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LA NATURALEZA DE LA SALVACIÓN

Tabla de Contenidos

SALVACIÓN O SOTERIOLOGÍA

El tema de esta sección es el siguiente: Lo que constituye la salvación, o el estado de gracia.


 Tres aspectos de la salvación

Hay tres aspectos de la salvación, o del estado de gracia, y cada uno se caracteriza por un vocablo que suministra una ilustración clara de la bendición: Justificación, Regeneración, Santificación.


  Justificación por el Juez

Justificación es un término judicial o legal que nos recuerda una escena en los tribunales de justicia.
El hombre, culpable ante Dios y condenado, recibe la absolución, se le declara justo, en otras palabras, es justificado.


  Regeneración y adopción por el Padre

La regeneración (la experiencia interna o interior) y la adopción, nos sugiere una escena doméstica, del hogar. El alma, muerta en delitos y pecados, necesita una vida nueva, la cual es impartida mediante el acto divino de la regeneración. La persona se convierte entonces en “hijo de Dios”, y pasa a formar parte de su hogar o casa.


 Santificación por el Santo

El vocablo santificación nos sugiere una escena en el templo, pues el término está relacionado principalmente con la adoración a Dios. Hecho justo en lo que a la ley de Dios respecta, y renacido para vivir una vida nueva, el hombre queda desde ese momento dedicado al servicio de Dios. Comprado mediante un precio, no se pertenece a sí mismo; no abandona el templo (en sentido figurado) sino que sirve a Dios noche y día (Lucas 2:37). Es santificado por Dios, y se da a sí mismo a Dios.
El hombre salvado es entonces aquél que ha cancelado su deuda con Dios, ha ajustado sus cuentas con El, ha normalizado sus relaciones con el Hacedor, ha sido adoptado en la familia divina y está ahora dedicado al servicio de Dios. En otras palabras, su experiencia de la salvación, o estado de gracia consiste en la justificación, regeneración (y adopción) y santificación. Al estar justificado, pertenece a los justos; al estar regenerado, es un hijo de Dios; al estar santificado, es un “santo” (literalmente persona santa).
¿Se reciben todas estas bendiciones en orden de sucesión, o en forma simultánea? Hay sin duda un orden lógico: primero el pecador cancela su deuda o ajusta sus cuentas en lo que respecta a la ley de Dios; luego, por estar su vida en desorden, tiene que ser cambiada; finalmente, debe ser separado para vivir una vida nueva y servir a Dios. No obstante, las tres experiencias aquí descritas son simultáneas en el sentido de que en la realidad no pueden separarse, aunque las separamos para fines de estudio. Las tres constituyen la “salvación plena”. El cambio exterior denominado justificación es seguido de un cambio interno llamado regeneración, que a su vez es seguido de la dedicación o consagración al servicio de Dios. No se puede concebir que una persona realmente justificada no sea regenerada; ni tampoco que una persona verdaderamente regenerada no sea santificada (aunque en la vida real una persona salvada puede a veces violar su consagración). No puede haber salvación plena sin estas tres experiencias, como tampoco puede haber un triángulo verdadero sin tres lados. Esas experiencias cristianas constituyen el fundamento de carácter triple sobre el cual se erige la vida cristiana. Partiendo de estas tres experiencias, la vida cristiana progresa hasta su consumación.
Esa distinción triple regula el idioma del Nuevo Testamento hasta sus más ligeros matices. Pasamos a ilustrar:
Con relación a la justificación: Dios es el Juez y Cristo el Abogado; el pecado es transgresión de la ley; la expiación es satisfacción o pago; el arrepentimiento es convicción; la aceptación es perdón o remisión; el testimonio del Espíritu es de perdón; la vida cristiana es obediencia y su perfección es el cumplimiento de la ley de justicia.
La salvación es también una vida nueva en Cristo. Con relación a esa nueva vida, Dios es el Padre (Procreador), Cristo el Hermano mayor y la Vida; el pecado es obstinación, voluntariedad, es decir, equivale a escoger nuestra propia voluntad, en vez de la del Jefe de la casa; la expiación es reconciliación; la aceptación es adopción; la renovación de vida es regeneración, el ser nacido de Dios; la vida cristiana es la crucifixión o mortificación de la vieja naturaleza, contraria a la nueva, y asimismo el nutrimento o cultivo de esta última; la perfección de esta vida es el reflejo perfecto de la imagen de Cristo, el unigénito Hijo de Dios.
La vida cristiana es una vida dedicada a la adoración y servicio de Dios, es decir, una vida santificada. Con relación a la vida santificada, Dios es el Santo; Cristo es el sumo sacerdote; el pecado es contaminación; el arrepentimiento es el tener conciencia de la contaminación; la expiación es un sacrificio expiatorio o propiciatorio; la vida cristiana es dedicación o consagración en el altar (Romanos 12:1); la perfección de ese aspecto es la completa santificación del pecado y separación a fin de vivir para Dios.
Todas estas tres bendiciones de la gracia fueron obtenidas o alcanzadas por la muerte expiatoria de Cristo, y las virtudes de esa muerte son impartidas al hombre por medio del Espíritu Santo. Como satisfacción a las demandas de la ley, la expiación aseguró el perdón y la justicia del hombre; como abolición de la barrera que se interponía entre Dios y el hombre, hizo posible nuestra vida regenerada; como sacrificio por la purificación del hombre de sus pecados, su beneficio es la santificación y la santidad.
Nótese también que las tres bendiciones fluyen o nacen de nuestra unión con Cristo. El creyente es uno con Cristo en virtud de su muerte expiatoria y de su Espíritu que imparte vida. Nos hemos convertido en la justicia de Dios en El (2 Corintios 5:21); y por medio de El tenemos el perdón de los pecados (Efesios 1:7); en El somos nuevas criaturas, nacidos de nuevo a una nueva vida (2 Corintios 5:17); somos santificados en El (1 Corintios 1:2) y El ha sido hecho para nosotros santificación (1 Corintios 1:30). El es la “causa de eterna salud”.


  Salvación, externa e interna

La salvación es tanto objetiva (externa) como subjetiva (interna).
a. La justicia es primero de todo cambio de posición, pero es seguida de un cambio de condición. La justicia debe ser tanto atribuida o imputada como impartida.
b. La adopción se refiere al hecho de conferir la dignidad de hijo de Dios; la regeneración es la vida interior que corresponde a nuestro llamado y nos hace participantes de la naturaleza divina.
c. La santificación es tanto externa como interna. En lo exterior, es la separación del pecado y la dedicación a Dios; en lo interior, demanda purificarse del pecado.
El aspecto exterior de la gracia es proporcionado por la obra expiatoria de Cristo; el aspecto interno es la obra del Espíritu Santo.


 Las condiciones de la salvación

¿Qué se quiere decir por condiciones de la salvación? Se quiere decir los requisitos en el hombre a quien Dios acepta por amor de Cristo, y en quien deposita libremente las bendiciones del evangelio de gracia.
Las Sagradas Escrituras enuncian el arrepentimiento y la fe como condiciones de la salvación; el bautismo en agua es mencionado como símbolo exterior de la fe interna del convertido. (Cf. Marcos 1:15; Hechos 22:16; 16:31; 2:38; 3:19.)
El apartarse del pecado y allegarse a Dios son las condiciones y preparaciones para la salvación. Hablando en sentido estricto ni el arrepentimiento ni la fe tienen mérito; puesto que todo lo necesario para la salvación ha sido ya realizado para el penitente. Mediante el arrepentimiento el penitente remueve el obstáculo que impide la recepción del don; por medio de la fe acepta el don. Pero aunque el arrepentimiento y la fe son obligatorios puesto que son ordenados, se insinúa la influencia auxiliadora del Espíritu Santo. (Nótese la frase “ha dado Dios arrepentimiento”. Hechos 11:18.) La blasfemia contra el Espíritu ahuyenta a aquél que es el único que puede inspirar el arrepentimiento del corazón, y por lo tanto no hay perdón.
¿Qué diferencia hay entre el arrepentimiento y la fe? La fe es el instrumento por medio del cual recibimos la salvación, lo cual no se puede decir del arrepentimiento. Asimismo el arrepentimiento está relacionado con el pecado y el remordimiento que produce, mientras que la fe descansa o se apoya en la misericordia de Dios.
¿Puede haber fe sin arrepentimiento? No; puesto que sólo el penitente siente la necesidad de un Salvador y desea la salvación de su alma.
¿Puede haber arrepentimiento piadoso sin fe? Nadie puede arrepentirse en el sentido bíblico sin fe en la Palabra de Dios, sin creer en sus amenazas de juicio y promesas de salvación.
¿Son la fe y el arrepentimiento simplemente condiciones preparatorias para la salvación? Siguen también al creyente en la vida cristiana; el arrepentimiento se transforma en fervor en pro de la purificación del alma y la fe trabaja en amor y continúa recibiendo de Dios.


 Arrepentimiento

El arrepentimiento se ha definido de la siguiente manera: “Un dolor verdadero por el pecado, acompañado de un sincero esfuerzo por dejarlo”; “dolor de carácter piadoso por el pecado”; “la convicción de culpabilidad producida por la aplicación de la ley divina al corazón, por el Espíritu Santo”; “sentir tanto dolor que uno deja de pecar” (definición de un niño).
Tres elementos constituyen el arrepentimiento bíblico: el intelectual, el emocional, y el práctico. Pueden ser ilustrados como sigue: (1) Un viajero se da cuenta que se ha equivocado de tren; ese conocimiento corresponde al elemento intelectual mediante el cual una persona comprende, por la predicación de la Palabra, que no está en buenas relaciones con Dios, que no ha ajustado sus cuentas con el Señor. (2) El descubrir que se ha equivocado de tren perturba al viajero. Le produce disgusto, quizá temor. Eso ilustra el lado emocional del arrepentimiento, que consiste de acusación a sí mismo, y dolor sincero por haber ofendido a Dios (2 Corintios 7:10). (3) Se baja de ese tren en la primera oportunidad que tiene, y sube al que corresponde. Esto ilustra el aspecto práctico del arrepentimiento, que encierra el volver por completo las espaldas al pecado, y viajar en la dirección de Dios. Un vocablo griego para el “arrepentimiento” significa literalmente “un cambio mental o de propósito”. El pecador convencido de su pecado se propone corregir su conducta y volverse a Dios; el resultado práctico es que produce frutos dignos de arrepentimiento (Mateo 3:8).
El hombre, por medio del arrepentimiento hace honor a la ley, así como por medio de la fe hace honor al evangelio. ¿De qué manera el hombre hace honor a la ley por medio del arrepentimiento? Arrepentido, lamenta haberse apartado del santo mandamiento, y de haberse contaminado personalmente, como lo revela la ley; en la confesión, reconoce la justicia de la sentencia; al enmendar su conducta o rectificarse, se aparta del pecado y realiza todas las reparaciones posibles y necesarias según las circunstancias.
¿De qué manera el Espíritu Santo le ayuda a una persona a arrepentirse? Mediante la aplicación de la Palabra en la conciencia; influyendo en el corazón y fortaleciendo la voluntad y la determinación de apartarse del pecado.


  Fe

En el sentido bíblico del vocablo, fe significa creencia y confianza. Es el asentimiento de la mente o intelecto, y el consentimiento de la voluntad. Con respecto al intelecto, es creencia en ciertas verdades reveladas, relativas a Dios y a Cristo; con referencia a la voluntad, es la aceptación de estas verdades según dirigen los principios de la vida. La fe intelectual no es suficiente (Santiago 2:19; Hechos 8:13, 21) para la salvación; una persona puede dar asentimiento intelectual al evangelio, sin consagrar o dedicar su vida a él. La creencia afectiva o del corazón es fundamental (Romanos 10:9). La fe de carácter intelectual significa el reconocimiento de que el evangelio es verídico, es una realidad; la fe afectiva o del corazón significa la dedicación voluntaria, de la vida de uno a las obligaciones que están encerradas o incluidas en la realidad del evangelio. La fe en calidad de confianza incluye asimismo un elemento emocional; de ahí que la fe; salvadora sea un acto de la personalidad toda, que abarca el intelecto, las emociones y la voluntad.
El significado de la fe puede ser determinado por la forma en la cual se emplea en el original griego. La fe a veces denota no sólo el acto de creer en un cuerpo o conjunto de verdades, sino también todo el conjunto de verdades, como en las expresiones siguientes: “Anuncia la fe que en otro tiempo destruía”, “algunos apostatarán de la fe”, “esta es la palabra de fe, la cual predicamos”, “la fe que ha sido una vez dada a los santos”. Esa es a veces denominada fe objetiva o externa. El acto mismo de creer estas verdades se conoce como fe subjetiva.
Seguido de ciertas preposiciones griegas el vocablo “creer” significa la idea de reposar o descansar sobre un fundamento seguro, como por ejemplo Juan 3:16; seguido de otra preposición significa una confianza que une a la persona al objeto de su confianza, o lo solidariza con ella. La fe es de esa manera vínculo de unión entre el alma y Cristo.
¿Es la fe una actividad humana o divina? El que se le ordene al hombre creer indica que tiene la capacidad para creer, y la obligación de hacerlo. Todo hombre está capacitado o dotado para depositar su confianza en alguien o algo, de manera que por ejemplo, uno puede depositar la confianza en las riquezas, en el hombre, en amigos, y así sucesivamente. Cuando la creencia se funda en la Palabra de Dios, y la confianza reposa en Dios y en Cristo, luego tenemos fe salvadora. No obstante, se insinúa como agente en la producción de la fe salvadora, la gracia auxiliadora del Espíritu Santo. (Cf. Juan 6:44; Romanos 10:17; Juan 16:7–14.)
¿Qué es la fe salvadora? Se han proporcionado las definiciones siguientes: “La fe en Cristo es una gracia salvadora en virtud de la cual recibimos la salvación, y asimismo dependemos de El exclusivamente para la salvación, según se nos ofrece en los Evangelios.” Es el “acto del penitente sólo, según es ayudado especialmente por el Espíritu Santo, y según deposita su confianza en Cristo”. “El acto o hábito de la mente del penitente, por el cual, bajo la influencia de la gracia divina, deposita su confianza en Cristo en calidad de Salvador suficiente y único.” “Una confianza segura que Cristo murió por mis pecados y me amó, y se dio a sí mismo por mí.” “Significa creer, depositar la confianza en los méritos de Cristo, de que por amor a su Hijo, Dios ciertamente está dispuesto a demostrarnos misericordia.” “El acogerse del pecador a la misericordia de Dios en Cristo.”


  Conversión

En su significado más simple, la conversión es el apartarse del pecado y acudir a Dios (Hechos 3:19). El término se emplea tanto para denotar el período crítico cuando el pecador se aparta del camino de pecado para transitar por la senda de justicia, como para dar a entender también el arrepentimiento por alguna transgresión particular, cometida por los que ya se encuentran en la senda de justicia (Mateo 18:3; Lucas 22:32; Santiago 5:20).
Se relaciona estrechamente con el arrepentimiento y la fe, y ocasionalmente significa lo uno o lo otro, o ambos, al representar la suma total de las actividades por las cuales el hombre se vuelve del pecado hacia Dios (Hechos 3:19; 11:21; 1 Pedro 2:25). El catecismo de Westminster, al responder a la pregunta “¿qué es el arrepentimiento para vida?” proporciona una definición cabal, completa, de la conversión:

El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual el pecador, inspirado de un sentido verdadero de su pecado, y adueñándose de la misericordia de Dios en Cristo, con dolor por el pecado y odio hacia él, se aparta del camino del pecado para volverse a Dios, con el propósito más amplio de seguir una nueva obediencia, y practicarla de todo corazón.

Nótese que esta definición demuestra de que manera la conversión abarca la personalidad toda: el intelecto, la emoción y la voluntad.
¿De qué manera podemos distinguir entre la conversión y la salvación? La conversión describe un lado de la salvación, según afecta al hombre. Pasemos a ilustrar: Se observa que un pecador notorio ya no bebe, ni juega, ni tampoco frecuenta los antros del vicio; odia aquello que antes amaba, y ama lo que antes odiaba. Sus conocidos comentan: “Se ha convertido, es un hombre cambiado.” Describen lo que ven, es decir, el lado del acontecimiento que afecta al hombre. Pero en lo que respecta al otro lado, que corresponde a Dios, diremos que Dios ha perdonado su pecado, y le ha dado un nuevo corazón.
¿Pero significa ello acaso que la conversión es enteramente asunto de esfuerzo humano? A igual que la fe y el arrepentimiento, a los cuales encierra, abarca, la conversión es una actividad humana, del hombre; pero también constituye un efecto sobrenatural en el sentido de que se trata de la reacción del hombre a la fuerza atrayente de la gracia y la Palabra de Dios. De manera que la conversión se produce mediante la cooperación armónica de las actividades divinas y humanas. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12, 13). Los siguientes versículos relatan el lado divino de la conversión: Jeremías 31:18; Hechos 3:26. Los siguientes se relacionan con el lado humano: Hechos 3:19; 11:18; Ezequiel 33:11.
¿Qué viene primero, la regeneración o la conversión? Las operaciones que entraña la conversión, son profundas y misteriosas, y por lo tanto no deben analizarse con precisión matemática.


 JUSTIFICACION

  La naturaleza de la justificación: absolución divina

El vocablo “justificar” es un término judicial que significa absolver, declarar justo, o pronunciar sentencia favorable de aceptación. La palabra se toma de las relaciones jurídicas. En efecto, el culpable comparece ante Dios, el Juez justo. Pero en cambio de una sentencia de condenación, recibe la absolución.
El vocablo “justificación” o “justicia” significa un estado de aceptación al cual uno entra por la fe. Esta aceptación es un don gratuito de Dios, disponible por la fe en Cristo (Romanos 1:17; 3:21, 22). Es un estado de aceptación sobre el cual reposa el creyente (Romanos 5:2). Sin tener en consideración su pasado pecaminoso e imperfección presente, tiene una posición completa y segura con relación a Dios. “Justificado” es el veredicto de Dios, y nadie lo puede contradecir o negar (Romanos 8:34). La doctrina se ha definido de la siguiente manera: “La justificación es un acto de la gracia libre de Dios, por medio de la cual perdona todos nuestros pecados y nos acepta en calidad de justos ante su presencia, sólo en virtud de la justicia de Cristo imputada o atribuida a nosotros y recibida por fe solamente.” La justificación es primordialmente un cambio de posición de parte del pecador; antes condenado, ahora absuelto; antes bajo la condenación divina, está sujeto ahora al encomio o alabanza divina.
La justificación abarca mucho más que el perdón del pecado y la eliminación de la condena; en el acto de la justificación, Dios coloca al ofensor en la posición de hombre justo. En algunos países el gobernador de un estado puede conmutar la pena de un criminal, pero no puede devolverle a la posición de uno que jamás ha quebrantado las leyes. Pero Dios puede hacer ambas cosas. Borra el pasado, es decir, los pecados y ofensas, y luego trata a la persona como si nunca hubiera cometido pecado en su vida. El criminal perdonado no es considerado o descrito como persona justa o buena; pero cuando Dios justifica al pecador, lo declara justificado, es decir, justo a su vista. Ningún juez podría justificar con justicia a un criminal, es decir, declararlo justo y bueno. Si Dios estuviera sujeto a las mismas limitaciones, y justificara sólo a los buenos, no habría evangelio para los pecadores. Pablo nos asegura que Dios justifica a los impíos. “El milagro del evangelio consiste en que Dios acude a los impíos con una misericordia que es toda justa, y capacita a los impíos, por la fe, y a pesar de lo que son, a iniciar una relación nueva con El en la cual la justicia se hace posible para ellos. El secreto todo del cristianismo del Nuevo Testamento, y de todo avivamiento religioso y reforma en la iglesia, es esa paradoja maravillosa: Dios justifica al impío.”
De manera entonces que la justificación es en primer lugar una resta: la cancelación de la deuda del pecado, y en segundo lugar una suma: la imputación o atribución de la justicia.


  La necesidad de la justificación: la condenación del hombre

Job hizo la siguiente pregunta: “¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?” (Job 9:2). “¿Qué debo hacer para ser salvo?” dijo el carcelero de Filipos. Ambos hombres expresaron una de las preguntas de mayor trascendencia que se pueden formular: ¿De qué manera puede el hombre cancelar su deuda con Dios y estar seguro de que ha sido aprobado por el Hacedor?
La respuesta a la pregunta se encuentra en el Nuevo Testamento, especialmente en la epístola a los Romanos, la que presenta el plan de la salvación en forma detallada y sistemática. El tema del libro está encerrado en 1:16, 17, y puede expresarse de la manera siguiente: el evangelio es el poder de Dios para la salvación del hombre, porque dice de qué manera los pecadores pueden ser cambiados en lo que respecta a posición y condición, para quedar en buenas relaciones con Dios.
Una de las frases notables del libro es la siguiente: “La justicia de Dios.” El apóstol inspirado describe la clase de justicia que es aceptable ante Dios, de manera que el hombre que la posee es considerado “justo” a la vista de Dios. Es la justicia que resulta de la fe en Cristo. Pablo nos demuestra que todos los hombres necesitan la justicia de Dios, puesto que la raza toda ha pecado. Los gentiles están bajo condenación. Los pasos que condujeron a la caída son evidentes: una vez conocieron a Dios (1:19, 20), pero al no adorarle y servirle, sus mentes se oscurecieron (1:21, 22). La ceguera espiritual condujo a la idolatría (v. 23), y la idolatría llevó a la corrupción moral (vv. 24–31). No tienen excusa, porque poseen una revelación de Dios en la naturaleza, y una conciencia que aprueba o desaprueba sus acciones (Romanos 1:19, 20; 2:14, 15). El judío está también bajo la condenación. Es cierto que pertenece a la nación escogida, y ha conocido la ley de Moisés por centenares de años, pero ha violado esa ley en lo que respecta a pensamientos, hechos y palabras. Capítulo 2. Pablo cierra las puertas de la celda de condenación de la raza humana, con las siguientes palabras: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre, y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).
¿Qué es esta justicia que el hombre necesita tanto? El vocablo mismo significa el estado o condición de justo. A veces la palabra describe el carácter de Dios, en el sentido de que está libre de imperfecciones e injusticias. Aplicado al hombre, significa el estado de justo ante Dios. El vocablo justo equivale a “recto” o derecho, es decir, conforme a una norma o patrón. De lo que antecede se deduce que un hombre justo, recto, es aquél cuya conducta está en armonía con la ley de Dios. Pero ¿qué ocurre si descubre que en vez de justo o “recto” es “perverso”, es decir, se ha desviado del camino y no puede enderezarse? Luego entonces necesita la justificación, la cual es obra de Dios.
Pablo ha declarado que por las obras de la ley nadie puede justificarse. No se trata de un baldón sobre la ley, la cual es santa y perfecta. Significa simplemente que la ley no fue dada para el fin de hacer justa a la gente, sino para proporcionar un nivel de justicia. La ley puede compararse con una medida que indicará el largó de una pieza de material, pero no aumentará su largo. O se puede comparar con una báscula que dice el peso que tenemos, pero no puede añadir a nuestro peso. “Por la ley es el conocimiento del pecado.”
“Mas ahora, sin la ley, la justicia de Dios se ha manifestado.” Nótese el vocablo “ahora”. Se ha dicho que para Pablo el tiempo se dividía en “ahora y entonces”. En otras palabras, la venida de Cristo efectuó un cambio en el trato de Dios con el hombre. Introdujo una nueva dispensación. Durante siglos el hombre había estado pecando y reconociendo la imposibilidad de abandonar o conquistar sus propios pecados. Pero ahora Dios con claridad, y abiertamente, ha revelado el camino.
Muchos israelitas consideraban que debía haber una forma de ser justificado, aparte del guardar la ley, por dos razones: (1) Percibieron un profundo abismo entre el nivel de Dios para Israel, y su condición actual. El pueblo de Israel era injusto, y la salvación no podía llegar por sus propios méritos y esfuerzos. La salvación debía de proceder de Dios, por medio de su interposición en beneficio de ellos. (2) Muchos israelitas supieron por experiencia personal que no podían guardar la ley perfectamente. Llegaron a la conclusión de que debía de haber una justicia independiente de sus propias obras y esfuerzos. En otras palabras, anhelaban la redención y la gracia. Y Dios les aseguró que tal justicia debía de ser revelada. Pablo (Romanos 3:21) habla con respecto a la justicia de Dios sin la ley que ha sido “testificada por la ley (Génesis 3:15; 12:3; Gálatas 3:6–8) y los profetas (Jeremías 23:6; 31:31–34)”. Esta justicia abarca el perdón de los pecados, y la justicia interna del corazón.
En realidad, Pablo afirma que la justificación por la fe era el método original de Dios de salvar al hombre; la ley fue añadida con el objeto de disciplinar a los israelitas y hacerlos sentir la necesidad de la redención (Gálatas 3:19–26). Pero la ley en sí misma no tenía poder salvador de la misma manera que un termómetro no tiene poder para hacer disminuir la fiebre que registra. Jehová mismo era el Salvador de su pueblo, y su gracia su única esperanza.
Desgraciadamente los judíos llegaron a exaltar la ley como agente justificador, e idearon un sistema de salvación basado en los méritos de guardar sus preceptos, y las tradiciones añadidas a ella. “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3). Habían interpretado erróneamente el propósito de la ley. Habían llegado a confiar en ella como medio de salvación espiritual. Al ignorar la pecaminosidad innata de su corazón, se imaginaban que serían salvados mediante el guardar la letra de la ley, de modo que, cuando vino Cristo ofreciéndoles salvación por sus pecados, pensaron que no tenían necesidad alguna de tal Mesías. (Cf. Juan 8:32–34.) Pensaron que se prescribirían ciertos rígidos requisitos por medio de los cuales podían obtener vida eterna. “¿Qué debemos hacer?” preguntaron, “para poner en práctica las obras de Dios?” Y no estaban dispuestos a seguir el camino indicado por el Señor Jesús. “Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:28, 29). Estaban tan ocupados procurando establecer y resolver su propio sistema de justicia que pasaron por alto o equivocaron el plan de Dios para justificar al hombre pecador. En la realización de un viaje, un tren es el medio para llegar a un fin. No tenemos intención de hacer del tren nuestra casa u hogar permanente. Estamos preocupados sólo de llegar al punto de destino, y cuando llegamos al fin de nuestro viaje, dejamos el tren. La ley fue dada a fin de conducir a Israel a cierto destino, y el fin era la confianza en la gracia salvadora de Dios. Pero cuando vino el Redentor, los judíos satisfechos de sí mismos procedieron como un hombre que se niega a dejar el tren cuando se ha llegado a destino, aun cuando el guarda o inspector del tren anuncia que se ha llegado a la terminal. Los judíos se negaron a moverse de sus asientos en el “tren” del Antiguo Pacto, aun cuando el Nuevo Testamento anunciaba que Cristo es “el fin de la ley” y que el Antiguo Pacto se había cumplido (Romanos 10:4).


  La fuente de la justificación: la gracia

Gracia significa primordialmente favor, o disposición bondadosa en la mente de Dios. Se ha denominado “pura bondad y favor sin recompensa”; “favor inmerecido”. Como tal, la gracia no puede hacer deudor al hombre. Lo que Dios otorga, lo otorga como don; no podemos resarcir a Dios, ni pagar por su gracia. La salvación es presentada siempre como don, un favor inmerecido e impagable, un beneficio puro de Dios (Romanos 6:23). El servicio cristiano, por lo tanto, no se hace en pago de la gracia de Dios. El servicio es la forma cristiana de expresar nuestra devoción y amor a Dios. “Le amamos, porque él nos amó primero.”
La gracia es el trato de Dios con el pecador absolutamente aparte de la cuestión de méritos o deméritos. “La gracia no equivale a tratar a una persona según lo merece, o mejor de lo que merece”, nos dice el doctor Lewis Sperry Chafen “Equivale al trato misericordioso sin la más mínima referencia a sus merecimientos. La gracia es amor infinito que se expresa por medio de bondad infinita.”
Debe evitarse un malentendido. La gracia no significa que el pecador es perdonado porque Dios tiene un gran corazón que le permite perdonar la pena o desistir de imponer justo juicio. El Gobernador perfecto del Universo no puede tratar con lenidad el pecado, pues ello lo desviaría de su perfecta santidad y justicia. La gracia de Dios hacia los pecadores se ve en el hecho de que El mismo, por medio de la expiación de Cristo pagó toda la pena por el pecado, por lo cual puede perdonar con justicia el pecado sin tener en consideración el mérito o demérito del pecador. El pecador no es perdonado porque Dios sea misericordioso para excusar sus pecados, sino porque hay redención mediante la sangre de Cristo (Romanos 3:24; Efesios 1:7). Predicadores liberales se han desviado del camino en este punto: han pensado que Dios es misericordioso al perdonar el pecado, aunque el perdón de los pecados se basa en justicia estricta. Al perdonar el pecado, “él es fiel y justo” (1 Juan 1:9). La gracia de Dios se revela al proporcionar una expiación por la cual puede al mismo tiempo justificar a los impíos, y al mismo tiempo reivindicar su ley santa e inmutable.
La gracia es independiente de la actividad u obra del hombre. Cuando una persona está bajo la ley, no puede estar bajo la gracia; cuando está bajo la gracia, no está bajo la ley. Una persona está bajo la ley cuando procura asegurarse la salvación o santificación como asunto de recompensa, mediante la realización de buenas obras y la observancia de ceremonias; está bajo la gracia cuando obtiene la salvación confiando en la obra de Dios, hecha para él, y no en sus obras para Dios. Las dos esferas se excluyen mutuamente (Gálatas 5:4). La ley dice: “Págalo todo”; mientras que la gracia afirma: “Todo está pagado.” La ley significa una obra que debe hacerse; la gracia es una obra hecha. La ley restringe las acciones; la gracia cambia la naturaleza. La ley condena; la gracia justifica. Bajo la ley, una persona es un siervo que trabaja por salario; bajo la gracia es un hijo que disfruta de la herencia.
Profundamente arraigada en el corazón del hombre está la idea de que el hombre debe hacer algo para hacerse digno de la salvación. En la iglesia primitiva ciertos maestros judíos cristianos insistieron que los convertidos eran salvados por la fe, y por la ley de Moisés, es decir, su observancia. Entre los paganos, y en algunos sectores de la iglesia cristiana, ese error ha tomado la forma de castigo a sí mismo, el cumplimiento de ritos, la realización de peregrinajes, la dádiva de limosnas. La idea que subraya todo eso es la siguiente: Dios no es misericordioso, el hombre no es justo, por lo tanto debemos hacernos justos a nosotros mismos con el objeto de hacer a Dios misericordioso. Ese fue el error de Lutero, cuando mediante dolorosa mortificación de su cuerpo procuraba efectuar o lograr su propia salvación. “¡Oh cuándo serás lo suficientemente piadoso para que tengas un Dios misericordioso!”, exclamó en cierta oportunidad. Pero finalmente descubrió la verdad que constituye la base del evangelio: Dios es misericordioso y por lo tanto desea hacer justo al hombre. La gracia de un Padre amoroso revelada en la muerte expiatoria de Cristo es un elemento en el cristianismo que lo diferencia de cualquier otra religión.

La salvación es la justicia imputada o atribuida de Dios; no es la justicia imperfecta del hombre. La salvación es una reconciliación divina; no es una regulación del hombre. La salvación es la cancelación de todos los pecados; no es el dejar de cometer algún pecado. La salvación es ser librado de la ley, ser muerto a la ley. No es el deleitarse en la ley, o cumplir la ley. La salvación es regeneración divina; no es reforma humana. La salvación es ser aceptable a Dios; no es convertirse en excepcionalmente bueno. La salvación es integridad en Cristo; no es competencia de carácter. La salvación es siempre de Dios, y sólo de El. No es nunca del hombre.

Lewis Sperry Chafer.

A veces el vocablo “gracia” se emplea en sentido interno, para denotar la operación de la influencia divina (Efesios 4:7), y el efecto de la influencia divina (Hechos 4:33; 11:23; Santiago 4:6; 2 Corintios 12:9). Las operaciones de ese aspecto de la gracia han sido clasificadas como sigue: gracia precedente, (literalmente, “que va delante”) es la divina influencia que precede a la conversión de la persona, estimulando sus esfuerzos destinados a retornar a Dios. Es el efecto del favor de Dios en atraer al hombre (Juan 6:44) y contender o esforzarse con el desobediente (Hechos 7:51). Se denomina a veces gracia eficaz, por el hecho de que es eficaz en producir la conversión, si no se la resiste. (Cf. Juan 5:40; Hechos 7:51; 13:46.) La gracia actual capacita al hombre para vivir con justicia, resistir la tentación y hacer o cumplir su deber. De manera entonces que hablamos de orar pidiendo gracia para realizar una tarea difícil. La gracia habitual es el efecto del Espíritu que mora en el hombre, que da como resultado una vida caracterizada por el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22, 23).


  La base de la justificación: la justicia de Cristo

¿De qué manera puede Dios tratar al pecador como una persona justa? Respuesta: Dios le proporciona justicia. Pero ¿es justo dar el título de “bueno” y “justo” a uno que no se lo ha ganado? Respuesta: El Señor Jesucristo lo ha ganado para el pecador, y en representación de él, a quien declara justo “por la redención que es en Cristo Jesús”. La redención significa liberación completa por medio de un precio pagado.
Cristo obtuvo esta justicia para nosotros por medio de su muerte expiatoria; “al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre”. Propiciación es aquello que asegura el favor de Dios para el que no lo merece. Cristo murió a fin de salvarnos de la justa ira de Dios y asegurarnos su favor. La muerte y resurrección de Cristo representa la provisión externa para la salvación del hombre; el término justificación tiene referencia a la forma en la cual los beneficios salvadores de la muerte de Cristo se ponen a disposición de la persona; la fe es el medio por el cual el pecador se adueña de los beneficios.
Consideremos la necesidad que se tiene de justicia. De la misma manera que el cuerpo necesita abrigo, así el alma necesita carácter. Así como uno debe aparecer ante el mundo vestido de las ropas que corresponden, así también el hombre debe aparecer ante Dios y el cielo revestido del manto de un carácter perfectamente justo. (Cf. Apocalipsis 19:8; 3:4; 7:13, 14.) Pero el manto del pecador está manchado y hecho jirones (Zacarías 3:1–4) y si fuera a vestirse con el manto de su propia bondad y méritos, y reclamar el favor divino en virtud de sus propias buenas obras, éstas serían consideradas como “trapo de inmundicia” (Isaías 64:6). La única esperanza del hombre consiste en tener la justicia que Dios aceptará: la “justicia de Dios”. Como el hombre carece naturalmente de esa justicia, se le debe proporcionar; y tiene que ser una justicia imputada o atribuida.
Esta justicia fue comprada mediante la muerte expiatoria de Cristo. (Cf. Isaías 53:5, 11; 2 Corintios 5:21; Romanos 4:6; 5:18, 19.) Su muerte fue un acto perfecto de justicia, porque satisfizo la ley de Dios; fue también un acto perfecto de obediencia. Y todo esto fue hecho para beneficio nuestro, y puesto a nuestro crédito. “Dios nos acepta en calidad de justos ante sus ojos sólo por la justicia de Cristo imputada a nosotros”, dice una declaración doctrinal.
El acto por el cual Dios nos acredita esta justicia se denomina imputación o atribución. Imputación es cargar sobre una persona las consecuencias del acto de otra; por ejemplo, las consecuencias del pecado de Adán son cargadas a sus descendientes. Las consecuencias del pecado del hombre fueron imputadas a Cristo, y las consecuencias de la obediencia de Cristo son cargadas o acreditadas en ese caso, al creyente. El vistió nuestras ropas del pecado, a fin de que nosotros lleváramos el manto de su justicia. El “ha sido hecho por Dios sabiduría, y justificación” (1 Corintios 1:30); se convierte en Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23:6).
Cristo expió nuestra culpa, satisfizo la ley, tanto mediante la obediencia como por el sufrimiento, y se convirtió en nuestro sustituto, de manera que al ser nosotros unidos a El por fe, su muerte se convierte en la nuestra, su justicia, nuestra justicia, su obediencia, nuestra obediencia. Dios luego nos acepta, no porque haya algo en nosotros, no por nada tan imperfecto como las obras (Romanos 3:28; Gálatas 2:16) o mérito, sino por la perfecta y del todo suficiente justicia de Cristo, acreditada a nuestra cuenta. Por amor de Cristo, Dios trata al pecador, cuando es penitente y creyente, como si fuera justo. Los méritos de Cristo se le atribuyen a él.
Puede surgir la pregunta siguiente: La justificación que salva es algo externo, que concierne a la posición del pecador, pero ¿no se produce un cambio de condición? Afecta su posición, pero ¿qué diremos de su conducta? La justicia es imputada, pero ¿es también impartida? En la justificación Cristo es por nosotros, pero ¿está también en nosotros? En otras palabras, parecería que la imputación fuera un baldón para la ley, si esa imputación no llevara encerrada en sí la promesa de una vida futura de justicia de parte del creyente.
La respuesta es que la fe justificadora es el acto inicial de la vida cristiana, y este acto inicial, cuando la fe es viva, es seguido de un cambio interno y espiritual denominado regeneración. La fe une al creyente al Cristo vivo, y la unión con el Autor de la vida da como resultado un cambio de corazón. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). La justicia es imputada en la justificación, e impartida en la regeneración. El Cristo que está en favor de nosotros se convierte en el Cristo en nosotros.
La fe por la cual una persona es en realidad justificada debe ser por necesidad una fe viva, y una fe viva producirá un vivir justo; será una fe que “obra por el amor” (Gálatas 5:6). Además, vistiendo la justicia de Cristo, el creyente es llamado a vivir una vida acorde con ese carácter. “Porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Apocalipsis 19:8). La verdadera salvación demanda una vida de santidad práctica. ¿Qué pensaríamos de una persona que siempre viste ropas blancas, limpias, pero que nunca se lava? ¡Inconsecuente, lo menos que se puede decir! No menos inconsecuente sería la persona que reclamara la justicia de Cristo, y sin embargo viviera de manera indigna al llamado cristiano. Los que visten su justicia tendrán cuidado de purificarse a sí mismos, así como El es puro (1 Juan 3:3).


 El medio de la justificación: la fe

Puesto que la ley no puede justificar, la única esperanza del hombre es una justicia “sin la ley” (no una injusticia que sea ilegal, o una religión que nos permita pecar), sino un cambio de posición y condición. Esta es la “justicia de Dios”, es decir, una justicia que Dios imparte; y es un don porque el hombre carece de la capacidad de producirla o llevarla a cabo (Efesios 2:8–10).
Pero un don debe ser aceptado. ¿De qué manera entonces es aceptado el don de justicia? O, hablando en lenguaje teológico, ¿cuál es el instrumento por medio del cual el hombre se adueña de la justicia de Cristo? Respuesta: “Por la fe de Cristo.” La fe es la mano, por así decirlo, que toma o recibe lo que Dios ofrece. El que esa fe es el agente de la justificación lo veremos por los siguientes pasajes: Romanos 3:22; 4:11; 9:30; Hebreos 11:7; Filipenses 3:9
En virtud de cierto medio, los méritos de Cristo le son comunicados al pecador, y este recibe la salvación. Tal medio debe ser divinamente designado, puesto que debe trasmitir aquello que sólo Dios otorga. Este medio es la fe, el principio de que se vale la gracia de Dios para devolvernos la imagen y favor divinos. Nacida en pecado, y heredera de miserias y sufrimientos, el alma necesita un cambio completo, así interior como exterior, tanto en lo que respecta a su relación con Dios, como consigo mismo. El cambio que se produce con relación a Dios se llama justificación, y el cambio interior espiritual se denomina regeneración por el Espíritu Santo. Esta fe es despertada en el hombre por la influencia del Espíritu Santo, generalmente con relación a la Palabra. La fe se apropia de la promesa de Dios, y de la salvación. Conduce al alma a descansar en Cristo como Salvador, y el sacrificio por los pecados, imparte paz a la conciencia y la esperanza consoladora del cielo. Siendo viva y espiritual, y llena de gratitud hacia Cristo, abunda en buenas obras de toda clase.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8, 9). El hombre no tenía cosa alguna con la cual comprar su justificación. Dios no podía descender a lo que el hombre tenía para ofrecer; el hombre no podía elevarse a la altura de lo que Dios exigía. De manera que Dios lo salvó gratuitamente: “siendo justificados gratuitamente por su gracia”. Esa gracia gratuita se recibe por la fe. No hay mérito alguno en esta fe, de igual manera que no tiene mérito alguno el acto de un pordiosero de extender la mano pidiendo una limosna. Este método descarga un golpe a la dignidad del hombre, pero en lo que a Dios respecta, el hombre caído no tiene dignidad alguna. Carece del poder de adquirir o acumular justicia suficiente como para comprar la salvación. “El hombre no es justificado por las obras de la ley.”
La doctrina de la justificación por la gracia de Dios, por medio de la fe del hombre, remueve o destruye dos peligros: primero, el orgullo de la justicia propia y del esfuerzo personal o propio; segundo, el temor de que uno es demasiado débil para superar los obstáculos, vencer las dificultades, obtener la victoria.
Si la fe no es meritoria en sí misma, tratándose simplemente de la mano para obtener la gracia libre de Dios, ¿qué es lo que le concede o proporciona poder, y que garantía ofrece que uno que ha recibido el don vivirá una vida justa? La fe es importante y poderosa porque une el alma a Cristo, y en esa unión se encuentra el motivo y el poder para una vida de justicia.
“Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos … Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 3:27; 5:24).
La fe no sólo recibe pasivamente sino que también emplea activamente lo que Dios otorga. Es asunto del corazón (Romanos 10:9, 10; compárese con Mateo 15:19; Proverbios 4:23), y el creer con el corazón es abarcar, u obtener la colaboración de todas las emociones, afectos y deseos, en respuesta al ofrecimiento de salvación hecho por Dios. Mediante la fe, Cristo vive en el corazón (Efesios 3:17). La fe opera por el amor (la “obra de vuestra fe”, 1 Tesalonicenses 1:3). Es decir, se trata de un principio enérgico, vivificante, como también una actitud receptiva. La fe es entonces un motivo poderoso para la obediencia y para toda buena obra. La fe encierra la voluntad, y está relacionada con todas las buenas elecciones y acciones, porque “todo lo que no es de fe es pecado” (Romanos 14:23). Abarca la elección y adherencia a la verdad (2 Tesalonicenses 2:12) e implica la sujeción a la justicia de Dios (Romanos 10:3).
La siguiente es la enseñanza bíblica relativa a las relaciones entre la fe y las obras. La fe es opuesta a las obras cuando por las obras significamos las buenas acciones en las cuales una persona depende para la salvación. Gálatas 3:11. Sin embargo, una fe viva producirá obras (Santiago 2:26) de la misma manera que un árbol con vida producirá frutos. La fe es justificada y aprobada por las obras (Santiago 2:18) de la misma manera que la salud y el vigor de las raíces de un árbol frutal se conocen por sus frutos. La fe se perfecciona en las obras (Santiago 2:22), de la misma manera que una flor se completa o manifiesta en el proceso de echar flor o florecer. En pocas palabras entonces, las obras son el resultado de la fe, la prueba de la fe, y la consumación de la fe.
Se ha imaginado una contradicción entre las enseñanzas de Pablo y las de Santiago, puesto que uno aparentemente enseña que una persona es justificada por la fe y el otro por las obras. (Cf. Romanos 3:20 y Santiago 2:14–26.) Sin embargo la comprensión del sentido en el que se usan estos vocablos disipará rápidamente la supuesta dificultad. Pablo elogia o encomia una fe viva que confía sólo en Dios; Santiago denuncia una fe formalista, muerta, que es meramente un asentimiento intelectual. Pablo rechaza las obras muertas de la ley, u obras sin fe; Santiago encomia las obras vivas que demuestran que la fe es vital. La justificación de que nos habla Pablo se refiere al comienzo de la vida cristiana; mientras que Santiago emplea el vocablo en el sentido de esa vida de obediencia y santidad que es la expresión exterior o evidencia de que una persona es salvada. Pablo combate el legalismo, o dependencia en obras de salvación; Santiago combate el antinomianismo, o las enseñanzas de que no importa mucho de que manera uno vive mientras uno cree. Pablo y Santiago no son dos soldados que se oponen entre sí; están espalda contra espalda, luchando contra enemigos que vienen de direcciones opuestas.


  REGENERACION

  La naturaleza de la regeneración

La regeneración es un acto divino que imparte al creyente penitente una vida nueva y más elevada en unión con Cristo.
El Nuevo Testamento describe la regeneración de la siguiente manera:


 Un nacimiento

Dios el Padre es el Procreador y el creyente es el que ha sido engendrado de Dios (1 Juan 5:1) “nacido del Espíritu” (Juan 3:8), y “nacido de arriba”, traducción literal de Juan 3:7. Estos términos se refieren al acto de gracia creativa que hace al creyente hijo de Dios.


  Una limpieza

Dios nos salvó por “el lavamiento (literalmente, baño) de la regeneración” (Tito 3:5). El alma fue completamente bañada o limpiada de las inmundicias de la vieja vida, y hecha vivir en novedad de vida, una experiencia representada por el bautismo en agua (Hechos 22:16).


  Una vivificación

Fuimos salvos no sólo por el “lavamiento de la regeneración”, sino también por la “renovación del Espíritu Santo” (Tito 3:5). (Cf. Colosenses 3:10; Romanos 12:2; Efesios 4:23; Salmo 51:10.) La esencia de la regeneración es una nueva vida impartida por Dios el Padre, por medio de Cristo y por la obra del Espíritu.


 Una creación

El que creó al hombre en el comienzo, y alentó en su nariz soplo de vida, lo recrea por la operación de su Espíritu Santo. (Cf. 2 Corintios 5:17; Efesios 2:10; Gálatas 6:15; Efesios 4:24; Génesis 2:7.) El resultado práctico es un cambio radical en la naturaleza, el carácter, los deseos y los propósitos de la persona.


  Una resurrección

Así como Dios proporcionó vida al barro o a la arcilla sin vida, para que tuviera conciencia del mundo físico, así también proporciona vida al alma muerta en pecados y la hace consciente de las realidades del mundo espiritual. (Cf. Romanos 6:4, 5; Colosenses 2:12, 3:1; Efesios 2:5, 6.) Este acto de resurrección de la muerte espiritual es simbolizada en el bautismo en agua. La regeneración es “ese gran cambio que Dios opera en el alma cuando le comunica vida; cuando la hace resucitar de la muerte en el pecado, a una vida de justicia” (Wesley).
Se notará que los términos expresados anteriormente son simples variantes de un gran concepto fundamental de regeneración, es decir, la comunicación divina de nueva vida al alma del hombre. Y tres hechos científicos, ciertos en lo que respecta a la vida natural, también se aplican a la vida espiritual, es decir, que viene repentinamente, aparece misteriosamente, y se desarrolla progresivamente.
La regeneración es una característica única en la religión del Nuevo Testamento. En las religiones paganas la permanencia o incapacidad de cambio de carácter es universalmente reconocida. Aunque estas religiones prescriben penitencias y ritos por medio de los cuales el hombre puede esperar expiar sus pecados, no hay promesa de vida y gracia para transformar su naturaleza. La religión de Jesucristo “es la única religión que profesa tomar la naturaleza caída del hombre y regenerarla inculcando en ella la vida de Dios”. Y profesa hacer esto porque el Fundador del cristianismo es una persona viviente, divina, que vive para salvar hasta lo sumo.

No hay analogía entre la religión cristiana y pongamos por ejemplo, el budismo o la religión mahometana. Nadie, en sentido correcto, podría decir: “El que tiene a Buda, tiene la vida” (1 Juan 5:12). Quizá tenga algo que ver con la moralidad. Quizá estimule, impresione, enseñe y guíe; pero no hay nada claramente añadido al alma de los que profesan el budismo. Estas religiones quizá desarrollen al hombre natural o moral. Pero el cristianismo profesa ser algo más. Es el hombre mental o moral sumado a algo más o a Alguno más.


 La necesidad de la regeneración

La entrevista de nuestro Señor con Nicodemo (Juan 3) proporciona un hermoso fondo para el estudio de la materia arriba mencionada. Las palabras iniciales de Nicodemo revelan cierto número de emociones que se debaten en su corazón; y la declaración abrupta de nuestro Señor (v. 3) que parece ser un cambio repentino de asunto, se explica por el hecho de que respondió al corazón del hombre, antes que a las palabras de sus labios. Las palabras iniciales de Nicodemo revelan lo siguiente: (1) Sed espiritual. Si el príncipe hubiera puesto en palabras el deseo de su alma, hubiera podido decir: “Cansado estoy de estos servicios sin vida de la sinagoga; yo asisto a ellos, pero salgo con tanta sed espiritual como cuando entré. ¡Ay! La gloría se ha apartado de Israel; no hay visión y el pueblo perece. Maestro, mi alma anhela la realidad. Sé poco con respecto a tu personalidad, pero tus palabras han tocado un lugar profundo en mi corazón. Tus milagros me convencen de que eres un Maestro enviado de Dios. Quisiera plegarme a tu compañía.” (2) Falta de profundidad de convicciones. Nicodemo siente su necesidad, pero cree necesitar a un maestro, más bien que a un Salvador. A igual que la mujer samaritana, quiere el agua de vida (4:15), pero a igual que ella, debe comprender que es un pecador que necesita limpieza y transformación (4:16–18). (3) Uno descubre en sus palabras un toque de complacencia consigo mismo, natural en una persona de su edad y posición. Le diría a Jesús: “Creo que has sido enviado a restaurar el reino de Israel, y yo he venido para aconsejarte en el plan de operaciones e instarte a que adoptes ciertos procedimientos.” Con toda probabilidad dio por sentado que el ser un israelita, e hijo de Abraham, serían requisitos suficientes para convertirse o transformarse en miembro del reino de Dios.
Respondió Jesús: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Hagamos la siguiente paráfrasis de las palabras: “Nicodemo, no puedes plegarte a mi compañía, de la misma manera que uno se plegaría a una organización. El pertenecer o no a mi compañía depende de la clase de vida que vivas; mi causa no es otra que la del reino de Dios, y no puedes entrar sin cambio espiritual. El reino de Dios es completamente otra cosa de lo que tú piensas, y la manera de establecerlo, enrolar ciudadanos en él, es muy distinta de lo que has estado meditando.”
Jesucristo señaló la necesidad más profunda y universal de todos los hombres: un cambio completo, radical, de toda la naturaleza del hombre. La naturaleza toda del hombre ha sido deformada por el pecado, la herencia de la Caída, y esa deformación se refleja en la conducta de la persona y en sus diversas relaciones. Antes de poder vivir una vida que agrade a Dios, en el tiempo y la eternidad, su naturaleza debe pasar por un cambio tan radical que es en realidad el segundo nacimiento. El hombre no puede cambiarse a sí mismo; la transformación debe proceder del cielo, de arriba.
El Señor Jesucristo no intentó explicar cómo se producía el nuevo nacimiento, pero sí explicó el porqué del asunto. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” La carne y el espíritu pertenecen a diferentes esferas, y la una no puede producir el otro; la naturaleza humana puede generar naturaleza humana, pero sólo el Espíritu Santo puede generar naturaleza espiritual. La naturaleza humana sólo puede producir naturaleza humana, y ninguna criatura puede elevarse más allá de su propia naturaleza. La vida espiritual no desciende del padre al hijo mediante la generación natural; desciende de Dios al hombre por medio de la generación espiritual.
La naturaleza humana no puede elevarse por encima de sí misma. El doctor Marcus Dods escribe lo siguiente:

Toda criatura tiene cierta naturaleza de acuerdo con su clase y está determinada por su parentesco. Esta naturaleza que el animal recibe de sus padres, determina desde el principio las capacidades o posibilidades y la esfera de la vida animal. El topo no puede hender el aire y elevarse hacia el sol como el águila; ni tampoco puede el aguilucho hacer una cueva como el topo. Ninguna preparación podría hacer de la tortuga un animal tan veloz como el antílope, o al antílope tan fuerte como el león … Ningún animal puede actuar más allá de la esfera de su naturaleza.

El mismo principio se puede aplicar con respecto al hombre. El destino más elevado del hombre es vivir con Dios para siempre. Pero la naturaleza humana, en su condición presente, no posee la capacidad para vivir en un reino celestial. Por lo tanto, la vida celestial debe proceder de arriba, del cielo, a fin de transformar la naturaleza del hombre y hacerla apta para vivir en ese reino.


 Los medios de la regeneración

  Agencia divina

El Espíritu Santo es el agente especial en la regeneración, que actúa sobre la persona como para producir un cambio (Juan 3:6; Tito 3:5). Sin embargo, cada una de las personas de la Trinidad está implicada o comprendida en cada una de las operaciones divinas, aunque cada una de las personas tiene ciertos cargos que son suyos en sentido especial. De manera entonces que el Padre es preeminentemente el Creador; sin embargo, tanto el Hijo como el Espíritu son también mencionados como agentes. El Padre procrea (Santiago 1:18) y a través del evangelio, según Juan, el Hijo se presenta como el Dador de la vida. Lea los capítulos 5 y 6.
Nótese especialmente la relación de Cristo con respecto a la regeneración del hombre. El es el Dador de vida. ¿Y de que manera proporciona vida al hombre? Al morir por ellos, de manera que el mortal, al comer la carne de Cristo y beber su sangre (que significa figurativamente creer en su muerte expiatoria) pueda tener vida eterna. ¿De qué manera le imparte en realidad vida al hombre? Parte de su recompensa era la prerrogativa de impartir el Espíritu Santo (compare Juan 3:3, 13; Gálatas 3:13, 14), y ascendió con el objeto de convertirse en la Fuente de vida espiritual (Juan 6:62) y energía (Hechos 2:33). El Padre tiene vida en sí mismo (Juan 5:26); de manera que da a su Hijo para tener vida en sí mismo; el Padre es la fuente del Espíritu Santo, pero da al Hijo el poder para impartir el Espíritu Santo. De manera que el Hijo es “Espíritu vivificante” (1 Corintios 15:45), que tiene poder no sólo para resucitar a los físicamente muertos (Juan 5:25, 26) sino también para vivificar las almas muertas de los hombres. (Cf. Génesis 2:7; Juan 20:22, y 1 Corintios 15:45.)


  La preparación humana

Hablando en el sentido estricto del vocablo, el hombre no puede cooperar en el acto de regeneración, el cual es un acto soberano de Dios; pero tiene parte en la preparación para el nuevo nacimiento. ¿Cuál es esa preparación? El arrepentimiento y la fe.


  Los efectos de la regeneración

Los podemos agrupar bajo tres encabezamientos: relativos a posición (adopción); espirituales (unión con Dios); prácticos (vida justa).


  Relativos a posición

Cuando una persona ha experimentado el cambio espiritual conocido como regeneración, se convierte en hijo de Dios y es beneficiario de todos los privilegios derivados de esa dignidad de hijos. El doctor William Evans escribe lo siguiente: “En la adopción el creyente, hijo ya, recibe un lugar en calidad de hijo adulto; de manera entonces que el niño se convierte en hijo, el menor se convierte en adulto” (Gálatas 4:1–7). El término “adopción”, significa literalmente, “el otorgar la posición de hijos”, y se refiere en el lenguaje común el traer el hombre a su casa a niños que no descienden de él.
En el aspecto doctrinal, la adopción y la regeneración deben distinguirse: la primera es un término legal que indica el conferir o comunicar el privilegio correspondiente a la dignidad de hijo a uno que no es miembro de la familia; la segunda denota un cambio espiritual interno que hace a uno hijo de Dios, y participante de la naturaleza divina. Sin embargo, es difícil separar los dos en consideración a la experiencia, puesto que la regeneración y la adopción representan la doble experiencia de la dignidad de hijo.
En el Nuevo Testamento esta dignidad común de hijo es definida por el término “hijos” (uioi) vocablo que forma la raíz de la palabra “adopción”, y a veces por la palabra “hijos” (tekna) que significa literalmente “engendrados”, y la cual implica regeneración. Las dos ideas se distinguen entre sí, y no obstante se combinan en los versículos siguientes: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad (indicando adopción) de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre … sino de Dios” (Juan 1:12, 13). “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados (indica adopción) hijos de Dios (vocablo empleado para referirse a los que nacen de Dios)” (1 Juan 3:1). En Romanos 8:15, 16 los dos conceptos se combinan o armonizan: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.”


  Espirituales

En virtud de su verdadera naturaleza, la regeneración implica unión espiritual con Dios y con Cristo, por medio del Espíritu Santo; y esta unión espiritual encierra habitación divina. 2 Corintias 6:16–18; Gálatas 4:5, 6; 1 Juan 3:24; 4:13; Gálatas 2:20. Esta unión resulta en un nuevo tipo de vida y carácter, descrito de varias maneras: novedad de vida (Romanos 6:4); un nuevo corazón (Ezequiel 36:26); un nuevo espíritu (Ezequiel 11:19); un nuevo hombre (Efesios 4:24); participantes de la naturaleza divina. 2 Pedro 1:4. El deber del creyente es mantener su contacto con Dios por varios medios de gracia y preservar y alimentar su vida espiritual.


  Prácticos

La persona nacida de Dios demostrará ese hecho por su odio al pecado (1 Juan 3:9; 5:18) por sus obras justas (1 Juan 2:29), amor fraternal (1 Juan 4:7) y la victoria sobre el mundo (1 Juan 5:4).
Debe evitarse dos extremos: hacer el nivel demasiado bajo de manera que la regeneración se convierta en asunto de reforma natural; o elevar el nivel demasiado alto, sin tolerancia o consideración alguna para las debilidades de los creyentes. Los nuevos convertidos, cuando aprenden a caminar en Cristo, pueden tropezar, a igual que un bebé que aprende a caminar; creyentes de más edad quizá sean tomados en falta Juan declara que es completamente inconsecuente que uno nacido de Dios y que lleva la naturaleza divina viva habitualmente en el pecado (1 Juan 3:9); sin embargo, tiene cuidado de escribir: “Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Juan 2:1).


  SANTIFICACION

  La naturaleza de la santificación

En un estudio previo afirmamos que la clave del significado de la doctrina del Nuevo Testamento con respecto a la expiación, se encontraba en el sacrificio ritual del Antiguo Testamento; de igual manera, alcanzaremos el significado de la doctrina de santificación del Nuevo Testamento mediante un estudio del uso en el Antiguo Testamento del vocablo “santo”.
Al comienzo obsérvese que “santificación”, “santidad”, “consagración”, son sinónimos; lo son también “santificado” y “santo”; santificar es lo mismo que hacer santo o consagrar. El vocablo “santo” proporciona las ideas siguientes:


  Separación

“Santo” es un vocablo descriptivo de la naturaleza divina. Su significado original es el de “separación”; por lo tanto, la santidad representa aquello en Dios que lo hace separado de todo lo terreno y humano, es decir, su absoluta perfección moral y majestad divina.
Cuando el Santo desea emplear a una persona u objeto en su servicio, lo separa para el uso común, y en virtud de su separación, la persona u objeto se convierte en “santo”.


 Dedicación

La santificación incluye tanto una separación de algo, como una dedicación a algo. Es la condición de creyentes según son separados del pecado y del mundo, hechos participantes de la naturaleza divina, y consagrados a la comunión y servicio de Dios por medio del Mediador.
La palabra “santo” se emplea principalmente con relación a la adoración. Cuando se la aplica a los hombres o a las cosas, expresa el pensamiento de que son empleados a su servicio y dedicados a él, en sentido especial su propiedad. Israel es una nación santa, porque fue dedicada al servicio de Jehová. Los levitas son santos porque estaban especialmente dedicados a los servicios del tabernáculo; los sábados y días de fiesta son santos porque representan la dedicación o consagración del tiempo a Dios.


  Purificación

Mientras que el significado primario de santo es el de separación para el servicio, la idea de purificación está implicada o encerrada también. El carácter de Jehová ejercía influencia en todo aquello que se le dedicaba a El. De ahí que el hombre dedicado al Señor debía compartir su naturaleza. Las cosas dedicadas a El debían de ser limpias. La limpieza es una condición de santidad, pero no la santidad misma, que es en primer lugar separación y dedicación.
Cuando Jehová elige y separa a una persona u objeto para su servicio, hace algo o hace que se haga, lo cual santifica o hace santo a la persona u objeto. Los objetos inanimados eran consagrados al ser ungidos con aceite. Exodo 40:9–11. La nación israelita fue santificada mediante la sangre del sacrificio del pacto (Exodo 24:8). (Cf. Hebreos 10:29.) Los sacerdotes eran santificados por Moisés, representante de Jehová, que los lavaba con agua, y los ungía con aceite y los rociaba con la sangre de la consagración. Lea Levítico, capítulo 8.
De la misma manera que los sacrificios del Antiguo Testamento simbolizaban o prefiguraban el sacrificio de Cristo, así también los varios lavacros y unciones del sistema mosaico simbolizaban la verdadera santificación hecha posible por la obra de Cristo. De manera entonces que como Israel fue santificado por la sangre del pacto, así también Jesús, “para santificar al pueblo por su propia sangre, padeció fuera de la puerta.” Hebreos 13:12.
Jehová santificó a los hijos de Aarón para el sacerdocio por medio de la mediación de Moisés, y por el agua, el aceite y la sangre. Dios el Padre (1 Tesalonicenses 5:23) santifica a los creyentes para el sacerdocio espiritual (1 Pedro 2:5) por la mediación del Hijo (1 Corintios 1:2; 1:30; Efesios 5:26; Hebreos 2:11), y por medio de la Palabra (Juan 17:17; 15:3), la sangre (Hebreos 10:29; 13:12) y el Espíritu (Romanos 15:16; 1 Corintios 6:11; 1 Pedro 1:2).


 Consagración

Consagración, en el sentido de vivir santa y justamente. ¿Qué diferencia hay entre justicia y santidad? La justicia representa la vida regenerada, según concuerda con la ley divina; los hijos de Dios viven píamente (1 Juan 3:6–10). La santidad es la vida regenerada y dedicada al servicio divino, según concuerda con la naturaleza divina, y esto reclama la remoción de cualquier inmundicia o suciedad que pudiera obstaculizar ese servicio. “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:15). De manera entonces que la santificación abarca la remoción de cualquiera mancha o contaminación que sea contraria a la santidad de la naturaleza divina.
Después de la consagración de Israel, la cuestión surgiría naturalmente: ¿De qué manera debe vivir un pueblo santo? Para responder a esta pregunta, Dios les dio un código de leyes santas que se encuentran en el libro de Levítico. De manera entonces que de la consagración de Israel siguió la obligación de vivir una vida santa. Lo mismo se puede decir del creyente. Aquéllos a quienes se les declara santificados (Hebreos 10:10) son exhortados a seguir la santidad (Hebreos 12:14); los que han sido limpiados (1 Corintios 6:11) son exhortados a limpiarse a sí mismos (2 Corintios 7:1).


  Servicio

El pacto es un estado de relación con Dios y el hombre en el cual el Señor es el Dios de los hombres, y éstos su pueblo, lo que significa su pueblo adorador. El vocablo “santo” expresa esta relación derivada del pacto. El servir a Dios en esta relación equivale a ser sacerdote; de ahí que se describa a Israel como nación santa y reino de sacerdotes (Exodo 19:6). Cualquier corrupción que afecte o empañe esas relaciones debe ser limpiada con el agua o la sangre de la purificación.
De igual manera los creyentes del Nuevo Testamento son “santos”, es decir, personas santas y consagradas. Mediante la sangre del pacto, se han convertido en “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, … sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:9, 5), ofrecen el sacrificio de alabanza (Hebreos 13:15) y se dedican a sí mismos, como sacrificios vivos, en el altar de Dios (Romanos 12:1).
Vemos así que el servicio espiritual es un elemento esencial de santificación o santidad, pues este es el único sentido en el cual el hombre puede pertenecer a Dios, es decir, como adorador de Dios rindiéndole servicio. El apóstol Pablo expresa perfectamente este aspecto de la santidad cuando habló de Dios “de quien soy y a quien sirvo” (Hechos 27:23). Santificación abarca posesión de parte de Dios, y servicio a Dios.


  El tiempo de la santificación

La santificación es: (1) Relativa a posición es “en Cristo” e instantánea. (2) Práctica y progresiva.


 Relativa a posición, “en Cristo” e instantánea

La siguiente es una declaración con respecto a la enseñanza referente a la “segunda obra precisa o definida” de gracia, formulada por una persona que enseñó esa doctrina durante muchos años:

La justificación es considerada una obra de gracia, por la cual los pecadores son hechos justos, y liberados de sus hábitos pecaminosos cuando acuden a Cristo. Pero en el meramente justificado queda un principio corrupto, un árbol malo, “una raíz de amargura”, que continuamente inclina al pecado. Si el creyente obedece este impulso y peca voluntariamente, deja de ser justificado; de ahí la conveniencia de que esa raíz sea extirpada, a fin de disminuir las probabilidades de una reincidencia. La extirpación de esta raíz pecaminosa se denomina santificación. Es por lo tanto la limpieza de la naturaleza de todo pecado innato por la sangre de Cristo (aplicada por medio de la fe cuando se ha realizado una consagración amplia), y el fuego refinador del Espíritu Santo que quema toda la hez, cuando todo se coloca sobre el altar del sacrificio. Esta, y sólo esta, es la verdadera santificación, una segunda obra de gracia, clara, precisa, definida, subsiguiente a la justificación, y sin la cual es muy probable que la justificación se pierda.

La definición procedente nos enseña que una persona puede ser salva o justificada sin ser santificada. Esta teoría, sin embargo, es contraria a lo que nos enseña el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo se dirigía a todos los creyentes denominándolos “santos (literalmente, “santificados”), y en calidad de ya santificados (1 Corintios 1:2; 6:11); sin embargo, la misma carta fue escrita para corregir a esos creyentes, debido a la carnalidad y hasta pecado manifiesto (1 Corintios 3:1; 5:1, 2, 7, 8). Eran “santos” y “santificados en Cristo”, pero algunos de ellos estaban lejos de serlo en su vida cotidiana. Habían sido llamados a ser santos, pero no caminaban dignos de la vocación a la cual habían sido llamados.
Según el Nuevo Testamento, hay un aspecto en el cual la santificación es simultánea con la justificación.


  Práctica y progresiva

Pero, ¿consiste la santificación sólo en dar o proporcionar la posición de santos? No, puesto que esa separación inicial es el comienzo de una vida progresiva de santificación.
Todos los creyentes están separados para Dios, en Jesucristo, y de esta separación nace la responsabilidad de vivir para Cristo. Esta separación debe seguirse diariamente, y el creyente debe procurar ser cada día más semejante a Cristo. “La santificación es la obra de la gracia gratuita de Dios, por la cual nuestro ser todo es renovado según la imagen de Dios, y capacitado más y más para morir al pecado, y vivir para la justicia.” Esto no significa que crecemos hasta alcanzar la santificación, sino que progresamos en la santificación.
La santificación es tanto absoluta como progresiva: absoluta en el sentido de que se trata de una obra hecha de una vez para siempre (Hebreos 10:14), y progresiva en el sentido de que el creyente debe seguir la santidad (Hebreos 12:14) y perfeccionar su consagración limpiándose de toda inmundici (2 Corintios 7:1).
La santificación está relacionada con la posición, y es práctica: se dice que está relacionada con la posición puesto que es primordialmente un cambio de posición por el cual el pecador corrompido es cambiado en un adorador santo; es práctica en el sentido que demanda una vida justa. La santificación en lo que a posición respecta es indicada por el hecho de que el apóstol Pablo se dirige a todos los corintios, denominándolos “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Corintios 1:2). La santificación progresiva es insinuada por el hecho de que algunos de ellos son descritos como cárnales (1 Corintios 3:3) lo cual significaba que su condición presente no se elevaba a la altura de su posición que les había sido dada por Dios; de ahí que sean exhortados a limpiarse de toda inmundicia, y perfeccionar su consagración. Los dos aspectos de santificación quedan denotados en virtud de que aquéllos a quienes se les escribe denominándoseles santificados y santos (1 Pedro 1:2; 2:5) son exhortados a ser santos (1 Pedro 1:15); los que están muertos al pecado (Colosenses 3:3) son exhortados a mortificar (hacer morir) sus miembros pecaminosos (Colosenses 3:5); se exhorta a los que se han despojado del viejo hombre (Colosenses 3:9) a que se vistan o revistan del nuevo (Efesios 4:22; Colosenses 3:8).


  Los medios divinos de la santificación

Los medios divinamente señalados por Dios para la santificación son la sangre de Cristo, el Espíritu Santo y la Palabra de Dios. El primero proporciona en primer lugar una santificación absoluta, y en lo que a posición respecta; es la obra consumada que proporciona al penitente una posición perfecta con relación a Dios. El segundo es interno, y afecta la transformación de la naturaleza del creyente. El tercero es externo y práctico, y se refiere a la conducta práctica del creyente. De manera entonces que Dios ha hecho provisión o tomado medidas tanto para la santificación externa como la interna.


  La sangre de Cristo

(Eterna, absoluta, “posicional”.) (Cf. Hebreos 13:12; 10:10; 10:14; 1 Juan 1:7.) ¿En qué sentido es una persona santificada por la sangre de Cristo? Como resultado de la obra consumada de Cristo, el penitente es cambiado de un pecador corrompido a un adorador santo. La santificación es el resultado de esa obra maravillosa realizada por el Hijo de Dios cuando se ofreció a sí mismo para quitar el pecado por medio de su sacrificio en el Calvario. En virtud de ese sacrificio el creyente ha sido para siempre apartado para Dios, su conciencia es limpiada, y él mismo es transformado de un pecador inmundo o impuro en un adorador santo, unido en permanente comunión con el Señor Jesucristo; “porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11).
El que haya también un aspecto progresivo o continuado de la santificación por la sangre es insinuado o indicado en 1 Juan 1:7, donde dice: “Y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.” Para que haya comunión entre un Dios santo y el hombre, debe haber necesariamente una provisión para remover el pecado que es una barrera para esa comunión, puesto que hasta el hombre mejor es imperfecto. Cuando el profeta Isaías recibió su visión de la santidad de Dios, fue conmovido por la conciencia de su propia impiedad o maldad, y no se encontraba en condición alguna de oír el mensaje de Dios, hasta que un carbón o brasa del altar hubo limpiado sus labios. La conciencia del pecado empaña la comunión con Dios; la confesión y la fe en el eterno sacrificio de Cristo quita la barrera (1 Juan 1:9).


  El Espíritu Santo

(Santificación interna.) (Cf. 1 Corintios 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:1, 2; Romanos 15:16.) En estos pasajes la santificación por medio del Espíritu Santo es considerada como el comienzo de la obra de Dios en el alma del hombre, llevándolo al conocimiento pleno de la justificación, mediante el rociamiento de la sangre de Cristo. Así como el Espíritu se movía sobre el caos primitivo (Génesis 1:2) y fue seguido de la Palabra o Verbo divino, que trajo el orden, así también el Espíritu de Dios cobija o fecunda el alma regenerada, preparándola para recibir la luz y la vida de Dios (2 Corintios 4:6).
El capítulo 10 de Hechos nos proporciona oportunidades concretas de santificación por el Espíritu Santo. Durante los primeros años de la iglesia, la evangelización de los gentiles fue demorada, puesto que muchos de los cristianos judíos consideraban “inmundos” a los gentiles, y no santificados o no consagrados porque no obedecían las leyes relativas a los alimentos y otros reglamentos mosaicos. Se requería una visión para convencer a Pedro que lo que el Señor había limpiado no debía de llamarse común o inmundo Esto significaba que Dios había hecho provisión o tomado medidas para la santificación de los gentiles, a fin de que fueran su pueblo. Y cuando el Espíritu de Dios cayó sobre los gentiles reunidos en la casa de Cornelio, no hubo duda alguna con respecto al asunto. Sin tener en cuenta si seguían o no las ordenanzas mosaicas, fueron santificados por el Espíritu Santo (Romanos 15:16), y Pedro desafió a los judíos que estaban con él, a que negaran, si se atrevían, el símbolo exterior de la limpieza interior de estos gentiles (Hechos 10:47; 15:8).


  La Palabra de Dios

(Santificación externa y práctica. (Cf. Juan 17:17; Efesios 5:26; Juan 15:3; Salmo 119:9.) Se dice de los creyentes que son “renacidos … por la palabra de Dios” (1 Pedro 1:23). La Palabra de Dios ilumina al hombre y le hace comprender la locura y maldad de su vida. Cuando obedece la Palabra, se arrepiente y cree en Cristo, es limpio por la palabra que oye. Este es el comienzo de la limpieza que debe continuar durante toda la vida del creyente. En el momento de su consagración, el sacerdote israelita recibía un baño sacerdotal completo que jamás se repetía; era una labor hecha de una vez por todas; pero se le requería que se lavara las manos y los pies diariamente. De igual manera la persona regenerada ha sido lavada (Tito 3:5); pero debe haber un proceso diario de limpieza de la contaminación e imperfecciones, a medida que son reveladas por la Palabra de Dios, la cual es el espejo del alma (Santiago 1:22–25). Debe lavarse las manos, es decir, sus acciones deben ser justas; debe lavarse los pies, en otras palabras, debe mantenerse libre de suciedad “que fácilmente puede adherirse a los pies calzados de sandalias de los peregrinos que transitan por los caminos del mundo”.


  Puntos de vista erróneos con respecto a la santificación

Muchos creyentes arriban a la conclusión de que el mayor obstáculo que se interpone para alcanzar la santidad es la “carne”, que frustra o desbarata el progreso hacia la perfección. ¿Cómo puede el hombre liberarse de las ataduras de la “carne”? Se han presentado tres puntos de vista erróneos, a saber:


  Erradicación

La erradicación, o el arrancar de raíz, por así decirlo, el pecado innato, constituye uno de los puntos de vista que se enseña. El señor Lewis Sperry Chafer escribe lo siguiente: “Si se realizara la erradicación de la naturaleza del pecado, no habría muerte física; puesto que la muerte física es el resultado de dicha naturaleza (Romanos 5:12–21). Los padres que han experimentado la erradicación engendrarían hijos que no heredan la naturaleza caída. Pero aun cuando se lograra la erradicación, existiría todavía el conflicto con el mundo, la carne (aparte de la naturaleza de pecado) y el diablo; puesto que la erradicación o arranque de raíz de éstos es claramente antibíblico y no figura en la teoría misma.”
La erradicación es asimismo contraria a la experiencia.


  Legalismo

Legalismo, o el cumplir reglas y reglamentos.
El apóstol Pablo nos enseña que la ley no puede santificar (Romanos 6) como tampoco justificar (Romanos 3). La verdad es presentada y desarrollada en la carta a los gálatas. De ninguna manera el apóstol desprecia o desestima la ley. La defiende frente a una concepción equivocada de su propósito. Si un hombre debe salvarse del pecado, se salvará mediante un poder que reside fuera del hombre mismo. Empleemos la ilustración de un termómetro. El tubo de cristal y el mercurio representan a la persona; los grados, la ley. Ahora bien, imaginémonos que el termómetro comienza a hablar consigo mismo: “No he subido hoy hasta la altura que debo. Procuraré subir hasta los 35 grados.” ¿Puede el termómetro alcanzar la temperatura que se propone? No, puesto que debe depender de las condiciones que le rodean, de las condiciones fuera de sí mismo. De igual manera, el hombre que percibe que no ha alcanzado el nivel divino no puede elevarse por sí mismo hasta llegar a ese nivel; debe recibir una energía que está fuera de sí mismo, y esa energía es el poder del Espíritu Santo.


  Ascetismo

Ascetismo, o el intentar dominar la carne y alcanzar la santidad mediante sufrimientos y privaciones infligidos a uno mismo, método seguido por católicos romanos e hindúes.
Este método parece basarse u originarse en una creencia pagana antigua, según la cual toda la materia, incluso el cuerpo, es mala. El cuerpo es por lo tanto una traba para el espíritu, y cuanto más se le castiga y domina, tanto más rápidamente será liberado el espíritu. Esa teoría es contraria a las Sagradas Escrituras, las cuales nos enseñan que Dios creó todo muy bueno. Es el alma y no el cuerpo el que peca; por lo tanto los impulsos pecaminosos, y no la carne, son los que deben reprimirse. El ascetismo es la tentativa de subyugar la carne mediante el esfuerzo propio. Pero el yo del hombre no puede vencerse o dominarse a sí mismo. Eso es obra del Espíritu Santo.


 El método verdadero de la santificación

El método bíblico de tratar con la carne debe fundamentarse claramente en la provisión objetiva para la salvación, la sangre de Cristo, y la provisión subjetiva, el Espíritu Santo. La liberación del poder de la carne debe producirse entonces por la fe en la expiación y por la obediencia a los impulsos del Espíritu. Con respecto a lo primero, se habla en el capítulo 6 del libro a los Romanos, y con referencia a lo segundo, en la primera sección del capítulo ocho del mencionado libro.


  Fe en la expiación

Imaginémonos que había judíos presentes (como con frecuencia era el caso) mientras que Pablo exponía o presentaba la doctrina de la purificación por la fe. Nos imaginamos que decían en tono de protesta: “¡Esta es una herejía de las más peligrosas! El decirle a la gente que sólo necesita creer en Jesucristo, y que no puede hacer nada con respecto a la salvación puesto que es por la gracia de Dios, dará como resultado que se conviertan en personas descuidadas con respecto a la conducta. Pensarán que lo que hacen poco importa, mientras crean. La doctrina de ustedes con respecto a la fe promueve al pecado. Si la justificación es sólo por gracia, sin obras, ¿por qué apartarse del pecado? ¿Por qué no continuar en el pecado para alcanzar más gracia?” Pablo fue acusado por sus enemigos de predicar esta doctrina (Romanos 3:8; 6:1). Con indignación el apóstol rechaza semejante tergiversación. “En ninguna manera. Porque los que somos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” La continuación en el pecado es imposible para una persona realmente justificada, debido a su unión con Cristo en la muerte y en la vida. (Cf. Mateo 6:24.) En virtud de su fe en Cristo, el hombre salvado ha disfrutado de una experiencia que abarca una separación tan definida del pecado, que se la describe como muerte al pecado, y una transformación tan radical que se la califica de resurrección. La experiencia o acontecimiento que aludimos es simbolizado por el bautismo en agua. La inmersión del convertido es un testimonio de que en virtud de su unión con el Cristo crucificado, ha muerto para el pecado; el levantarse del agua es un testimonio de que su contacto con el Cristo resucitado significa que así “como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, también nosotros andemos en novedad de vida.” Cristo murió por el pecado, a fin de que nosotros muramos al pecado, o con respecto a él.
“Porque el que es muerto, justificado es del pecado.” La muerte cancela todas las obligaciones y rompe todos los vínculos. Por medio de la unión con Cristo, el creyente ha muerto para la antigua vida, y las cadenas del pecado han sido rotas. Así como la muerte libera al esclavo de su esclavitud, también la muerte del cristiano, en lo que a su antigua vida respecta, lo libera de la esclavitud del pecado. Continuando la ilustración, diremos lo siguiente: La ley no tiene jurisdicción sobre un hombre muerto. Sin tener en cuenta el crimen que haya cometido, una vez muerto está fuera del alcance de la justicia humana. De igual manera, la ley de Moisés, violada con frecuencia por el convertido, no puede “arrestarlo”, puesto que el creyente, en virtud de su comunión con Cristo, de su vida con El, está en realidad “muerto” (Romanos 7:1–4; 2 Corintios 5:14).
“Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todos; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” Al morir, Cristo puso fin a ese estado terreno en el cual el Señor tenía contacto con el pecado, y su vida es ahora una comunión ininterrumpida con Dios. Los creyentes, aunque están aún en el mundo, pueden compartir la vida de Cristo, puesto que están unidos a El. ¿De qué manera? “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.” ¿Qué significa todo esto? Dios ha dicho que por medio de nuestra fe en Cristo estamos muertos al pecado y vivos a la justicia. Queda una cosa por hacerse, y es creer a Dios y reconocer o llegar a la conclusión de que estamos muertos al pecado. Dios dijo que cuando Cristo murió, nosotros morimos al pecado; cuando Cristo resucitó, nosotros resucitamos para vivir una nueva vida. Debemos continuar considerando estas verdades como absolutamente ciertas, y luego, al considerarlas así, se convertirán en algo poderoso en nuestra vida, puesto que nos transformamos en lo que nos consideramos ser. Se ha señalado una distinción de importancia, es decir, la que hay entre las promesas y los hechos de la Biblia. Jesús dijo lo siguiente: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis y os será hecho.” Esa es una promesa, porque reside en el futuro; es algo que ha de hacerse. Pero cuando el apóstol Pablo afirma: “Cristo fue muerto por nuestros pecados conforme a las Escrituras”, expresa un hecho, algo que ha sido hecho. Compare la declaración de Pedro, que dice: “Por cuya herida fuisteis vosotros sanados.” Y cuando el apóstol Pablo declara que “nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente”, expresa un hecho, algo que se ha hecho. La pregunta que aún queda en pie es la siguiente: ¿Estamos dispuestos a creer lo que Dios declara que son hechos con respecto a nosotros? Recordemos que la fe es la mano que acepta lo que Dios ofrece libremente.
¿No será acaso que el despertar de uno a la conciencia de su posición en Cristo constituye lo que algunas personas han descrito como la “segunda obra definida de gracia”?


 Obediencia al Espíritu

En Romanos, capítulos 7 y 8, se continúa desarrollando el tema de la justificación. Trata de la liberación del creyente del poder del pecado y de su crecimiento en santidad.
En el capítulo 6 vemos que la victoria sobre el poder del pecado fue obtenida por la fe. El capítulo 8 presenta otro aliado en la batalla contra el pecado: el Espíritu Santo
En calidad de fondo para el capítulo 8, estudie el pensamiento que subraya el contenido del capítulo 7, que presenta el cuadro de un hombre que se vuelve a la ley para santificación. Pablo demuestra aquí que la ley es impotente para salvar y santificar, no porque la ley no sea buena, sino por esa predisposición pecaminosa de la naturaleza del hombre conocida con el nombre de “carne.” Señala que la ley revela el hecho o realidad del pecado (v. 7), la ocasión (v. 8), el poder (v. 9), el engaño (v. 11), el efecto (vv. 10, 11) y la pecaminosidad del mismo (v.13).
Pablo, que parece estar describiendo su propia experiencia pasada, nos dice que la misma ley, que deseaba ardientemente observar o cumplir, agitaba impulsos pecaminosos dentro de él. El resultado era una “guerra civil”, en el alma. Se siente impedido de hacer lo bueno que quiere, e impedido a hacer lo malo que odia. “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.”
La última parte del capítulo 7 presenta evidentemente el cuadro de un hombre bajo la ley que ha descubierto la profunda espiritualidad de esa ley, pero que al procurar cumplirla descubre que es obstaculizado por el pecado que hay, o que habita en él. ¿Por qué describe el apóstol Pablo este conflicto? Para demostrar que la ley es tan impotente para santificar como lo es para justificar.
“¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Compare 6:6.) Y el apóstol Pablo, que ha estado describiendo experiencias bajo la ley, testifica gozosamente con respecto a su experiencia bajo la gracia: “Gracias doy a Dios (que viene la liberación) por Jesucristo Señor nuestro.” Con este grito de triunfo, comenzamos el capítulo 8, el cual es maravilloso, y que tiene como tema dominante el liberarse de la naturaleza pecaminosa, por el poder del Espíritu Santo.
Hay tres muertes en las cuales el creyente debe tomar parte: (1) La muerte en el pecado, nuestra condenación (Efesios 2:1; Colosenses 2:13). El pecado ha llevado al alma a esa condición cuya penalidad es la muerte espiritual o separación de Dios. (2) La muerte por el pecado, nuestra justificación. Cristo sufrió sobre la cruz la sentencia de una ley violada, y sufrió esa sentencia por nosotros, y nosotros por lo tanto somos considerados como personas que han sufrido la muerte en El. Lo que hizo para nosotros es considerado como hecho por nosotros (2 Corintios 5:14. Gálatas 2:20). Se nos considera legal o judicialmente libres de la pena de la ley violada, si mediante la fe personal consentimos en la transacción. (3) Muerte al pecado, nuestra santificación (Romanos 6:11). Lo que es verdadero para nosotros, debe hacerse una realidad en nosotros; lo que es judicial o legal, debe hacerse práctico; la muerte en lo que respecta a la penalidad del pecado debe ser seguida por la muerte en lo referente al poder del pecado. Y esta es la obra del Espíritu Santo (Romanos 8:13). Así como la savia que asciende en el árbol hace desprender las hojas secas que han resistido la helada y las tormentas, así también el Espíritu Santo que habita en el hombre desaloja las imperfecciones y los hábitos de la antigua vida.


  Completa santificación

Esta verdad se discute con frecuencia bajo el tema de “perfección cristiana.”


  Su significado

Hay dos clases de perfección: la absoluta y la relativa. Es absolutamente perfecto aquello que no se puede perfeccionar o mejorar; esta perfección es sólo de Dios. Es relativamente perfecto aquello que cumple el fin para lo cual ha sido designado; esta perfección le es posible al hombre.
El vocablo perfección en el Antiguo Testamento tiene el significado de “justo y recto” (Génesis 6:9; Job 1:1). Al evitar los pecados de las naciones limítrofes, Israel podría ser perfecto (Deuteronomio 18:13). La esencia de la perfección en el Antiguo Testamento es el sincero deseo y determinación de hacer la voluntad de Dios. A pesar de todos los pecados que empañan su historia personal, David puede ser considerado un hombre perfecto, o un hombre “según el corazón de Dios”, puesto que el propósito supremo en su vida era obedecer la voluntad de Dios.
El vocablo “perfecto” y sus derivados tienen una variedad de aplicaciones en el Nuevo Testamento, y por lo tanto debe ser interpretado de acuerdo con el sentido en los cuales los términos son empleados. Se usan varias palabras griegas para dar la idea de la perfección: (1) Una de las palabras significa ser completo en el sentido de ser apto o apropiado para cumplir cierta tarea o alcanzar determinado fin (2 Timoteo 3:17). (2) Otro de los vocablos denota cierto fin obtenido mediante el crecimiento o desarrollo mental y moral (Mateo 5:48; 19:21; Colosenses 1:28; 4:12; Hebreos 11:40). (3) El vocablo empleado en 2 Corintios 13:9; Efesios 4:12 y Hebreos 13:21 significa bagaje o equipo completo. (4) La palabra empleada en 2 Corintios 7:1 significa terminar. (5) El vocablo empleado en Apocalipsis 3:2 significa llenar, cumplir, o atestar o henchir (como en el caso de una red de pescar) y rellenar o nivelar (una depresión o sitio hueco).
La palabra describe los aspectos siguientes de la vida cristiana: (1) La perfección en Cristo, en lo que a posición respecta (Hebreos 10:14) el resultado de la obra de Cristo para nosotros. (2) Madurez espiritual y entendimiento, en contraposición con niñez espiritual. (Cf. 1 Corintios 2:6; 14:20; 2 Corintios 13:11; Filipenses 3:15; 2 Timoteo 3:17.) (3) Perfección progresiva (Gálatas 3:3). (4) Perfección en ciertos aspectos: la voluntad de Dios, el amor hacia el hombre, y servicio (Colosenses 4:12; Mateo 5:48; Hebreos 13:21). (5) La perfección final de la persona en el cielo (Colosenses 1:28, 22; Filipenses 3:12; 1 Pedro 5:10). (6) La perfección final de la iglesia, o el cuerpo social o corporativo de creyentes (Efesios 4:13; Juan 17:23, 24).


  Sus posibilidades

El Nuevo Testamento presenta dos aspectos generales de la perfección: (1) Perfección como don de la gracia, la cual perfección constituye la posición perfecta o categoría que se le da al penitente por haber creído en Cristo. Se le considera perfecto puesto que tiene un Salvador perfecto y una justicia perfecta. (2) La perfección es en realidad creada o producida en el corazón del creyente. Uno puede recalcar con exceso el primer aspecto, hasta descuidar el cristianismo práctico. Persona semejante fue aquella que, después de una conferencia sobre la vida victoriosa, le dijo al orador: “Tengo todo eso en Cristo.” “¿Pero lo tiene en este momento, en esta ciudad?” fue la tranquila respuesta de su interlocutor. Por otro lado, al recalcar con exceso el segundo aspecto, algunos han negado prácticamente cualquier perfección aparte de la que pueden hallar en su propia experiencia.
Juan Wesley parece haber caminado o tomado la senda intermedia, entre los dos extremos. Reconoció que una persona era santificada en la conversión, pero afirmó asimismo la necesidad de santificación completa como otra obra de la gracia. Lo que parecía hacer necesaria esta experiencia era el poder del pecado que causaba la derrota del creyente. La bendición llega como resultado de una búsqueda fiel; el amor puro llena el corazón y gobierna toda obra y acción, con el resultado de que el poder del pecado es quebrantado. La perfección en el amor no era considerada perfección impecable, ni tampoco eximía al creyente de vigilancia constante y cuidado. Juan Wesley escribió lo siguiente: “Creo que una persona llena del amor de Dios está aún sujeta a transgresiones involuntarias. Usted puede llamar pecado a dichas transgresiones, yo no.” Con respecto al momento de la santificación completa, Wesley escribió lo siguiente:

¿Es gradual o instantánea esta muerte al pecado, y la renovación en amor? Un hombre puede estar muriéndose por cierto tiempo; sin embargo, en el sentido estricto del vocablo, no muere hasta el instante que su alma se ha separado del cuerpo; y en ese instante comienza a vivir la vida de la eternidad. De igual manera, quizá se esté muriendo al pecado por algún tiempo; sin embargo, no ha muerto al pecado hasta que éste no se haya separado de su alma; y en ese instante vive la vida plena del amor. Y así como el cambio sufrido, cuando muere el cuerpo, es de una clase diferente, e infinitamente mayor del que conocimos antes, más aún, un cambio que hasta entonces no hubiéramos podido concebir siquiera; así también el cambio provocado cuando el alma muere al pecado es de una clase diferente, e infinitamente mayor que cualquier otro experimentado con anterioridad, y mayor también que cualquiera que uno pueda concebir, hasta el momento que lo experimenta. Sin embargo, todavía crece el hombre en la gracia, en el conocimiento de Cristo, en el amor y la imagen de Dios; y lo hará así, no sólo hasta la muerte, sino por toda la eternidad. ¿De qué manera debemos esperar ese cambio? No con descuido o indiferencia, ni tampoco de manera indolente; sino mediante una obediencia vigorosa, universal, cumpliendo fervorosamente los mandamientos, con vigilancia y sumo esmero, negándonos a nosotros mismos y tomando nuestra cruz; como así también mediante la oración diligente y el ayuno, y prestando suma atención a las ordenanzas de Dios. Y si cualquier hombre sueña con obtenerlo de cualquier otra manera (de guardarlo cuando se ha obtenido, cuando lo ha recibido aun en medida abundante) engaña a su propia alma.

Juan Calvino, que recalcó la perfección del creyente en virtud de la obra consumada de Cristo, y que no alimentaba en su corazón menos fervor por la santidad que Wesley, escribe lo siguiente con respecto de la perfección cristiana:

Cuando Dios reconcilia al hombre a sí, por medio de la justicia de Cristo, y nos considera justos por la remisión gratuita de nuestros pecados, también habita en nuestro corazón por su Espíritu, y nos santifica por su poder, mortificando las concupiscencias de nuestra carne, y modelando nuestro corazón en obediencia a su Palabra. Se convierte así en nuestro primer deseo de obedecer su voluntad, y promover su gloria. Pero aún después de esto, queda todavía en nosotros suficiente imperfección como para inducirnos a reprimir el orgullo, y compelernos a la humildad (Eclesiastés 7:20; 1 Reyes 8:46).

Se enseñan en las Sagradas Escrituras ambos puntos de vista: la perfección como don de Cristo y la perfección como obra real efectuada en nuestro corazón. Lo que Cristo ha hecho para nosotros, debe ser convertido en realidad en nosotros. El Nuevo Testamento mantiene un alto nivel de santidad práctica, y afirma la posibilidad de liberación del poder del pecado. Es por lo tanto el deber del creyente procurar con ahínco la perfección (Filipenses 3:12; Hebreos 6:1).
En este aspecto, debe reconocerse que el progreso en la santificación abarca o incluye con frecuencia un acontecimiento experimental crítico casi tan definido como la conversión. Por un medio u otro el creyente recibe una revelación de la santidad de Dios, y la posibilidad de caminar en una comunión más íntima con El, todo lo cual es seguido de la conciencia de estar personalmente contaminado. (Cf. Isaías 6.) Ha llegado a una encrucijada de la experiencia cristiana, donde debe resolver si retrocederá, o avanzará acompañado de Dios. Con la confesión de sus fracasos pasados, se consagra de nuevo, y como resultado de ello recibe nueva paz, gozo y la sensación de victoria, y también el testimonio o convicción de que Dios ha aceptado su consagración. Algunos han denominado este acontecimiento la segunda obra de gracia.
Habrá todavía la tentación externa e interna, de ahí la necesidad de vigilar siempre (Gálatas 6:1; 1 Corintios 10:12): la carne es frágil y el cristiano tiene libertad de ceder, puesto que pasa por un estado de prueba (Gálatas 5:17; Romanos 7:18; Filipenses 3:3); su conocimiento es parcial y defectuoso o imperfecto, y por lo tanto, puede estar sujeto a pecados de la ignorancia. No obstante, puede continuar con las seguridades siguientes: que puede resistir y vencer toda tentación reconocida (Santiago 4:7; 1 Corintios 10:13; Romanos 6:14; Efesios 6:13, 14); puede glorificar siempre a Dios y estar lleno de los frutos de justicia (1 Corintios 10:31; Colosenses 1:10); puede poseer las gracias y el poder del Espíritu y caminar en comunión no interrumpida con Dios (Gálatas 5:22, 23; Efesios 5:18; Colosenses 1:10, 11; 1 Juan 1:7); puede disponer siempre de la limpieza constante de la sangre, y por ende ser intachable ante Dios (1 Juan 1:7; Filipenses 2:15; 1 Tesalonicenses 5:23).


  LA SEGURIDAD DE LA SALVACION

Hemos estudiado los requisitos para la salvación y considerado la naturaleza de ella. En esta sección nos ocuparemos del asunto siguiente: ¿Es incondicional la salvación final del creyente, o puede el creyente perderla debido al pecado?
La experiencia confirma la posibilidad de una caída transitoria de la gracia, conocida popularmente con el nombre de reincidencia. La reincidencia o recaída en el pecado no se encuentra en el Nuevo Testamento; es un vocablo del Antiguo Testamento. Una de las palabras hebreas empleadas es “retroceder”, “volver atrás”, “apartarse”; otro vocablo significa “volverse” o “ser refractario”, lo cual expresa negarse a cumplir una promesa o deber. Se compara a Israel con una novilla reincidente que se niega a ser conducida, y se vuelve rebelde bajo el yugo. Israel se ha apartado de Jehová y se ha negado obstinadamente a sujetarse al yugo de los mandamientos del Señor.
El Nuevo Testamento advierte con respecto a actitud semejante, pero con otros vocablos. Un reincidente es aquél que antes tenía fervor hacia Dios, pero que ahora se ha enfriado (Mateo 24:12); antes obedecía la Palabra, pero la mundanalidad y el pecado impidieron el crecimiento y la producción de frutos (Mateo 13:22); antes puso su mano al arado, pero miró hacia atrás (Lucas 9:62); a igual que la esposa de Lot había sido liberado de la ciudad de Destrucción, pero su corazón ha retornado allí (Lucas 17:32); guardó antes comunión íntima con el Señor, pero ahora ha perdido contacto con El, y espiritualmente está marchito, es estéril e infecundo y de nada sirve (Juan 15:6); antes escuchó la voz de la conciencia, pero ahora ha arrojado de sí la brújula que podía marcarle el derrotero, y como resultado de ello, la nave de la fe ha naufragado en los acantilados de la mundanalidad y el pecado (1 Timoteo 1:19); en el pasado se sentía feliz de llamarse creyente, pero ahora siente vergüenza de confesar a su Señor (2 Timoteo 1:8; 2:12); antes estaba libre de la contaminación del mundo, pero ha retornado como “la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:22; compare Lucas 11:21–26).
Es posible el lapso de la gracia; pero ¿puede una persona que ha sido salva reincidir y finalmente perderse? Los que siguen el sistema calvinista de doctrina responden negativamente; los que siguen el sistema de Arminio, teólogo holandés del siglo dieciséis, lo hacen afirmativamente.


  Calvinismo

La doctrina de Juan Calvino, teólogo francés del siglo xvi, no tuvo su origen en él. Había sido enseñada por San Agustín, santo y teólogo del siglo iv. Ni tampoco fue la doctrina nueva para San Agustín, que afirmaba sólo interpretar la doctrina de la gracia gratuita de San Pablo.
La doctrina calvinista es como sigue: La salvación es obra absoluta de Dios; el hombre no tiene absolutamente nada que hacer. Si se arrepiente, cree y acude a Cristo, es únicamente porque ha sido atraído por el poder del Espíritu Santo. Ello se debe al hecho de que la voluntad del hombre se ha corrompido de tal manera desde la caída, que el ser humano no puede ni aún arrepentirse y creer, o escoger lo recto sin la ayuda de Dios. Este era el punto inicial de Calvino: que la voluntad del hombre es esclava total del pecado. La salvación, por lo tanto, no es otra cosa que la ejecución de un decreto divino que fija la extensión de ella y sus condiciones.
La cuestión surge naturalmente: Si la salvación es absolutamente la obra de Dios, si el hombre no tiene nada que hacer al respecto, no puede hacer nada tampoco a menos que el Espíritu de Dios intervenga, ¿por qué Dios no salva a todos los hombres, puesto que todos están perdidos y son impotentes de salvarse? La respuesta de Calvino era la siguiente: Dios ha predestinado a algunos para ser salvos, y a otros para que se pierdan. “La predestinación es el decreto eterno de Dios, por el cual ha decidido la suerte que correrá cada uno. Todos no son creados en igual condición; sino que Dios ha preordenado para algunos la vida eterna, y para otros, la condenación eterna.” Al proceder de esa manera, Dios no es injusto puesto que no ha contraído obligación alguna de salvar a nadie. El hombre sigue siendo responsable, puesto que la caída de Adán fue culpa de sí mismo, y el hombre es siempre responsable de sus propios pecados.
Si Dios ha predestinado a ciertas personas para que se salven, entonces Cristo murió sólo por los “elegidos”; la expiación fracasaría si alguno de esos elegidos se perdiera.
De la doctrina de la predestinación se desprende la enseñanza de que “el hombre no puede caer jamás de la gracia”, puesto que si Dios ha predestinado a una persona para ser salva, y esa persona puede ser sólo salvada y guardada por la gracia de Dios, la cual es irresistible, luego esa persona nunca puede perderse.
Los que defienden la doctrina de la “seguridad eterna”, presentan los versículos siguientes para apoyar su posición: Juan 10:28, 29; Romanos 11:29; Filipenses 1:6; 1 Pedro 1:5; Romanos 8:35; Juan 17:6.


  Arminianismo

La doctrina de Arminio es la siguiente: Dios desea que todos los hombres se salven puesto que Cristo murió por todos (1 Timoteo 2:4–6; Hebreos 2:9; 2 Corintios 5:14; Tito 2:11, 12). Con ese fin, ofrece su gracia a todos. Mientras que la salvación es la obra de Dios, absolutamente libre, e independiente de nuestras buenas obras o méritos, el hombre sin embargo tiene ciertas condiciones que cumplir. Puede escoger aceptar la gracia de Dios o puede resistirla o rechazarla. La facultad de elegir está siempre a nuestro alcance.
Las Sagradas Escrituras enseñan la predestinación; pero no que Dios predestina a alguno a la vida eterna y a otros al sufrimiento eterno. Predestina “al que quiere” a la salvación, y ese plan es lo suficientemente amplio como para incluir a todo aquél que realmente desea salvarse. Esta verdad ha sido explicada como sigue: Fuera de la puerta de la salvación, leemos las palabras siguientes: “El que quiere puede entrar”; cuando entramos y somos salvos, leemos las palabras siguientes: “Elegido según la presciencia de Dios.” Dios, en virtud de sus conocimientos, supo quiénes eran aquellas personas que aceptarían el evangelio y se mantendrían salvas, y predestinó a los tales a la herencia celestial. Previó su destino pero no lo fijó.
Se menciona la doctrina de la predestinación, no por motivos de especulación, sino con un propósito practicó. Cuando Dios llamó a Jeremías al ministerio, supo que le esperaba una tarea sumamente difícil, y que estaría tentado a cejar en su empeño o darse por vencido. Con el objeto de animarlo, el Señor le aseguró al profeta que lo había conocido y llamado antes que naciera. Jeremías 1:5. El Señor le dijo en otras palabras: “Yo sé ya lo que te espera, pero sé también que te puedo dar gracia para hacer frente a las pruebas del futuro y salir victorioso.” Cuando el Nuevo Testamento describe a creyentes como objeto de la presciencia de Dios, el propósito es asegurarnos que Dios ha previsto toda dificultad que nos confrontará, y que puede guardarnos sin caer, y lo hará.


  Una comparación

¿Es la salvación condicional o incondicional? Una vez salva, ¿es la persona eternamente salva? La respuesta depende de la forma que podamos contestar las siguientes preguntas clave: ¿De quién depende la salvación? ¿Es irresistible la gracia?
a. ¿De quién depende finalmente la salvación, del hombre o de Dios? Ciertamente debe depender de Dios, puesto que ¿quién podría salvarse si la salvación dependiera de los propios recursos de una persona? Podemos estar seguros de lo siguiente: Dios nos dará el triunfo sin tener en cuenta lo débiles que somos, y cuántos errores cometemos, siempre que con toda sinceridad deseemos hacer su voluntad. Su gracia está presente invariablemente para advertir, contener, alentar y sostener.
Sin embargo, en cierto sentido, ¿no depende del hombre la salvación? Las Sagradas Escrituras nos enseñan consecuentemente que el hombre tiene la facultad de escoger con libertad entre la vida y la muerte. Dios jamás privará de esa facultad.
b. ¿Puede ser resistida la gracia de Dios? Uno de los principios fundamentales del calvinismo es que la gracia de Dios es irresistible. Cuando Dios decreta la salvación de una persona, su Espíritu atrae, y esa atracción no puede ser resistida. Por lo tanto un hijo verdadero de Dios perseverará ciertamente hasta el fin y será salvo; aunque caiga en el pecado, Dios lo castigará y contenderá con él. Hablaremos en sentido figurado: el hombre puede caerse en el barco, pero no del barco.
Pero el Nuevo Testamento nos enseña que la gracia divina puede ser resistida, y resistida hasta la perdición eterna (Juan 6:64; Hebreos 6:4–6; 10:26–30; 2 Pedro 2:21; Hebreos 2:3; 2 Pedro 1:10), y que la perseverancia está condicionada al mantenerse en contacto con Dios.
Nótese especialmente Hebreos 6:4–6, y 10:26–29. Estas palabras fueron pronunciadas o dichas a los creyentes; las cartas de Pablo no estaban dirigidas a los no regenerados. Se describe a aquéllos a quienes están dirigidas las cartas como iluminados una vez, habiendo gustado el don celestial, habiendo sido hechos participantes del Espíritu Santo, habiendo gustado la buena Palabra de Dios y los poderes del mundo venidero. Estas palabras ciertamente describen a personas regeneradas.
Aquéllos a quienes estaba dirigida la carta eran creyentes hebreos quienes, desalentados y perseguidos (10:32–39) estaban tentados a retornar al judaismo. Antes de ser recibidos de nuevo en la sinagoga, se les requería que hicieran públicamente la declaración siguiente (10:29): que Jesús no era el Hijo de Dios; que su sangre fue derramada con razón como la de un malhechor común; que sus milagros eran realizados por el poder del malo. Todo eso está insinuado en 10:29. (El que hubiera insistido en tal repudio queda ilustrado por el caso de un judío cristiano en Alemania, quien quería retornar a la sinagoga, pero le fue denegado el pedido puesto que deseaba aferrarse a algunas de las enseñanzas del Nuevo Testamento.) Antes de su conversión habían pertenecido a la nación que había crucificado a Cristo; el retornar a la sinagoga significaría crucificar de nuevo al Hijo de Dios en lo que respecta a sí mismos, y exponerlo a la vergüenza pública; significaría el terrible pecado de la apostasía (Hebreos 6:6); sería semejante al pecado que no tiene perdón, el pecado para el cual no hay perdón; ya que quienes han endurecido de tal manera el corazón como para cometer tal pecado, no pueden ser “renovados para arrepentimiento”; serían dignos de un castigo peor que el de la muerte (10:28); significaría incurrir la venganza del Dios vivo (10:30, 31).
No se dice que ninguno hubiera llegado a ese punto; en realidad, el escritor espera “mejores cosas” de ellos (Hebreos 6:9). Sin embargo, si el terrible pecado de la apostasía de parte del pueblo salvado no fuera cuando menos remotamente posible, todas estas advertencias hubieran carecido por completo de significado.
Los corintios se habían estado jactando de la libertad cristiana y la posesión de dones espirituales; sin embargo, muchos de ellos vivían en un plano inferior. (Cf. 1 Corintios 10:1–12.) Confiaban evidentemente en su “posición” y privilegios en el evangelio. Pero el apóstol Pablo les advierte que los privilegios se pueden perder por el pecado, y cita los ejemplos sentados por los israelitas. Fueron liberados de manera sobrenatural de Egipto, por medio de Moisés, y como resultado de ello le aceptaron en calidad de dirigente en el viaje hacia la Tierra Prometida. El paso a través del Mar Rojo fue señal de obediencia a El.
Cerníase sobre ellos el símbolo protector de la presencia divina de Dios que los guiaba. Después de salvarlos de la esclavitud egipcia, Dios los sostuvo proporcionándoles en forma sobrenatural agua y alimentos. Todo esto significa que Israel disfrutaba de la gracia, es decir, del favor y comunión de Dios.
Pero la frase de “una vez en la gracia, siempre en la gracia”, no podía decirse de los israelitas; puesto que la ruta quedó señalada por las tumbas de los que habían sido castigados por sus murmuraciones, rebeliones e idolatrías. El pecado interrumpió la comunión con Dios, y como resultado de ello cayeron de la gracia. Pablo declara que estos acontecimientos fueron registrados a fin de advertir a los creyentes de la posibilidad de perder los más excelsos privilegios debido al pecado obstinado.


  Equilibrio bíblico

Las posiciones fundamentales respectivas del calvinismo y el arminianismo se enseñan en las Sagradas Escrituras. El calvinismo exalta la gracia de Dios como la fuente única de la salvación, y también lo hace la Biblia. El arminianismo recalca el libre albedrío del hombre y su responsabilidad, y así lo hace también la Biblia. La solución práctica consiste en evitar los extremos que no son bíblicos de ambos puntos de vista, y de abstenerse de fijar un punto de vista en antagonismo con el otro, puesto que cuando dos doctrinas bíblicas se colocan en oposición la una de la otra, el resultado es una reacción que conduce al error. Pongamos por ejemplo: el énfasis excesivo en lo que respecta a la soberanía de Dios y su gracia en la salvación puede conducir a una vida negligente, descuidada, puesto que si una persona es convencida de que su conducta y actitud no tiene nada que ver con su salvación, quizá se haga negligente. Por otra parte, el recalcar el libre albedrío del hombre y su responsabilidad, en reacción contra el calvinismo, puede poner a la gente bajo el yugo del legalismo, y robarle todas las seguridades que tiene. La licencia y el desenfreno por una parte, y el legalismo por la otra son los extremos que deben evitarse.
Cuando el señor Finney ejercía su ministerio en una ciudad donde se había recalcado hasta el exceso la doctrina de la gracia, insistía con énfasis en la doctrina de la responsabilidad personal. Cuando celebraba reuniones en un pueblo donde se había puesto énfasis en la responsabilidad del hombre y las obras, recalcaba entonces la gracia de Dios. Y al dejar los misterios de la predestinación para emprender la tarea práctica de procurar que la gente se salve, no seremos perturbados por el asunto. Wesley sostenía la doctrina de Arminio, y Whitefield la de Calvino. No obstante ello, ambos llevaron a miles de personas a los pies de Cristo.
Predicadores calvinistas piadosos del tipo de Spurgeon y Finney han predicado la perseverancia de los santos de tal manera, como para retraer al creyente de seguir una conducta negligente. Señalaban con cuidado que mientras que un verdadero hijo de Dios tenía la seguridad de perseverar hasta el fin, el que no perseverare pondría en tela de juicio el que hubiera en realidad nacido de nuevo. Si una persona no sigue la santidad, dijo Calvino, haría muy bien en poner en tela de juicio su elección.
Nos confrontarán sin duda misterios al proponernos relatar las grandes verdades de la presciencia de Dios y el libre albedrío del hombre; pero si obedecemos las exhortaciones prácticas de las Escrituras, y nos consagramos a las tareas definidas que se nos han encomendado, no podremos equivocarnos. “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros” (Deuteronomio 29:29).
En conclusión rogamos al lector que se nos permita sugerir que no es prudente recalcar con exceso los peligros de la vida cristiana. El énfasis, más bien, se debe poner en los medios de seguridad: el poder de Cristo como Salvador, la fidelidad del Espíritu que habita en nosotros, la certeza de las promesas divinas, y la infalible eficacia de la oración. El Nuevo Testamento nos enseña con respecto a una verdadera “seguridad eterna”, asegurándonos que a pesar de las debilidades, imperfecciones, desventajas o dificultades externas, el creyente puede descansar seguro y victorioso en Cristo. Con el apóstol Pablo puede exclamar: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:35, 37–39).
A continuación insertamos los puntos de vista de Juan Wesley con respecto a la perseverancia final de los santos.

Habiendo alimentado por algún tiempo un fuerte deseo de unirme al señor Whitefield en todo lo posible, a fin de anular o suprimir disputas innecesarias, he escrito mis sentimientos, con toda la claridad de que he sido capaz, en los términos siguientes: Hay tres puntos en cuestión: 1. Elección incondicional. 2. Gracia irresistible. 3. Perseverancia final.
Con respecto a la primera, elección incondicional, creo lo siguiente: Que Dios, antes de la fundación del mundo, eligió incondicionalmente a ciertas personas para realizar ciertas labores, como por ejemplo a Pablo para predicar el evangelio;
Que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para recibir privilegios especiales; en particular la nación judía;
Que ha elegido incondicionalmente a algunas naciones para escuchar el evangelio, como Inglaterra y Escocia, en la actualidad, y muchas otras en las edades pasadas;
Que ha elegido incondicionalmente a ciertas personas para disfrutar de muchas ventajas especiales, tanto en lo que respecta a lo temporal como a lo espiritual;
Y no niego (aunque no puedo demostrar que sea así)
Que ha elegido incondicionalmente a algunas personas a la gloria eterna.
Pero no puedo creer lo siguiente:
Que todos los que no han sido elegidos así para la gloria deben perecer para siempre; o
Que haya un alma en la tierra que jamás haya tenido la posibilidad de escapar la condenación eterna.
Con respecto a la segunda, gracia irresistible, creo lo siguiente:
Que la gracia que produce fe, y por lo tanto salvación al alma, es irresistible en ese momento;
Que la mayor parte de los creyentes tal vez recuerden alguna vez cuando Dios los convenció irresistiblemente de su pecado;
Que la mayor parte de los creyentes descubre en algunas otras ocasiones que Dios actúa irresistiblemente sobre sus almas;
Sin embargo, creo que la gracia de Dios, tanto antes como después de esos momentos, puede ser y ha sido resistida; y
Que en general no actúa irresistiblemente, sino que podemos obedecerla o no.
Y no niego lo siguiente:
Que en algunas almas la gracia de Dios es a tal punto irresistible, que no pueden menos que creer y ser finalmente salvadas.
Pero no puedo creer
Que deban perderse todos aquellos en quienes la gracia de Dios no opera de esta forma irresistible; o
Que haya un alma en la tierra, que no tenga, y nunca haya tenido otra gracia, que aquella que en realidad aumenta su condenación, y que estaba designada por Dios para que así ocurriera
Con respecto a la tercera, perseverancia final, me inclino a creer lo siguiente:
Que hay un estado asequible en esta vida del cual el hombre no puede caer; y
Que aquél que ha llegado a esto puede decir: “Las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”


Pearlman, M. (1992). Teología Bíblica y Sistemática (pp. 157–198). Miami, FL: Editorial Vida.

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