la tierra produjo espontáneamente una forma de vida muy sencilla, probablemente de una sola célula. Esta célula viva se reprodujo, y con el tiempo hubo algunas mutaciones o diferencias en las nuevas células producidas. Estas mutaciones condujeron al desarrollo de formas de vida más complejas. En un ambiente hostil muchas de ellas perecerían, y sólo las más aptas para su medio sobrevivirían y se multiplicarían. Así que la naturaleza ejerció un proceso de «selección natural» en el que los diferentes organismos más aptos al ambiente sobrevivirían. Más y más mutaciones con el tiempo se desarrollaron y se convirtieron en más y más variedades de cosas vivas, de modo que del organismo más sencillo con el tiempo surgieron todas las formas de vida compleja en la tierra mediante este proceso de mutación y selección natural.
Desde que Carlos Darwin publicó por primera vez su libro El origen de las especies mediante la sección natural en 1859, los cristianos y los no cristianos por igual han cuestionado su teoría. Los críticos modernos están produciendo en forma creciente críticas devastadoras de la teoría evolucionista, y han señalado puntos como los siguientes:
(a) Después de más de cien años de cría experimental de varias clases de animales y plantas, la cantidad de variación que se puede producir (incluso con cría intencional, no al azar) es extremadamente limitada, debido a la limitada gama de variación genética en cada tipo de ser vivo. Los perros que se crían selectivamente por generaciones seguirán siendo perros; las moscas de frutas siguen siendo moscas de frutas, y así por el estilo.
(b) Las vastas y complejas mutaciones requeridas para producir órganos complejos tales como el ojo o el ala de un pájaro (o cientos de otros órganos) no pudieron haber ocurrido en mutaciones diminutas acumuladas en miles de generaciones, porque las partes individuales del órgano son inútiles (y no dan ninguna «ventaja») a menos que el órgano entero esté funcionando. (Los cientos de partes necesarias para que funcione un ojo o el ala de un ave tienen que estar presentes, porque de lo contrario las demás partes son inútiles y no confieren ninguna ventaja adaptativa.) Pero la probabilidad matemática de que cientos de tales mutaciones por casualidad se sucedan a la vez en una generación definitivamente es cero.
(c) Los subsiguientes 130 años de intensa actividad arqueológica desde el tiempo de Darwin no han logrado producir ni siquiera una muestra de un «tipo intermedio (o transitorio)», un fósil que muestre algunas características de cierto animal y unas pocas características del siguiente tipo de desarrollo, que sería necesario para llenar las brechas en el historial de fósiles entre las distintas clases de animales.
(d) Los avances en la biología molecular revelan cada vez más la increíble complejidad de incluso los organismos más sencillos, y no se ha dado ninguna explicación satisfactoria al origen de esas diferencias.
(e) Probablemente la mayor dificultad de toda la teoría evolucionista es explicar cómo pudo haber empezado la vida. La generación espontánea de incluso el organismo vivo más sencillo capaz de tener vida independiente (la célula bacterial procariote) de materia inorgánica en la tierra no pudo haber sucedido por la mezcla casual de químicos; exige diseño y artesanía inteligente tan compleja que ningún laboratorio científico avanzado del mundo ha podido lograrlos.
Es importante notar que los cinco argumentos precedentes no se basan en «la Biblia versus la ciencia» (que la comunidad científica secular regularmente descarta como superstición o irracionalismo), sino en «ciencia versus ciencia», es decir, que los argumentos simplemente examinan la evidencia que se halla en el mundo natural y preguntan adónde conduce esa evidencia. Si la evidencia conduce en una dirección (por ejemplo, da fuerte evidencia de un diseño inteligente) y el aferramiento filosófico del científico a una explicación materialista y naturalista del origen de la vida conduce en otra dirección, ¿qué va a hacer el científico? ¿Va a continuar insistiendo en que la vida debe tener una explicación naturalista, no porque los datos científicos lo prueban, sino porque se ha propuesto explicarlo todo de una manera naturalista? Entonces debemos preguntarnos: ¿Se basa su aferramiento al naturalismo como metodología en alguna evidencia que ha visto al investigar el mundo, o se basa en ciertas ideas filosóficas que ha adoptado por otras razones?
Phillip Johnson cita a Richard Lewontin, eminente biólogo de Harvard, que claramente dice que siempre escogerá una explicación naturalista en tal situación:

Nos ponemos de parte de la ciencia a pesar del patente absurdo de algunas de sus deducciones, a pesar de que no ha podido cumplir muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar de la tolerancia de la comunidad científica de cuentos no confirmados, porque ya estamos comprometidos, comprometidos con el materialismo. No es que los métodos e instituciones de la ciencia de alguna manera nos obliguen a aceptar una explicación material del mundo de los fenómenos, sino que, por el contrario, nos vemos forzados por una adherencia previa a causas materiales a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que produzcan explicaciones materiales, no importa cuan contrarias a la lógica o desconcertantes puedan ser para los desconocedores. Es más, ese materialismo es absoluto, porque no podemos permitir un Pie Divino en la puerta.

Se continúan publicando numerosos retos a la teoría de la evolución. Sin embargo, es trágico que la opinión común, perpetuada en muchos libros de textos de ciencia de hoy, sea de que la evolución es un «hecho» establecido, y que eso continúe persuadiendo a muchas personas a no considerar la total veracidad de la Biblia como un punto de vista intelectualmente aceptable que sostienen los individuos responsables y pensantes de hoy. Uno sólo espera que no pase mucho tiempo antes de que la comunidad científica reconozca la improbabilidad de la teoría evolucionista, y los libros de texto que se escriben para la secundaria y universidades abiertamente reconozcan que la evolución no es una explicación satisfactoria del origen de la vida en la tierra.

(2) Las influencias destructoras de la teoría evolucionista sobre el pensamiento moderno. Es importante entender las increíblemente destructivas influencias que la teoría evolucionista ha tenido sobre el pensamiento moderno. Si en verdad Dios no creó la vida, y si los seres humanos en particular no fueron creados por Dios ni tienen que rendirle cuentas, no que somos simplemente el resultado de ocurrencias casuales en el universo, ¿qué significación tiene la vida humana? Somos meramente el producto de la materia más el tiempo más la casualidad, y pensar que tenemos alguna importancia eterna, o alguna importancia real en todo frente a un universo inmenso, es simplemente engañarnos nosotros mismos. Una reflexión sincera sobre todo esto debe llevar a las personas a un profundo sentido de desesperación.
Es más, si la vida se puede explicar mediante la teoría evolucionista aparte de Dios, y si no hay un Dios que nos creó (o por lo menos si no podemos saber nada de él con certeza), no hay Juez supremo que nos considere moralmente responsables. Por consiguiente, no hay absolutos morales en la vida humana, y las ideas morales de las personas son solamente preferencias subjetivas, buenas para ellos tal vez pero no para que las impongan a otros. Si es así, lo único prohibido es decir que uno sabe que ciertas cosas son buenas y que otras cosas son malas.
Hay otra ominosa consecuencia de la teoría evolucionista. Si los procesos inevitables de la selección natural continúan produciendo mejoras en las formas de vida en la tierra mediante la supervivencia del más apto, ¿por qué estorbar este proceso cuidando a los débiles y menos capaces de defenderse a sí mismos? ¿No deberíamos más bien permitirles que se mueran sin reproducirse, para así poder avanzar hacia una forma nueva, más alta de humanidad, incluso una «raza maestra»? Por cierto, Marx, Nietzsche y Hitler justificaron la guerra sobre esta base.
Adicionalmente, si los seres humanos están continuamente evolucionando hacia lo mejor, la sabiduría de generaciones anteriores (y particularmente de creencias religiosas anteriores) no es probable que sea tan valiosa como el pensamiento moderno. Además, el efecto de la evolución darviniana en la opinión de las personas en cuanto a la confiabilidad de la Biblia ha sido muy negativo.
Las teorías sociológicas y psicológicas contemporáneas que ven a los seres humanos simplemente como formas más altas de animales son otro resultado del pensamiento evolucionista. Los extremos del movimiento moderno de «derechos de los animales» que se oponen a la matanza de todos los animales (para comida, abrigos de pieles, o investigación médica, por ejemplo), también surgen naturalmente del pensamiento evolutivo.

3. La edad de la tierra. Hasta este punto las consideraciones en este capítulo han abogado por conclusiones que esperamos hallen un amplio asentimiento entre los cristianos evangélicos. La cuestión de la edad de la tierra, sin embargo, es un asunto aturdidor respecto al cual los cristianos que creen en la Biblia han diferido por muchos años, a veces muy agudamente. Las dos opciones primordiales en cuanto a la edad de la tierra son la posición de una «tierra vieja», que concuerda con el consenso de la ciencia moderna, de que la tierra tiene unos cuatro mil quinientos millones de años, y la posición de la «tierra joven», que dice que la tierra tiene de diez mil a veinte mil años, y que los métodos científicos seculares de fechar la tierra son incorrectos.
Los que abogan por las teorías de la creación según una tierra vieja proponen que los seis «días» de la creación en Génesis 1 se refieren no a períodos de veinticuatro horas, sino más bien a períodos largos de tiempo, millones de años, durante los cuales Dios llevó a cabo las actividades creadoras descritas en Génesis 1. Destacan que la palabra hebrea que se traduce «día» a veces se usa para referirse no a un día literal de veinticuatro horas sino a un período largo (la misma palabra hebrea se usa, por ejemplo, en Gn 2:4; Éx 20:12; Job 20:28; Pr 24:10; 25:13; Ec 7:14; et ál.). Otros factores que respaldan el concepto de una tierra vieja incluyen el hecho de que las genealogías de la Biblia contienen brechas y no tienen la intención de que se usen para calcular la edad de la tierra, y las evidencias de la antigüedad del universo (tal como la evidencia de la división continental, la formación de arrecifes de coral, las medidas astronómicas y varias clases de fechado radiométrico).
Los que sostienen las teorías de la creación de una «tierra joven» arguyen que los «días» de Génesis representan períodos literales de veinticuatro horas, señalando el hecho de que cada uno de los días de Génesis 1 terminan con una expresión tal como: «Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el primer día» (Gn 1:5). Algunos de los que abogan por el concepto de una tierra joven sugieren que la creación original debe haber tenido «la apariencia de edad» incluso desde el primer día. Los que sostienen esta posición a menudo la combinan con ciertas objeciones de los procesos científicos de fechado, y cuestionan la confiabilidad del fechado radiométrico y las presuposiciones respecto al Indice de declinación de ciertos elementos. Otros que abogan por el concepto de una tierra joven aducen que las tremendas fuerzas naturales que el diluvio desató en tiempos de Noé (Gn 6–9), alteraron significativamente la superficie de la tierra, y ejercieron presiones extremadamente altas sobre la tierra y depositaron fósiles en capas de sedimento increíblemente gruesas sobre toda la superficie de la tierra.
Mientras que los varios argumentos de los dos conceptos básicos de la edad de la tierra son complejos y nuestras conclusiones son tentativas, en este punto de nuestra comprensión, parece ser más fácil entender que la Biblia sugiere (pero no exige) el concepto de una tierra joven, aunque los hechos observables de la creación parecen favorecer cada vez más el concepto de una tierra vieja. Tal vez esta situación cambie en los próximos años conforme los cristianos examinen más detenidamente la Biblia y la evidencia de la naturaleza. Es teóricamente posible que los que abogan por una tierra joven puedan avanzar a argumentos más detallados basados en la Biblia y muestren no sólo que los versículos favorecen el concepto de la tierra joven, sino que las palabras de la Biblia nos exigen que sostengamos la noción de una tierra joven (esas son dos afirmaciones enteramente diferentes, porque en varios otros pasajes, tales como los del sol que se levanta y se pone, lo que salta a la vista al leerlo por primera vez en la Biblia no es lo correcto). Por otro lado, es posible que más investigación de la información que se tiene sobre el universo proveerá una avalancha creciente de datos para un lado o para el otro, bien sea en sorprendentes inversiones de las afirmaciones científicas modernas en cuanto a la antigüedad de la tierra, o evidencia adicional abrumadora de que la tierra es en verdad extremadamente vieja. Es probable que la investigación científica en los próximos diez o veinte años inclinará el peso de la evidencia decisivamente bien hacia una noción de una tierra joven, o hacia una noción de una tierra vieja, y el peso de la opinión erudita cristiana (tanto de eruditos bíblicos como científicos) empezará a cambiar decisivamente en una dirección o la otra. Esto no debería causar alarma a los que abogan por cualquiera de las dos posiciones, porque la veracidad de la Biblia no está amenazada (nuestras interpretaciones de Génesis 1 tienen suficientes indefiniciones como para permitir que una u otra posición sea posible).
Sin embargo, hay que decir en este punto que, con la información que ahora tenemos, no es del todo fácil decidir este asunto con certeza. Se debe dejar abierta la posibilidad de que Dios ha escogido no darnos suficiente información para que lleguemos a una clara decisión respecto a este asunto, y la prueba real de fidelidad a él puede ser el grado al que podemos actuar caritativamente hacia los que con buena conciencia y plena creencia en la Palabra de Dios sostienen una posición diferente en esta materia. Ambos conceptos son posibles, pero ninguno me parece enteramente cierto por ahora. Dada esta situación, sería mejor (1) aceptar que Dios tal vez no nos permita hallar una solución clara a este asunto antes de que Cristo vuelva, y (2) animar a los científicos evangélicos y teólogos que favorecen tanto el concepto de la tierra joven como el de la tierra vieja que empiecen a trabajar juntos con mucho menos arrogancia, mucha más humildad y un mayor sentido de cooperación en un propósito común mucho mayor.

F. Aplicación

La doctrina de la creación tiene muchas aplicaciones para los cristianos de hoy. Nos hace darnos cuenta de que el universo material es bueno en sí mismo, porque Dios lo creó bueno y quiere que lo usemos de maneras que le agraden a él. Por consiguiente, debemos procurar ser como los primeros cristianos, que «partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad» (Hch 2:46), siempre dando gracias a Dios y confiando en sus provisiones. Una apreciación saludable de la creación nos guardará de un falso ascetismo que niegue la bondad de la creación y las bendiciones que nos vienen mediante ella. También animará a algunos cristianos a hacer investigación científica y tecnológica para descubrir más de la bondad de la abundante creación de Dios, o para respaldar tal investigación. La doctrina de la creación también nos capacitará para reconocer mejor que el estudio científico y tecnológico en sí mismo glorifica a Dios, porque nos capacita para descubrir lo increíblemente sabio, poderoso y hábil que fue Dios al crear. «Grandes son las obras del SEÑOR; estudiadas por los que en ellas se deleitan» (Sal 111:2).
La doctrina de la creación también nos recuerda que Dios es soberano sobre el universo que él creó. Él lo hizo todo yes Señor de todo. A él le debemos todo lo que somos y tenemos, y podemos tener plena confianza en que al final él derrotará a todos sus enemigos y se manifestará como Rey soberano para que se le adore por siempre. Además, el increíble tamaño del universo y la asombrosa complejidad de toda cosa creada nos atraerán, si nuestros corazones están como es debido, continuamente preparados a adorarle y alabarlo por su grandeza.
Finalmente, como ya se indicó arriba, podemos de todo corazón disfrutar de actividades creadoras (artísticas, musicales, atléticas, domésticas, literarias, etc.) con una actitud de acción de gracias porque nuestro Dios Creador nos capacita para imitarle en nuestra creatividad.

II. PREGUNTAS DE REPASO

1. Defina la doctrina de la creación.

2. ¿De qué manera la descripción de la creación que da la Biblia da significación especial a la creación del hombre?

3. Distinga entre la enseñanza bíblica sobre la relación de Dios con la creación y cada una de las siguientes filosofías:
• Materialismo
• Panteísmo
• Dualismo
• Deísmo

4. ¿Por qué creó Dios el universo? ¿Fue necesario que lo hiciera?

5. ¿Por qué la teoría de la evolución teísta no concuerda con la enseñanza bíblica sobre la creación?

6. Mencione cuatro argumentos científicos contra la teoría de la evolución.

III. PREGUNTAS PARA LA APLICACIÓN PERSONAL

1. ¿Hay maneras en que usted podría ser más agradecido a Dios por la excelencia de su creación? Mire a su alrededor y dé algunos ejemplos de la bondad de la creación que Dios le ha permitido disfrutar. ¿Hay maneras en que usted podría ser un mejor mayordomo de las partes de la creación de Dios que él le ha confiado a su cuidado?

2. ¿Pudiera la bondad de todo lo que Dios creó animarle a tratar de disfrutar de diferentes clases de alimentos, distintos de los que normalmente prefiere? ¿Se puede enseñar a los niños a dar gracias a Dios por la variedad de las cosas que Dios nos ha dado para comer?

3. Para comprender algo de la desesperanza que sienten los contemporáneos que no son cristianos, trate de imaginarse por un momento que usted cree que no hay Dios, y que usted es simplemente producto de la materia, más el tiempo, más la casualidad, resultado espontáneo de mutaciones al azar de organismos en un lapso de millones de años. ¿Cuán diferente se sentiría en cuanto a sí mismo, y en cuanto a otras personas? ¿En cuanto al futuro? ¿En cuanto al bien y al mal?

4. ¿Por qué sentimos alegría cuando podemos «subyugar» aunque sea una parte de la tierra y la hacemos útil para servirnos, sea al cultivar legumbres, desarrollar una mejor clase de plástico o metal, o usar lana para tejer una prenda de vestir? ¿Deberíamos sentir gozo en tales ocasiones? ¿Qué otras actitudes del corazón deberíamos sentir al hacer eso?

5. Cuando usted piensa en la inmensidad de las estrellas, y que Dios las puso en su lugar para mostrarnos su poder y gloria, ¿cómo le hace sentir eso en cuanto al lugar que usted ocupa en el universo? ¿Es esto diferente de la manera en que se sentiría el que no es cristiano?

IV. TÉRMINOS ESPECIALES

ascetismo
materialismo
creación
microevolución
creación ex-nihilo
mutación al azar
deísmo
panteísmo
diseño inteligente
selección natural
dualismo
teoría de la tierra joven
evolución teísta
teoría de la tierra vieja
inmanente
tipos transitorios
macroevolución
trascendente

V. LECTURA BÍBLICA PARA MEMORIZAR

NEHEMÍAS 9:6

¡Sólo tú eres el SEÑOR! Tú has hecho los cielos, y los cielos de los cielos con todas sus estrellas. Tú le das vida a todo lo creado: la tierra y el mar con todo lo que hay en ellos. ¡Por eso te adoran los ejércitos del cielo!

Wayne Grudem 

Para el estudiante Serio

Esta obra magnánima no debería faltar en las colecciones personales de cada uno de nosotros  para el estudio diligente de la palabra de DIOS.

Esta introducción a la teología sistemática tiene varios rasgos distintivos: - Un fuerte énfasis en la base de las Escrituras para cada doctrina y enseñanza - Escritura clara, con términos técnicos reducidos al mínimo - Un enfoque contemporáneo, que trata temas de especial interés para la iglesia hoy - A tono amistoso, atractivo para las emociones y el espíritu, así como para el intelecto - Aplicación frecuente a la vida - Recursos para la adoración con cada capítulo - Bibliografías con cada capítulo que hacen referencia a temas con una amplia gama de otros aspectos sistemáticos teologías

Wayne Grudem
Maikel Quiroga Blanco

Maikel Quiroga Blanco

Cómo la teología haya de afectar mi vida o la suya es nuestra responsabilidad personal e individual. Pero el conformar nuestras vidas a la imagen de Cristo es la meta definitiva al estudiar la teología. Sin embargo, a fin de cuentas, ningún libro puede hacer esto. Solamente lo pueden hacer usted y Dios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *